Patricia Gutiérrez-Otero

Para su subsistencia, el hombre ha necesitado intercambiar bienes. Una de las maneras más antiguas era a través del trueque en el que se intercambiaban objetos o bienes que eran deseados por ambas partes. Aunque su pago no era necesariamente inmediato, porque se basaba en una comunidad de vida e intereses.

Conforme las diversas sociedades se volvieron más complejas, se le otorgó valor de cambio a un bien, por ejemplo los aztecas utilizaban el grano de café, con lo que se facilitaba el intercambio de objetos, asignándoles un valor a cada uno. En las culturas europeas y orientales antiguas, el bien con valor de cambio fue el grano o el ganado, aunque el metal —oro, plata y cobre— triunfó por su durabilidad. Este bien con valor de cambio originó la técnica del dinero: un sustento material dotado de valor que sirve como medida para adquirir algo. Para homogeneizar el valor del metal y evitar aleaciones sospechosas, se acuñaron monedas. Las primeras surgieron aproximadamente en el año 600 a.C. en Lidia, China e India. Esta técnica responde a sociedades en las que los miembros ya no pertenecen a comunidades vecinales. Con el paso del tiempo, y por su capacidad de ser conservado, el dinero en metales acuñados se volvió un fin en sí mismo.

En los siglos XV y XVI los orfebres ofrecieron conservar las monedas para protegerlas contra robos. En vez de darte tus monedas, te daban certificados nominales escritos, que incluso podían usarse en un lugar lejano con alguien con quien el orfebre tenía tratos. Esto dio pie al “papel moneda” que era una especie de cheque. En la actualidad, los gobiernos son quienes imprimen los billetes válidos en cierto país, y quienes tienen “reservas” en oro para respaldar esos papeles. La posesión de billetes se volvió también un fin en sí mismo, y los bancos, nuevos orfebres, son los que guardan tus monedas y billetes, dándote ahora una chequera, una tarjeta bancaria o un clave electrónica para acceder a tu dinero y/o a su intercambio por un bien o servicio.

De los intercambios más concretos, cincuenta gallinas por un cerdo, por ejemplo, se pasó a otros mediados por metal acuñado (aún tangible), y luego a “pagarés” escritos sobre papel. La relación entre el sostén físico de mi bien y este bien se volvió cada vez menos tangible. El dinero es ahora una entidad abstracta que en sí mismo es un objeto de deseo. El paso al uso de tarjetas bancarias creció en abstracción y en desposesión concreta. Los empleadores están dejando de pagar con “billetes” a sus empleados: les depositan su salario en una cuenta bancaria. Algunos dan “plásticos” como “vales de comida” que sólo se pueden usar en ciertos establecimientos. Esto nos introduce, sin que la libertad individual se tome en cuenta, en un sistema bancarizado.

Tenemos tarjetas de ahorro y descuento en las grandes tiendas (que prefieren darte puntos o meses sin intereses en vez de rebajar sus precios), el desuso de los cheques en papel por el acceso a la banca electrónica (incluso el SAT lo exige), el depósito de nuestro salario en el banco. No nos damos cuenta de que nos están amarrando a un sistema cuyo siniestro alcance nos escapa.

Los argentinos, vivieron la experiencia del “corralito” (2001-2002) en que los bancos evitaron los retiros. Por ello, han tomado conciencia de uno de los peligros de la bancarización, y se han manifestado en contra. En México, la bancarización, no cuestionada, se propaga cada vez más, y nos somete a peligros como el corralito y los robos cibernéticos.

Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se respete la Ley de Víctimas, que se investigue el caso de Ayotzinapa, que el pueblo trabajemos por un Nuevo Constituyente, que Aristegui y su equipo recuperen un espacio radiofónico.