VÍCTOR HERMOSILLO Y CELADA*
La Política Exterior no es el tema más popular en nuestro país, no es el que domina la agenda pública y quizá por eso, no le prestamos suficiente atención a las acciones y omisiones del Gobierno en esta materia. Como consecuencia a esta falta de presión, se ha dejado de pensar e innovar en nuevos mecanismos que nos hagan más audaces, con responsabilidad, definiciones y compromisos globales.
Por esa razón, el pasado 17 de septiembre presenté una propuesta para reformar la Constitución y modernizar los Principios de Política Exterior: derogando el principio de no intervención, adicionando integración regional, y la promoción y fortalecimiento de la democracia
Cuando se ideó, asimiló e implementó la no intervención, nuestro país y el mundo eran diametralmente opuestos. Hoy no buscamos el reconocimiento de nuestra independencia ni tememos una invasión extranjera; al contrario, a partir del siglo XX México ha intervenido positivamente en el mundo, es el caso de: la defensa de Etiopía; la apertura a los españoles en la Guerra Civil; la intervención de Gilberto Bosques para salvar la vida de alrededor de 30 mil refugiados del genocidio nazi; el TLCAN; la decisión de Peña Nieto para enviar cascos azules mexicanos y la más reciente propuesta en el Consejo de Seguridad de la ONU para que los miembros permanentes no puedan bloquear acciones en contra de atentados graves. Lo mejor para el desenvolvimiento del gobierno mexicano es reconocer el escenario internacional que demanda la acción de México, eliminando de los principios normativos la no intervención para agilizar y dinamizar las decisiones diplomáticas, dotándolas de congruencia y consistencia.
Por otro lado, vivir en una democracia implica que tanto ciudadanos como autoridades ejerzan con responsabilidad sus derechos, sus libertades y sus obligaciones con apego a la legalidad y al respeto a los individuos. Durante muchos años fuimos testigos de violaciones al derecho internacional y a los valores democráticos, como golpes de Estado o crímenes de un Gobierno contra su población y no en todos los casos actuamos con la fuerza necesaria, es hora de corregir y hacernos responsables. Por esa razón, nuestra Política Exterior debe asumir un papel más importante como garante de la protección y promoción de la democracia en el mundo.
Por último, desde la implementación del TLCAN el comercio se ha triplicado, para alcanzar tres mil millones de dólares diarios, y las exportaciones mexicanas a Estados Unidos y Canadá han crecido seis y ocho veces respectivamente, y al día de hoy nuestro país tiene 10 tratados firmados con 42 países, repercutiendo en el crecimiento de nuestra influencia global.
En octubre del año pasado, la organización estadounidense Council on Foreign Relations dio a conocer un estudio donde señala, cito textual:
“El siglo XXI puede bien ser la centuria de Norteamérica en vez de la China, pero será necesario que Canadá, Estados Unidos y México profundicen su integración. Si los tres países norteamericanos hacen eso, tienen el potencial de otra vez conformar los asuntos mundiales por generaciones a venir”.
Para nuestro país debe ser prioritario que en los principios normativos de nuestra Política Exterior se refleje la integración regional, con el objetivo de fomentar la construcción de bloques más sólidos, que mejoren nuestra posición global y la calidad de vida para nuestra sociedad.
México está en vías de convertirse en la séptima economía del planeta en el 2020, somos el 11º país por el tamaño de su población, el 14º por la dimensión de su territorio, el 1º por población de habla hispana y el 10º contribuyente al presupuesto de la ONU. Comencemos a ver más alto y a asumir las obligaciones de lo que implica.
INTEGRANTE DE LA COMISIÓN DE RELACIONES EXTERIORES AMÉRICA DEL NORTE.*
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