Manlio Fabio Beltrones

Alfredo Ríos Camarena

El desarrollo y consolidación del sistema político mexicano puede atribuirse a dos elementos constantes: uno, el orden constitucional que ha garantizado la transmisión pacífica del Poder Ejecutivo sin problemas; dos, cuando el presidente ha sido priista, la simbiosis inexorable entre el Ejecutivo y el partido han permitido el desarrollo armónico del país, donde el PRI ha sido piedra de toque para la gobernabilidad.

El PNR no nació como un partido presidencial, sino como un aglutinamiento de las fuerzas militares y políticas surgidas de la Revolución y controladas por el entonces jefe máximo Plutarco Elías Calles, quien desde el control del partido pudo definir y manipular las presidencias de Pascual Ortiz Rubio, de Emilio Portes Gil y de Abelardo Rodriguez; finalmente la acción decisiva del presidente Lázaro Cárdenas cambió esas condiciones al expulsar del país a su exmentor y jefe Elías Calles; esta decisión ¾en la que el general Cárdenas puso los intereses nacionales por encima de sus sentimientos filiales— permitió la reconstrucción partidista que se convirtió en un instrumento directo del presidente con apoyo de los grupos militares; más tarde, cuando ingresan los presidentes civiles, con Miguel Alemán, se forma el PRI, cuyo contexto fue una amalgama de conceptos ideológicos diversos y controvertidos, con un péndulo que oscilaba a la izquierda o a la derecha, pero no más allá de los preceptos que la Carta Magna establecía.

Todos los presidentes mantuvieron el PRI como el instrumento para alcanzar y mantener el Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial. El poder presidencial era prácticamente imperial y el partido dominante controló todos los cargos de elección popular y todos los cargos administrativos.

Los presidentes del PRI fueron cercanos colaboradores de sus respectivos presidentes de la república, actuando con lealtad y acatando la regla no escrita de no aspirar a sucederlos; ninguno de ellos fue aspirante a la presidencia del país durante su mandato partidista; a la muerte de Colosio, hubo una pequeña rebelión en favor del presidente del PRI, Guillermo Ortiz Arana, pero fue rápidamente controlada por Salinas, quien impuso la candidatura de Ernesto Zedillo, quien a su vez planteó la “sana distancia” con su partido, para entregar el poder al PAN; muchos piensan que más que sana distancia fue una franca negociación con intereses externos.

El PRI volvió a restablecerse paso a paso; el candidato Francisco Labastida logró la votación más alta en el interior de un partido, cerca de 10 millones de votos, pero fue abandonado a su suerte perdiendo la elección; Roberto Madrazo logró ¾por primera y única vez— imponer su candidatura desde la presidencia del partido, porque no había fiel de la balanza que lo contuviera y también perdió la elección.

Peña Nieto recupera la Presidencia, el control del partido y el manejo político desde Los Pinos; por eso, para mantener esa hegemonía aprovecha las cualidades de Manlio Fabio Beltrones, a sabiendas de que la ambición del nuevo presidente del PRI es clara, franca y abierta, pues ya intentó la candidatura desde el Senado en la elección anterior.