Juan Antonio Rosado

En una conferencia de 1949, el escritor veracruzano de izquierda José Mancisidor ataca a Jean-Paul Sartre y a su existencialismo como “filosofía de la evasión” que, tras una envoltura demagógica, disfraza un contenido idealista, alejado del proletariado, clase que no desea un mundo ideal, sino un “estado real y posible”. Mancisidor cita a un Sartre presa de la incertidumbre ante lo que será, en el futuro, la Unión Soviética: “Ignoro en qué irá a parar la Revolución rusa”. El filósofo francés puede admirarla y ponerla de ejemplo, pero no puede afirmar que conduzca al “triunfo del proletariado”. Él se limita a lo que percibe en el momento: “Mañana, después de mi muerte, los hombres pueden decidir establecer el fascismo, y los demás pueblos pueden ser tan cobardes y desamparados para permitirlo; en tales momentos, el fascismo sería la verdad humana…”.

¿Cuál es la verdad humana hoy? Llámese como se llame (fascismo o neoscurantismo, imperialismo del mercado o globalización), y muy a pesar de los reproches de Mancisidor, las palabras del subjetivista Sartre se oyen, hasta cierto punto, proféticas. Vivimos hoy una variante del fascismo, un tipo de fascismo disfrazado de libertad, sin apariencia de autoritarismo, pero dominados por la especulación, el mercado “libre” que vuelve esclava a la mayor parte de la humanidad, el “dejar hacer y dejar pasar” atropellando o aplastando a los más vulnerables. El mundo es ya un mercado en que incluso la salud y la educación se han convertido en productos y no en derechos u obligaciones. Todo está cobijado con la envoltura de una demagogia mucho más cínica que la de antaño: el espectáculo, la evasión mediante la propagación de la “santa ignorancia” y la idiotez generalizadas.

Ahora, en la segunda década del siglo XXI, ante la cada vez mayor depauperación de las clases medias; ante el fracaso del proletariado, del campesinado y de las clases bajas en general; en el país donde más se trabaja y menos se gana; ante el cinismo de políticos, corporaciones y grandes empresarios; en un mundo dividido en zonas comerciales o secciones económicas donde los países pobres dependen de los ricos y a la vez alimentan la riqueza de éstos; aquí, ahora, se han multiplicado las incertidumbres: ¿qué ocurrirá con un planeta sin equilibrio, fragmentado, vencido por las garras del neoliberalismo a ultranza? La alta cultura y la educación, objetos de burla por parte de los adoradores del capital, pueden sólo lamentarse ante el siniestro panorama, mientras la superficialidad, los éxitos comerciales, la literatura enlatada, los fenómenos idiotizantes de la cultura de masas y la sensibilidad barata triunfan irremediablemente. No me queda sino evocar a Ernst Jünger cuando dijo: “Con el progresivo deterioro de la cultura podría llegarse a temer la gloria póstuma como producto de una selección negativa”, y también: “La fama póstuma es algo más bien de temer en tiempos en los cuales la gente se vuelve más necia generación tras generación”.