Democracia e independientes
Teodoro Barajas Rodríguez
La democracia ha sido una asignatura abordada a medias desde tiempos lejanos en nuestro país, siempre se argumentó su precaria inexistencia, se trató de cubrir la forma aunque el fondo simplemente fue contradictorio. Porfirio Díaz dijo en 1908 que México ya estaba listo para la democracia, aunque el dictador se empeñó en que fuera aplazada hasta que terminó por exiliarse en Francia, donde murió.
Los caudillos revolucionarios prolongaron el conflicto, los altibajos remataban un deficiente orden institucional; en la fase posrevolucionaria Plutarco Elías Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario para, según su dicho, dar paso a las instituciones y acabar con los caudillos, aunque el llamado jefe máximo se blindó de dicha purga.
Durante décadas la democracia fue un cuento, un partido hegemónico garantizaba su permanencia a través del corporativismo, el control avasallador, incluso el propio sistema imperante entonces auspició pequeños partidos que jugaban el papel legitimador del modelo político mexicano que sorprendía a los politólogos europeos.
En 1988 se evidenciaron las grietas en un sistema político envejecido que ya perdía el control autoritario, fue la primera vez que el PRI perdía grandes porciones territoriales y en algunos casos recibió una aplanadora a través del Frente Democrático Nacional como se registró en Michoacán, bastión originario del PRD.
Posteriormente comenzó a funcionar un sistema de partidos, gradualmente la oposición obtuvo logros en diversas entidades federativas. La alternancia parecía adquirir carta de naturalización con todo y las inercias autoritarias incubadas durante siete décadas.
Inexplicablemente el turgente sistema de partidos se envileció progresivamente, los escándalos impregnaron todas las siglas, las ideologías se diluyeron para dar paso al pragmatismo sin rubor. Alianzas inconcebibles de la derecha con la izquierda para potenciar votos y asegurar posiciones, la desmemoria cundió para dar paso a los desfiguros de inspiración maquiavélica: el poder por el poder. Medio y fin.
Como una consecuencia gestada por el hartazgo provocado por las franquicias partidarias en los últimos comicios federales se registraron las candidaturas independientes, un brote natural que no significa la panacea porque simplemente refleja lo que parece el fin del secuestro de la participación política. Es aire nuevo dentro de este sofocante modelo.
Jaime Rodríguez, el Bronco, es el caso paradigmático de los últimos tiempos, declarado independiente luego de tres décadas de militar en el PRI, parece semejante a Vicente Fox, pues fue empoderado sin claridad ideológica, logró romper al bipartidismo de Nuevo León, pero sus aires de mesianismo no son buenos augurios.
En Morelia, Alfonso Martínez Alcázar ganó claramente como candidato independiente después de no encontrar el cobijo de su otrora partido, por lo que sus colaboradores —en una gran mayoría son panistas o lo fueron— abandonaron el barco para apoyarlo en esta aventura.
Las candidaturas independientes parece que llegaron para quedarse. El asunto es que la democracia a la mexicana aún presenta muchos hoyos negros que pueden hacerla naufragar.
