El papa Francisco en México

Teodoro Barajas Rodríguez

México es un Estado laico debido a lo que tal vez sea la aportación más reconocida de los reformistas, que demolieron las reminiscencias medievales de un clero insaciable, aunque los claroscuros en nuestra historia hacen aflorar contradicciones pendulares que van desde el jacobinismo de Plutarco Elías Calles hasta la genuflexión de Vicente Fox.

Recientemente, el papa Francisco ha roto algunos esquemas rígidos para enarbolar un discurso más realista ajeno a los añosos libretos de sus antecesores, que optaban por mensajes “más prudentes”; latinoamericano, jesuita y con vínculos cercanos a la teología de la liberación que se le notan.

El Vaticano anunció recientemente que el papa Francisco vendrá a México el próximo año, incluso que estaría en Michoacán, la tierra en que Vasco de Quiroga dejara honda huella en sus múltiples obras sociales y culturales.

Jorge Mario Bergoglio Sívori es un pastor que marca un enorme contraste con el papa emérito Benedicto, quien solía ser gélido, acaso porque el carisma de Juan Pablo II nubló su presencia.

Hace dos semanas, en un miércoles de audiencia general en la plaza de San Pedro, mítico lugar para el catolicismo, se encontraba Andrés Manuel López Obrador para entregarle una medalla de Fray Bartolomé de las Casas al Papa y dejarle una misiva.

Mediáticamente ha surtido efectos ese breve encuentro del dirigente de Morena y un papa Francisco afable y contento. Ya en el Senado de la República también se han pronunciado por la presencia del prelado en la cámara alta, buscan afanosamente quedar bien.

López Obrador en la carta que entregó al jefe del Estado vaticano le plantea que su visita será de “gran aliento” y enfatiza su pretensión de seguir luchando para eliminar la corrupción política, generadora de diversos males.

No faltan quienes tachan a López Obrador de oportunista, aunque, me pregunto, cuántos políticos que presumían de juaristas no han capitalizado a su favor las anteriores visitas de Juan Pablo II; José López Portillo en 1979 recibió al pontífice polaco y lo “dejó con su grey”, aunque en lo privado el Papa ofició una misa particular para la madre del entonces mandatario.

En aquellos tiempos no existían relaciones diplomáticas entre México y El Vaticano, éstas llegarían en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, el primer embajador ante la Santa Sede sería un masón grado 33, Enrique Olivares Santana. Seguramente muchos recordarán al presidente Vicente Fox arrodillándose ante Juan Pablo II, dejó de lado la investidura de mandatario, comportándose como un creyente más, en una estampa que parecía hacer añicos la tradición juarista, de la que el expresidente era un verdadero ignorante.

Tal vez la coincidencia entre los actores políticos tradicionales sea que a todos los parece adecuada la visita del jefe de Estado vaticano a quien ven como una especie de rock star, pues no se han registrado disensos. Tal vez evoquen que un papa salvó Roma de las manos de Atila.