Mientras las Europas y los países árabes se sacuden desde las entrañas por los ataques y contra-ataques, que son, para muchos, el preludio de la tercera guerra mundial, las américas no se quedan atrás y si bien no alcanzan las proporciones violentas de la ciudad luz o de la provincia de Alepo, sí desnudan graves crisis diplomáticas que amenazan con acabar peor.

El circuito elegido por más de mil 700 cubanos que emigraron de su país y que pretenden llegar a los Estados Unidos vía Panamá-Costa Rica-Nicaragua-México, desató la furia nicaragüense y avivó el fuego de las viejas rencillas entre costarricenses y nicaragüenses.

En una evidente decisión salomónica, el gobierno de Luis Guillermo Solís, jefe de Estado en Costa Rica, optó por lavarse las manos y permitir que los cubanos migrantes, procedentes de Panamá, cruzaran su pequeño país y llegaran hasta los límites con Nicaragua.

Pareciera que al tico le asustó la crítica internacional que comenzaba a gestarse cuando intentó desvanecer a los grupos de cubanos que bloqueaban carreteras en los límites con Panamá, e intentaban seguir su curso rumbo al norte, siguiendo las 50 estrellas de cinco picos.

El maquillaje de “por razones humanitarias” no engañó y sí enojó a los nicaragüenses, que no se tragaron la treta tica, cuyo gobierno otorgó visas temporales a los cubanos migrantes, lo que les permitió cruzar el país y llegar hasta la frontera de Nicaragua de donde pensaban seguirse hasta México.

Esta decisión reabrió viejas heridas. Daniel Ortega acusó a Costa Rica de violar la soberanía nicaragüense, y sin más envió a su ejército a la frontera para impedir el acceso de larga fila cubana y deportarlos.

El argumento tico es que como Costa Rica no es el origen ni destino de cubanos, no puede impedir, por cuestiones humanitarias, el paso de los migrantes con rumbo al norte.

La presencia cubana no es entendida ni justificada por unos y otros. Se niegan ambos a resolver la problemática de carácter diplomática, acusándose mutuamente de irresponsabilidad y prendiendo las anteras internacionales, cuyos especialistas ya prevén situaciones más complicadas luego de que Costa Rica apelara a organismos internacionales para que intervengan hagan entrar en razón al gobierno de Daniel Ortega.

La tensión crece junto con el enojo y pareciera que han cerrado oídos a cualquier argumento que permita llegar a acuerdos; ambas naciones tienen viejas rencillas, precisamente de frontera, en vías de resolver con intermediación de La Haya.

La victimización de tema por parte del Gobierno de Costa Rica fue mayor porque los de Nicaragua hicieron uso de la fuerza pública para contener a los de Cuba, rayando en la violencia innecesaria, esa que se genera a partir de la ira, del enojo compartido, de la frustración y el abandono.

Aunado a ello, Daniel Ortega no permitirá que su vieja amistad con la Habana se rompa por una situación así y preferirá utilizar cualquier recurso legal posible para impedir, primero, que Costa Rica cumpla su cometido a pesar de ser el país que da empleo a miles de nicaragüenses; y, segundo, que los migrantes cubanos alcancen su sueño y encuentren en tierras norteamericanas la oportunidad que no encuentran en su lugar de origen.

Mientras una y otra cosa sucede, el conflicto comienza a tintar de rojo este rincón del mundo, entretenido ahora con la sangrienta crisis entre las Europas y los árabes.