Contrariamente a lo que se cree
René Anaya
Ahora que hemos regresado al horario astronómico normal, seguramente muchas personas sentirán que su vida vuelve a estar al ritmo de los días y las noches, pues indudablemente el horario de verano produce alteraciones en nuestro organismo.
Otra buena noticia es que, según estudios recientes, parece que no es cierto que la luz eléctrica haya modificado enormemente las horas de sueño; asimismo, parece que los aparatos cibernéticos y las lámparas led (diodos emisores de luz), que emiten luz azul, no son causantes de una disminución en las horas de sueño, como se ha planteado.
La tecnología y el mal dormir
Con el uso extendido de lámparas led y de televisores, computadoras, tabletas y teléfonos celulares que emiten luz azul, se han hecho estudios que al parecer demuestran que el uso de estos aparatos por la noche alteran el ciclo circadiano y hace que se postergue la hora de dormir.
El doctor Charles Czeisler, profesor de medicina del sueño de la Universidad de Harvard, ha afirmado que “cuanto más iluminamos nuestras vidas, menos dormimos”, porque en la retina se encuentran, además de los fotorreceptores que nos permiten ver, las células ganglionares que perciben si hay luz u oscuridad y llevan este mensaje al organismo para que adecue sus respuestas de vigilia-sueño.
La oscuridad nocturna activa la secreción de melatonina que propicia, en conjunto con otros procesos, la llegada del sueño. Sin embargo, cuando la luz artificial se percibe, se altera el ritmo circadiano y más aún con la luz de longitudes de onda más corta, como la de la luz azul. “Hay evidencias de que los adolescentes duermen media hora menos por cada dispositivo de este tipo (aparatos inteligentes) que tienen en el dormitorio”, ha señalado el doctor Czeisler, aunque también ha advertido que se requieren nuevos estudios fisiológicos para entender el impacto de esos dispositivos en el aprendizaje y desarrollo de niños y adolescentes.
Por su parte, el profesor Russell Foster, neurocientífico especializado en los ritmos circadianos, de la Universidad de Oxford, ha asegurado que actualmente las personas tienen entre una y dos horas de sueño menos que hace 60 años. Otros datos, probablemente surgidos de estudios que no son estadísticamente significativo, refieren que hace 50 años tres por ciento de la población dormía menos de seis horas diarias y que ahora es la tercera parte de la gente la que tiene esa cuota de sueño diario; asimismo, se ha señalado que los niños en todo el mundo duermen 1.2 horas menos de las que dormían los pequeños hace cien años.
Las horas de sueño, ¿una constante?
Esos datos son puestos en duda por un estudio dirigido por Jerome Siegel, del Departamento de Psiquiatría y Ciencias del Biocomportamiento, de la Universidad de California, publicado en línea el 15 de octubre, en la revista Current Biology.
Siegel y colaboradores estadounidenses y sudafricanos realizaron un amplio estudio para investigar si es cierto que dormimos menos que nuestros antepasados. Con esa idea escogieron tres tribus más o menos aisladas que viven de manera muy similar a como lo hicieron nuestros antepasados en sus orígenes.
En la región tropical de África Oriental estudiaron a los Hadza, de Tanzania y a los San, de Namibia; en Sudamérica, eligieron a los Tsimane, de Bolivia. El estudio consistió en el análisis de las pautas de sueño de 94 integrantes de las tribus durante mil 165 días.
Se encontró que las tres tribus duermen en promedio 6.4 horas, es decir que no duermen más que quienes viven en la modernidad; sus pautas de sueño son muy similares, ya que todos se despiertan antes de la salida del sol, excepto los San, quienes en el verano se levantan más tarde.
Otro hallazgo interesante es que al parecer no es la alternancia de luz-oscuridad la que rige el patrón de sueño, sino la temperatura. Esas tribus duermen casi una hora más en invierno y se disponen a dormir unas tres horas después de que anochece, cuando la temperatura desciende progresivamente. Esta regulación térmica, más que la exposición a la luz, podría diferenciarlos de las sociedades modernas, ya que en los países con inviernos más fríos se utiliza la calefacción, lo que provocaría cambios en el ritmo circadiano.
También se observó que no tienen problemas de insomnio, tal vez porque con el descenso natural de la temperatura se activa el proceso del sueño. Otra característica es que no toman siestas, lo que contradice las creencias de que la siesta ha desaparecido en las sociedades modernas por el ritmo de vida agitado.
Los resultados de este estudio podrán ser el inicio de otros que contribuyan a conocer mejor nuestras pautas de sueño; por ejemplo, averiguar si efectivamente las variaciones térmicas, más que la luz y la oscuridad, disparan el proceso del sueño. Por ahora, este estudio señala que nuestro ciclo de sueño-vigilia no se ha alterado con la modernidad.
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f/René Anaya Periodista Científico
