Juan Antonio Rosado

Sabido es que los antecedentes lejanos de lo que consideramos literatura indigenista se hallan en las crónicas de los conquistadores y también en las mismas literaturas indígenas. En el siglo XIX, la peruana Clorinda Matto de Turner, en Aves sin nido, obra históricamente importante, aunque muy deficiente desde el punto de vista literario, atacó a los poderes político, jurídico y eclesiástico al retratar las condiciones de explotación, sometimiento y humillación de los indígenas. En México, después de la revolución (con el antecedente de un breve relato de Alfonso Reyes), surge esta tendencia, que aún no se agota. Antonio Médiz Bolio publica en 1920 su poética obra La tierra del faisán y del venado, y nueve años más tarde, Andrés Henestrosa, Los hombres que dispersó la danza. Son muchos los autores y obras que abordan el tema indígena desde diversos puntos de vista. Pienso en Miguel Ángel Menéndez, Ermilo Abreu Gómez, Gregorio López y Fuentes, Rosario Castellanos y Ramón Rubín, nacido en Mazatlán y quien, tras una infancia en España y diversos viajes, volverá a México y se consagrará al asunto indígena con obras como El callado dolor de los tzoziles, El canto de la grilla y La bruma lo vuelve azul.

El canto de la grilla (1952), por ejemplo, retoma un viejo motivo literario: Mateo (cora) se enamora de Iyali (mujer huichol, es decir, de otra condición, raza y cultura). El padre de él se opone de manera determinante al casamiento. A pesar de ello, el matrimonio se realiza, pero el padre de Mateo, Esmeraldo, ha tramado darle a Iyali un bebedizo para ponerla indispuesta. El plan da resultado, pero Mateo no rechaza a su mujer; al contrario, la protege, y la curandera huichol Cayetana finalmente la cura. Entonces Esmeraldo planea matarla. Iyali y Mateo se dan cuenta de que el curandero persiste en hacerle daño a la mujer. El hijo transgrede los preceptos de la tribu y le falta al respeto al padre, arrojándole el bebedizo y diciéndole que él se lo tome. Por accidente, Esmeraldo inhala un polvo y la sangre fluye de su nariz. Quienes lo vieron, interpretaron que el hijo golpeó al padre. Mateo es condenado a muerte. ¿Para qué continuar? El autor, al final, nos presenta tres desenlaces posibles y el lector debe escoger uno de ellos. Lo único que no me agradó del estilo de Rubín en esta obra fue el empleo de ese vicio gramatical llamado “mismismo”, pero se le perdona por haberle dado vida a los personajes e intensidad y tensión a la trama. En La bruma lo vuelve azul (1954), con un estilo más depurado, aparecen temas relacionados con el mundo huichol: desde la condición de la mujer sometida y violada hasta el bandidaje de los mestizos (representados al principio por el Cuatrodedos) contra los huicholes; desde las supersticiones y costumbres hasta el machismo exacerbado de Antonio Mijares. Pero sobre todo es la historia trágica de Kanamayé: la explicación de sus rencores y resentimientos. Hay también una crítica al individualismo de la sociedad occidental blanca.

Las estructuras de estas obras nos recuerdan a las de las más tradicionales narraciones populares, siempre llenas de intriga y tensión, y donde se impone el destino. Pero Rubín lo hace en un español culto, con descripciones nítidas y personajes verosímiles.