Tercer Informe, un acto vacío

Alfredo Ríos Camarena

Este mes patrio de septiembre inició políticamente de acuerdo con el artículo 69 constitucional con la apertura del Inicio del Periodo Ordinario de Sesiones y con la entrega del Tercer Informe de Gobierno por parte del secretario de Gobernación al Congreso de la Unión, aunque este último fue protocolario y vacío, pues la reforma que lo permitió, en vez de consolidar un régimen de pluralidad alejó al Ejecutivo federal del Poder Legislativo, distorsionando los fines constitucionales y sólo permitiendo las llamadas preguntas parlamentarias, por eso, lo más relevante fue el posicionamiento de los distintos grupos parlamentarios que integran el Congreso.

Ahí pudimos constatar la posición teológica del Partido Encuentro Social que reclamó la presencia de Dios en la Cámara; la aburrida presentación del Partido Nueva Alianza, la de Movimiento Ciudadano que le faltó una actitud más clara en materia ideológica, seguramente por su composición pragmática de incorporar fuerzas disímbolas para obtener un mayor espectro electoral; la esperada presencia de Morena, limitada y falta de contenido, que se centró en una iniciativa poco viable de austeridad, aunque sorprendió la firmeza de la expositora.

El Partido Verde al menos despertó inquietud y polémica y puntualizó la única defensa solida del presidente Peña Nieto; el PRD, que sorprendió con un discurso más agresivo que anuncia una posición parlamentaria opositora para tratar de recuperar su antigua fuerza frente a la descomposición interna que sufre; el PAN estuvo a la altura de lo que se esperaba con una actitud conservadora, derechista y lamentando su reciente pasado de triunfos electorales.

El PRI fue interrumpido una y otra vez, y la voz de su representante sonó vociferante y fuera del tono parlamentario, no obstante inició con una llamada de atención al presidente de la Cámara, bien sustentada. El panorama en el Congreso está claro y la mayoría legislativa definida a favor del gobierno.

Al día siguiente, de acuerdo con la tradición que inició el expresidente Calderón de organizar su propia fiesta en Palacio Nacional, el presidente Peña Nieto dio un largo mensaje caracterizado por estar bien articulado, firmemente sustentado en sus convicciones modernizadoras y reformistas, además, dicho en congruencia y con soltura.

En esta locución el presidente hizo alguna reflexión ligera y coyuntural que podríamos suponer como autocritica, refiriéndose a los trágicos acontecimientos de Iguala y a la investigación que se le hizo a él mismo por conflicto de interés, así como a la investigación sobre la fuga de Joaquin Guzmán Loera; por lo demás, siguió con los protocolos y liturgias tradicionales, sosteniendo los éxitos que a su juicio ha tenido la administración. En todo el discurso y en sus conclusiones transita de forma transversal y precisa el concepto de “modelo económico” que ha impuesto a partir del Pacto por México.

Se elogió estadísticamente el tema de la seguridad pública, destacando la labor de la Segob, de la Sedena y de la Secretaría de Marina; el tema de la reforma educativa fue aplaudido, especialmente cuando se refirió a su aplicación en Oaxaca; las campañas de desarrollo social fueron bien ponderadas, particularmente la Cruzada contra el Hambre, aun cuando tuvo que reconocer que existen más de 2 millones de nuevos pobres; estableció con claridad que no habrá nuevos impuestos para 2016 ni mayor déficit y que el Presupuesto deberá ser austero (como ya lo intuíamos). En su propuesta económica y de desarrollo le dará una importancia –aún mayor— a la empresa privada, utilizando —entre otras fórmulas— la figura de las asociaciones público privadas.

Estableció 10 puntos hacia el futuro, en donde se destaca —otra vez— el concepto de “política económica”. Se anuncia la Secretaría de Cultura y algunas políticas de desarrollo rural, dónde habló de pequeños productores y nunca se refirió a los ejidatarios y comuneros por su nombre. Propone una reforma en lo que llamó “justicia cotidiana” y apoya una acción legislativa en relación con el tema de la corrupción.

No obstante —si se analiza lo que dijo el presidente— hay muchos objetivos que se han logrado en un gobierno que es mejor que lo que percibe la gente; por eso, el trabajo del Ejecutivo debe destinarse a recobrar la confianza pública para el éxito, no sólo de su gobierno, sino del futuro electoral y político de su partido.

El presidente no se apartó de las propuestas con las que inició su gobierno, está definitivamente convencido de que el rumbo reformista que comenzó va a traer como resultados un México mejor; por eso, condenó el populismo, la demagogia y el autoritarismo. Podemos, o no, estar de acuerdo, pero Peña Nieto tiene claramente delineados sus objetivos de política pública.

En suma, un mismo rumbo con una vieja liturgia.