Eve Gil

Seamos honestos: los mexicanos —la mayoría— actuamos como si trajéramos la victimización corriendo por las venas. Definitivamente nos identificamos mil veces más con las víctimas que con los verdugos. Nos preguntamos, entre torturados y aliviados de estar tan lejos, cómo es posible que los nazis hayan exterminado a miles de judíos, o que los gringos mantengan sitiados a los infelices afganos y/o irakíes; o que los israelíes se ensañen con los palestinos. Estamos, esencialmente, del lado de los oprimidos porque en la escuela nos enseñaron, entre otras falsedades y cuentos de hadas, que los mexicanos estamos en el bando de “los buenos”; que nuestro sufrimiento es equiparable al de los oprimidos antes citados.

Pero la verdad, para variar, ha sido diestramente manipulada a través de diversos sexenios, al grado que los buenos de las monografías que estudió una generación, son reemplazados por otros a la siguiente. No es cierto que seamos un pueblo desmemoriado: somos un pueblo habituado a barrer el polvo bajo la alfombra. En ese sentido, La casa del dolor ajeno (Literatura Random House, México, 2015; 303 pp.), el más reciente libro del autor coahuilense Julián Herbert, es sumamente revelador: los mexicanos también hemos sido verdugos, no sólo entre nosotros, mexicanos contra mexicanos en la guerra Gobierno vs Narco; o durante la masacre de la Conquista, cuando un grupo de indígenas se alió con los invasores… también contra los chinos. La diferencia entre los mexicanos de principio del siglo XX que masacraron inmigrantes asiáticos y las potencias antes señaladas, es que nosotros lo hicimos a machetazo limpio, porque los avances tecnológicos no permitían nada mejor… peor aún: aunque lo hubieran permitido, los perpetuadores estaban perturbados de envidia y hambrientos de sangre.

Antes que Julián Herbert, algunos historiadores —aficionados, casi todos— aportaron su propia versión de los hechos. Pudiéramos anotar aquí que ninguno de ellos disponía de las ventajas tecnológicas de Herbert para recrear algo mucho más próximo a una realidad histórica (extraoficial, por supuesto), pero una de las características más loables de este trabajo es que, salvo alguna consulta google, el autor permaneció largo tiempo en la sede de los acontecimientos —Torreón, Coahuila—; rastreó con minuciosidad abundante material hemerográfico; buscó afanosamente a parientes de los involucrados que pudieran aportar aunque fuera versiones de segunda o tercera mano; logró entrevistarse con el empresario de ascendencia china más rico de la región —Manuel Lee Soriano—, estudió con empeño la historia de China para comprender a cabalidad en qué momento la comunidad asentada en la Laguna a principios del siglo XX se vieron en la necesidad de emigrar, y también comprender a los propios chinos, básicamente, sus diferencias con los mexicanos, entre otras cosas. El autor no desdeñó una sola fuente, un solo dato por disparatado que pareciera, reprodujo incluso su encuentro con diversos taxistas que, sabemos los usuarios de taxis, tienden a saber un poco de todo, aunque en este caso Herbert se topó con que el grueso de la población, incluidos sus informantes al volante, están firmemente convencidos de que el responsable de la matanza de chinos… ¡fue Pancho Villa! Al respecto señala Herbert en la página 35: “Cualquiera que escriba sobre la matanza de chinos tendría que recalcar en algún momento (no sin impaciencia) que Francisco Villa no pudo participar de los hechos; estaba muy ocupado tomando Ciudad Juárez, a más de mil kilómetros de aquí. Pero, por más que uno lo repita, la vox populi se impone: todo mundo en las calles de Torreón te dirá que fue Villa quién ordenó la masacre (…) Villa tomó Torreón dos años después de los linchamientos, y esa segunda batalla marcó el debut de su División del Norte”.

La intención inicial de Julián Herbert pareciera haber sido escribir una novela. Pero, acaso conmovido por su descubrimiento, dejó que le ganara un poquito el rigor del historiador. Aunque sea promovido como “novela”, La casa del dolor ajeno es un collage de géneros, un poco novela, un mucho de crónica periodística y un tanto de ensayo, y esto termina por agradecérsele no sólo en términos políticos, sino incluso estéticos. Aunque dicen —equívocamente— que en la novela caben todos los géneros, lo cierto es que las reglas internas del género no hubieran permitido al autor una narración tan vasta, dinámica, redonda y casi perfecta… y el “casi” es relativo. La intención de Herbert, en definitiva, no es que nos sintamos exculpados, mucho menos orgullosos de ser mexicanos, sino todo lo contrario: apoyándose en bases sólidas nos dice —o recuerda— que también fuimos, o seguimos siendo, verdugos. Muy pocos fueron los mexicanos que del 13 al 15 de mayo de 1911 defendieron a los chinos perseguidos hasta dentro de sus propias casas y negocios. Quienes trataron de impedir que aquella especie de Noche de San Bartolomé tuviera lugar fueron los demás extranjeros aposentados en la próspera comunidad ferrocarrilera: estadounidenses, ingleses, suizos, canadienses. Varios de ellos dejaron constancia escrita, incluso fotográfica, de la crueldad de los maderistas, auténticos responsables de aquella carnicería que no respetó a los pocos niños y mujeres, “súbditos celestes”, como los nombra Herbert. La gran mayoría de los inmigrantes chinos eran varones, algunos, de hecho, se habían casado con mexicanas, aunque más tarde habría de perseguirse y hostigar a las parejas conformadas por chino y mexicana.

¿Por qué la comunidad china de Torreón fue objeto de una auténtica cacería por parte de quienes se autodenominaban patriotas y revolucionarios? Todo empieza, como todo en este país, con un rumor que se esparce como la pólvora y nadie se detiene a preguntarse si es verdad… porque cualquier cosa que inculpe o juzgue a quienes son diferentes a nosotros, por fuerza tiene que ser verdad. Mientras leía este libro recordé una encuesta realizada en épocas recientes por el periódico Reforma, “¿A qué le teme más usted? ¿A los homosexuales, a los indígenas o a los extranjeros?”, y aunque parezca mentira, el setenta por ciento hizo patente esa xenofobia que pudiéramos contar entre nuestros defectos más graves y arraigados. A los mexicanos no nos gusta que nos digan nuestra verdad, ni aunque quien nos lo diga sea otro mexicano… en ese sentido presiento que La casa del dolor ajeno —que es como nombran al estadio de futbol de Torreón gracias a una simpática anécdota que prefiero que el propio Herbert les cuente— levantará ámpula entre quienes no aceptan que no sólo somos verdugos, sino verdugos de una crueldad bestial. Para quienes buscan buena literatura y una prosa revolucionaria, en el mejor de los sentidos… ¡este es El libro!