Eve Gil
En sus más recientes libros, Elena Poniatowska (Premio Cervantes de Literatura 2013) ha recreado los más trepidantes momentos de lucha social en México, cuando pareció que las cosas darían el giro que todavía esperamos. La participación de las mujeres en dichas revueltas ha sido decisiva, particularmente en el campo del arte, cuando se dejaba sentir un fuerte compromiso político-social entre sus máximos exponentes. Su más reciente novela, Dos veces única (Biblioteca Breve, Six Barral, México, 2015), lleva por protagonista a Lupe Marín, quien contrario a sus otras heroínas, coetáneas de ésta (Tina Modotti y Leonora Carrington) no destacó como artista, sino como musa y mujer liberada, aunque gustara tanto de cocinar, terreno en el que seguramente hubiera hecho historia si la gastronomía ocupara un lugar tan preponderante en las artes como en la actualidad. Intentó ser escritora y los críticos —en especial José Juan Tablada— despedazaron los dos libros que logró publicar. No fue aliento artístico lo que impulsó la escritura de Lupe, sino el deseo de venganza, de perjudicar a sus enemigos… en particular a Jorge Cuesta, su segundo esposo, más bien víctima de la venática y temperamental mujer. Excelente modista asimismo, pero sin más ansia de notoriedad que la de ser ella incomparable, Lupe Marín se ganó un lugar en nuestra historia cultural por haber sido esposa de dos notabilísimos artistas que militaban en las antípodas: Diego Rivera y Jorge Cuesta.
Elena Poniatowska (París, 1932) ha declarado en más de una ocasión, y desde siempre —lo reiteró al recibir el Cervantes— considerarse más periodista que literata. Aunque Dos veces única arranca con una escena extraordinariamente poética y erótica —Elena goza de enorme encanto para crear atmósferas de erotismo, no necesariamente sutiles, también voraces— la periodista terminará por imponerse a la escritora conforme transcurra la narración, con repentinos extravíos en una prosa cadenciosa y precisa. Hay momentos en que se advierte una imperiosa necesidad de informar, los que aceleran y amotinan pormenores. Pero ese es, y ha sido, el estilo de la Poniatowska, su distintivo, lo que la vuelve tan querible y tan, valga la redundancia, única.
Habría que aclarar que la autora conoció y trató a la mayoría de sus personajes; que es probable que experimente cariño y hasta fascinación por algunos de ellos, lo pudiera explicar que por momentos se pierda la subjetividad propia de la ficción. Eso sin contar el elemental tacto que ha de tenerse cuando se trata de abordar personajes relativamente recientes, cuyos descendientes accederán a la obra. De manera que no faltará quien le escatime a esta, como ha sucedido con obras anteriores de Elena Poniatowska, el pleno derecho de ser “novela” para referirse a ella como “reportaje novelado”, lo cual no le resta impacto.
La historia empieza poco antes de que Lupe empiece a existir para la historia cultural de México, cuando el cuentista Julio Torri la presenta con Diego Rivera. Alta, pecho plano, tez morena, todavía más oscura por la exposición al sol de su natal Ciudad Guzmán (Jalisco), negra cabellera y contrastantes ojos entre azules y verdes, la joven Lupe cautiva al muralista en más de un sentido. Se convertirá, casi al mismo tiempo, en su modelo y esposa. Pese a no ser católica —pero tampoco comunista ni atea militante como su marido— se llevará a la tumba la satisfacción de haber sido la única “con quien Diego se casó por la Iglesia”, condición impuesta por el padre de la muchacha. No lo hizo con su primera mujer, Angelina Beloff. No lo hubiera hecho con Frida, quien sí compartía la ideología del pintor. Y de Emma Hurtado, la última y discretísima esposa, ni hablar. No sería, por supuesto, una relación idílica. Existían muchas cosas en común entre ellos, no precisamente las más deseables para lograr una unión perdurable. Las diferencias, en cambio, eran irreconciliables. En medio de monumentales pleitos —azuzados, casi siempre, por los no tan infundados celos de Lupe— procrearon dos hijas, Lupe y Ruth, que no precisamente vivirían una infancia idílica. Diego, inmerso en su arte, que era apéndice de su militancia política y de su ideal patriótico; Lupe, potra salvaje, deseosa de comerse el mundo con los ojos, las niñas Rivera Marín sufrirían la lejanía paterna durante la primera infancia, y la veleidad de la madre, quien se casa, al parecer por despecho, con el poeta Jorge Cuesta, quien, bien intencionado, hace lo posible por ungirse imagen paterna ante dos niñas avasalladas por el inmenso fantasma del padre.
La parte de Jorge Cuesta resulta especialmente dolorosa, aunque Jorge Volpi noveló admirablemente parte de la vida de este poeta, lo que se ofrece aquí es información de primera mano… periodística, llegando a la crudeza. De entrada, Poniatowska deja constancia de que Los Contemporáneos no significaron, en su momento, lo que actualmente representan para la historia literaria de México. Pocos los tomaban realmente en serio porque “en México nadie lee”. Cuesta era, sin duda, el más atormentado de todos. Forzado por su familia de alcurnia a obtener un título universitario, no optó por el Derecho, como los que querían ser escritores —y a falta de una Facultad de Letras— sino por la química, que llegó a apasionarle tanto como la literatura. Sus poemas evidencian dicha pasión. Quizás ese sea el único rasgo de la personalidad del poeta que queda bastante claro, el resto —salta a la vista— debió resultar harto difícil de desenmarañar para la autora, quien transcribe literalmente cartas de Cuesta para Lupe donde se desborda la pasión en cada palabra. Pero, al tiempo que el poeta veracruzano llega a ofrecerse a ser padre de dos hijas ajenas con tal de tener a su lado a la portentosa hembra, sale a relucir su “extraña” relación con Xavier Villaurrutia. La autora no vacila en señalar a éste como “su amante”, y Lupe no parece del todo ajena a ese hecho. Vengativa, acepta acompañar a Cuesta a un ingenio de Veracruz, “escapar” con él, llevando consigo a sus hijas. Su hazaña habría resultado una humillación para alguien menos ocupado que Rivera, pues no sólo lo estaba dejando por otro, sino que ese “otro” era su perfecta antítesis: un señorito de la gran ciudad, que propugnaba contra el nacionalismo exacerbado de los muralistas y de escritores como Arturo Azuela. Aunque Lupe nunca comulgó por nada que no fuera el buen vestir, se sentía más identificada con la forma de pensar de Cuesta, harta, quizá, de “los indios” que seguían a Diego a todas partes. Esto no impidió que terminara añorando a su primer marido y empezara a aburrirse de convivir con aquel hombretón que se esforzaba por cumplir su promesa de brindarle un hogar tradicional. Lupe no estaba hecha para eso. Y justo cuando se dispone a emprender la segunda huida descubre que está embarazada. Con el poeta procreará a su único hijo varón, y el más infeliz de los tres: Antonio Cuesta, que terminaría padeciendo lo que prácticamente todos los hijos de gigantes, amén del perpetuo rechazo de la madre y del truculento suicidio del padre, al que antecedió un intento de automutilación genital.
Dos veces única, en cuyo título queda implícita la importancia que tuvo Lupe en la vida y obra de dos artistas notables de su tiempo, aborda cuatro generaciones. Vemos a Lupe envejecer con gracia, aunque sin madurar en todo el rigor del término. De madre maltratadora, evolucionará en abuela consentidora pero cruel, como si su crueldad fuera proporcional a su amor. Y a sus nietos los amó por encima de todas las cosas, incluso de sus propios hijos. Aspectos domésticos, pertenecientes al ámbito más íntimo de la vida de cualquier persona, se nos despliegan aquí con absoluta naturalidad, como si Poniatowska los hubiera vivido —y padecido— junto con sus protagonistas. Ella, naturalmente, conoció —y conoce— íntimamente a casi todos los implicados, además de haber realizado varias entrevistas con los no tan cercanos, lo que resulta en un notable trabajo periodístico que sólo era posible exponer a manera de novela. Y la escribió del mismo modo que, según la propia autora, podría haber pintado Diego a su Lupe: con un puñal, “No es sólo la esposa ni la compañera ni la madre, sino una carne viva y demandante (…) subjetividad pura (…)”.
