Juan Antonio Rosado

En el siglo XIX, a nadie se le hubiera ocurrido prohibir las drogas que hoy están prohibidas. En sus orígenes, la prohibición de cualquier sustancia, es decir, el deseo de tratar a la población como un conjunto de menores de edad o, en su defecto, de imbéciles, proviene de la mentalidad puritana estadounidense, la misma que prohibió el alcohol. Todo puritanismo es hipócrita: intenta ocultar su doble cara. Por ello, un gran sector empezó a beneficiarse con la prohibición. En la medida en que las mencionadas sustancias “peligrosas” dejaron de venderse en boticas o farmacias, y en la medida en que se les condenó, se dejó de tener control sobre ellas y su calidad bajó. El “control” pasó al mercado negro y de ahí surgió lo que conocemos como “narcotráfico”, fenómeno causante de un mucho mayor número de muertes que las que ocasionaron todas las drogas juntas cuando eran legales. Sólo un detalle: mientras eran legales, se moría el idiota que lo deseaba, ya sea porque se le pasara la dosis de morfina o cocaína, o porque se suicidaba. En cambio, en casi todo el siglo XX (y lo que va del XXI), miles de inocentes que no tienen nada que ver con drogas han muerto a causa de una guerra creada por políticos con escasísima materia gris. Los pocos seres pensantes que siguen vivos han enlistado la inmensa cantidad de beneficios que traería la legalización. Uno de ellos: los ahora narcotraficantes se incorporarían al mercado legal como empresarios y competirían como compiten las marcas de whiskeys, tequilas o vinos. El que sea legal el alcohol o el tabaco no es indicador de que todos sean alcohólicos o tabacómanos, pero sí indica control legal sobre dichas sustancias. Y pese al mercado negro que pueda continuar, los consumidores siempre preferirán lo legal por la garantía que ello implica.

Entre los intelectuales activistas a favor, en particular, de la legalización de la marihuana, destaca Juan Pablo García Vallejo, autor de varios libros sobre el tema, cuya labor es equiparable a la del argentino Cristóbal Cobo Quintas. La última obra de García Vallejo se titula El marihuano en la narrativa mexicana del siglo XX. Allí realiza un recuento de obras donde aparecen personajes que consumen esta droga. Entre otras, trata a Los de abajo, La resurrección de los ídolos, La luciérnaga, Tropa vieja, La feria de la vida, Pasto verde, Chin Chin el Teporocho, El vampiro de la Colonia Roma, Entre tiras, porros y caifanes, La estatua de sal, Los detectives salvajes, Juntando mis pasos, Ella decidió ser hippy a los 50 y El cerco. La intención del ensayo no es estudiar el influjo de las drogas en las letras, sino centrarse en los personajes que la consumen. Ahí radica su originalidad. Por supuesto, podría ampliarse su profundidad analítica con las mismas obras, pero es una visión panorámica que acaso suscite mayor investigación. De cualquier modo, las referencias son vastas y prestigiosas. Además de Azuela, Tablada, Urquizo, Novo, Bolaño, Nandino y los demás narradores, el estudio podría ampliarse a los ensayistas. Pienso en el texto de Alfonso Reyes sobre Ramón del Valle-Inclán y la marihuana (el autor gallego de La pipa de Kif estuvo dos veces en México). Por último, es imperante apoyar este tipo de proyectos, que suelen derivar de obsesiones personales y no institucionales, así como a las editoriales pequeñas, a fin de contrarrestar el despotismo de los monopolios y equilibrar la situación del libro y su distribución. Eterno Femenino Ediciones es una de esas iniciativas.

Juan Pablo García Vallejo, El marihuano en la narrativa mexicana del siglo XX. Eterno Femenino Ediciones, México, 2014, 115 pp.