¿Son válidos los ataques?
Alfredo Ríos Camarena
En un régimen presidencial como el mexicano, donde la preeminencia constitucional y metaconstitucional de las facultades del Ejecutivo federal tienen enormes repercusiones, los éxitos y los fracasos suelen atribuirse, con razón o sin ella, al presidente en turno.
El presidente Peña Nieto, aclamado por el Mexican moment y aplaudido por los resultados del Pacto por México, logró un gobierno reformista que recibió elogios, quizá más en el exterior que en el interior. Sin embargo, después del punto de inflexión de los crímenes brutales, increíbles y absurdos de Iguala, se ha percibido un cambio, donde la figura presidencial ha sido vapuleada por comentaristas, columnistas y artistas que han embestido con una campaña que nos lleva a críticas inverosímiles y quizás hasta absurdas.
Se dice que el presidente Peña Nieto es culpable de los asesinatos de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa y de las llamadas “ejecuciones extrajudiciales” (término absurdo en México, porque no hay ejecuciones judiciales) de Tanhuato, Tlatlaya y muchas más; que es también responsable de la caída de los precios del petróleo, de la devaluación del peso frente al dólar y de la fuga de Joaquin Guzmán Loera. Prácticamente todos los hechos negativos de los últimos meses son milagritos que se le cuelgan al presidente; la última expresión pública de 500 personas, entre ellas, periodistas, artistas, cineastas e intelectuales, que publicó The New York Times el pasado 15 de agosto, le exigen responsabilidades también al presidente en el asesinato de periodistas y la investigación de los 5 asesinados en la colonia Narvarte, entre los que se encontraba el fotoperiodista Rubén Espinosa, lo cual ha desatado una serie de comentarios de diversa índole. Pero ¿qué tan válidos son los ataques al presidente? ¿Y por qué casi siempre vienen desde afuera?
Nadie puede estar indiferente a la persecución de periodistas, pero en este caso particular, todo parece indicar que se trata de delitos del orden común; sin embargo, es inaceptable que este crimen quede impune y sin el castigo debido por la autoridad judicial.
La popularidad del presidente se ha disminuido ante la falta de una política de comunicación pública, que desde el Estado mexicano tome posición, aclare y dé respuestas a las acusaciones y los rumores —al parecer— infundados. Es verdad que la fuga del Chapo provocó una crisis que no ha sido resuelta, pues los principales responsables no son acusados de ser cómplices, sino sólo de responsables de una política pública destrozada por el cinematográfico escape del delincuente mencionado.
El futuro no es halagüeño, pues la economía mundial ha tomado giros que implican no sólo la baja de los energéticos, sino la apreciación del dólar, como un fenómeno donde la inmensa acumulación de riqueza no tiene contenido productivo; la política monetaria del neoliberalismo ha despojado a las mercancías del valor surgido por el trabajo y ha sustituido los movimientos financieros por especulaciones, que han favorecido a los grandes nuevos dueños del mundo, produciendo una brecha de desigualdad —imposible de cerrar— generando a su vez una pobreza colectiva en el planeta, que no tiene lógica ni rumbo.
