Artículo Exclusivo para Siempre!
Carlos Arrieta
Una menuda jovencita que no alcanza el metro sesenta de estatura se convirtió en menos de 120 horas, en el nuevo terror de Chimalhuacán, Estado de México. La violenta criatura ya tiene nombre y apellido, y es buscada con desesperación por las autoridades.
En el olvido quedó enterrado el cuento de la Sirena de Chimalhuacán y las historietas del chupacabras.
Los habitantes de este pintoresco municipio, uno de los 125 que conforman el Estado de México, dejaron de lado el romanticismo de sus historias, de sus cuentos, y construyeron uno nuevo, lleno de sangre, de bajezas y violencia, más ad hoc a los tiempos actuales, donde la oportunidad de la noticia rebasa al verdadero periodismo de investigación.
Itzel Nayeli García Montaño es la degolladora de Chimalhuacán. Las autoridades dicen que tiene 22 años y mide alrededor de 1.55 metros, es de tez blanca y pelo largo amarrado siempre que ataca, en una coleta. Gusta de usar tenis.
La fotografía muestra a una menuda mujer, muy joven que, con inexplicables poderes y una fuerza casi sobrehumana, logró, en menos de cuatro días, atacar al menos a siete personas (dos de ellas murieron).
Del grupo de víctimas, un par eran hombres. Varones fuertes, grandes, de pesados oficios: José Alberto, hojalatero de 36 años; y Antonio, la segunda víctima, un hombre robusto de 43 años y un metro 65 de altura.
Mientras las autoridades buscan desesperadas a la blanca sirena asesina, abriendo enormes surcos y lagunas informativas en el alud de investigación que han difundido, con inconsistencias y conclusiones que rayan en la fantasía y la ciencia ficción, los habitantes de Chimalhuacán intentan protegerse de la gran amenaza, usando collarines y ropa de cuello alto para que la malvada no tenga dónde hacerles daño.
Y es que Itzel Nayeli, la presunta Degolladora de Chimalhuacán, hace honor a su nombre y sólo gusta de encajar delgados cuchillos debajo de la barbilla. La mujer es feliz enterrando el acero a lo largo y ancho del cuello, provocando profundas heridas, algunas causantes de muertes.
La Degolladora tiene especial gusto por apretar el cogote. Lo rodea con sus fuertes manos, hace palanca el brazo, ahorca de a poco a poco.
Disfruta cortando la respiración de su víctima hasta sentir cómo la vida se escapa; y es entonces que remata el ataque con el cuchillo. Con unos bastó un solo piquete, con otros fueron varios y en distintas partes del cuerpo.
El mito urbano de la mujer menuda que puede atacar sigilosamente, con violenta certeza y mortal eficacia crece de apoco, inversamente proporcional al tiempo de su captura.
Por eso los hombres y las mujeres de Chimalhuacán ya no salen solos a las calles, evitan los callejones y voltean a mirar sobre el hombro ante cualquier insignificante ruido. Los hijos también son resguardados, tienen miedo que se conviertan en las nuevas víctimas.
Todos en el pueblo cuentan su propia historia, cada cual recuerda nuevos detalles y los comparte libremente, como la fuerza de sus manos, y la frialdad de su mirada; desde las víctimas y sus cercanos, o quienes fueron tristes testigos de los ataques perpetrados; con cada relato esta nueva historia mexicana crece, y el mito, lamentablemente, se fortalece.
