COLUMNA: MÉXICO EN EL MUNDO
LUIS SÁNCHEZ JIMÉNEZ*
México ha tenido una reconocida tradición diplomática para acoger y brindar asilo a personas que, ya sea por expulsión de su país de origen, o bien, por huir y dejar atrás situaciones que ponen en riesgo su vida y la de sus familias, tienen la necesidad de cruzar fronteras, países o continentes para encontrar un refugio, una zona segura para comenzar de cero, literalmente.
La situación que padece hoy el pueblo de Siria a consecuencia del conflicto armado, ha obligado a miles de personas a realizar un éxodo junto con sus familias, llevando a cuestas lo indispensable a lo largo del Este de Europa para buscar refugio y asilo en alguno de los países de ese continente.
Ante esta realidad, el pasado 10 de septiembre, el Senado de la República aprobó un acuerdo, respaldado por un servidor, por el cual “se exhorta al Gobierno Federal para que, a través de la Secretaría de Gobernación y la Secretaría de Relaciones Exteriores, disponga las medidas que sean necesarias para que ofrezca e implemente los mecanismos de asilo y refugio que permitan dar acogida a tantos refugiados como sea posible, derivado a la crisis humanitaria que se vive en Siria”.
El acuerdo del Senado solicita que la ONU convoque a todos los países miembros para que, en el ámbito de sus distintas capacidades, contribuyan a la solución de la crisis migratoria que Europa experimenta, así como ayudar a establecer, a la brevedad, la paz en aquel país.
En su mejor tradición diplomática, México ha tenido distinguidos momentos de cooperación y fraternidad hacia personas de distintos países que padecen persecución y riesgo. Destacadamente la acogida de refugiados españoles en la década de los treinta durante la presidencia del General Lázaro Cárdenas del Río.
En los años setenta del siglo pasado, cuando varios países de Sudamérica padecían gobiernos dictatoriales y perseguían a sus propios ciudadanos, México brindó refugio a chilenos, argentinos, brasileños, bolivianos. Ya en los ochenta, los conflictos armados en Centroamérica desataron una violencia generalizada que expulsó a cientos de miles y provocó un éxodo masivo, similar al experimentado por el pueblo sirio, hacia nuestro país, que brindó refugio a un buen número de personas y familias guatemaltecas, salvadoreñas e incluso nicaragüenses.
Cuando se habla de asilo y refugio, no faltan las voces que critican las medidas que nuestro gobierno podría tomar para que lleguen al país familias enteras de sirios: que no tenemos las condiciones para dar asilo, que si no podemos dar seguridad a los migrantes de Centroamérica, cómo entonces podemos hablar de refugiados sirios en México, por ejemplo.
Que un padre o madre de familia decida tomar lo materialmente indispensable para llevar consigo a sus hijos y parientes, dejando atrás todas sus posesiones, situación social y laboral, todo literalmente para preservar la vida propia y la de los suyos, eso constituye una situación de excepción. Tal condición la tiene quien requiere asilo y refugio, pero también se vuelve una situación de excepción para quien está dispuesto a brindar la acogida, porque hacerlo nunca es una tarea sencilla y no se trata de un corto tiempo sino de una permanencia más prolongada e incierta en su término.
Ayudar a alguien en condiciones de vulnerabilidad es un imperativo moral que como pueblo y como Estado tenemos que afrontar. Eso es lo que hemos hecho antes como país y ahora requerimos invocarlo, de nuevo, para contribuir a aminorar una tragedia social que no por lejana nos es ajena. Nada de esto exime la responsabilidad que tenemos para preservar los derechos humanos de los migrantes que cruzan a diario nuestro país. Son situaciones distintas que requieren la misma actitud solidaria y de buena voluntad por parte del pueblo y del gobierno.
VICEPRESIDENTE DE LA MESA DIRECTIVA DEL SENADO DE LA REPÚBLICA.*
Twitter @SenLuisSanchez
