Juan Antonio Rosado
Para conmemorar los 30 años de la revista literaria Blanco móvil, su director, Eduardo Mosches, decidió sacar a la luz dos voluminosos números: uno dedicado a la narrativa; otro, a la poesía. Ambos recogen algunos de los mejores textos publicados en la revista a lo largo de tres décadas. En particular, la antología de narrativa nos invita a conocer distintas formas de concebir temas y personajes. Retratos, escenarios, atmósferas están allí, aguardando al lector. Este número incluyente y cosmopolita trató de hacer desfilar poéticas distintas. No hay poética privilegiada. Lo menos que puede exigírsele a un escritor es que escriba bien. La verosimilitud es la meta. Lo demás es cuestión de gustos. Como el estilo no es sinónimo de ornamento y cada narración es producto de un trabajo artístico, cuando fue necesario un recurso para que los personajes encarnen o las atmósferas cobren vida, los autores no titubearon en emplearlo, conscientes de que todo ingrediente es significativo.
Luis Zapata abre el número con un relato breve. Sería prolífico mencionar a todos los autores. A lo largo de 30 años, Blanco Móvil ha sido un espacio en que convergen tanto escritores consagrados por la crítica y por las “instancias mediadoras de la literatura”, como aquellos que, por una u otra razón, no han tenido la atención suficiente, pese a la calidad de sus obras. Esta antología es sólo una propuesta de textos donde no disminuye la intriga ni se mata la tensión ni se insulta la inteligencia del lector. Si el estilo es llano, acumulativo o amanerado; si el tono es irónico o corrosivo, emotivo o frío; si hay ornamentación y retórica o, por el contrario, lenguaje denotativo, son cuestiones que pueden participar de determinada poética, teoría o forma de crear. Lo relevante es que los textos obedecen a las obsesiones de cada autor y son posibilidades de entender más al ser humano.
Ningún texto adolece de sobrexperimentación, síntoma de falsa originalidad. El tratamiento del tema exige el mejor modo de plasmarlo, sin caer en lugares comunes ni trasnochado vanguardismo. En esta antología, el lector también encuentra textos que penetran en lo descriptivo o argumentativo. Un ejemplo es la protesta de Javier Sicilia contra políticos y criminales; protesta que concluye con unos versos del casi desconocido Martin Niemöller, versos que implican una narración detrás. Muchos citan estos versos como si fueran de Bertolt Brecht, pero son de Niemöller, víctima del nazismo. Creo que debe hacérsele justicia. En su versión original dicen así: “Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista;/ Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata;/ Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista;/ Cuando vinieron a buscar a los judíos, no protesté, porque yo no era judío;/ Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”. Hay una narración detrás, como también en la citada protesta. Es una narración intensa, dolorosa, indignante, que debería elevarse a nivel artístico para que su mensaje permanezca como lo hacen las grandes novelas de la dictadura. Blanco móvil no comunica como el periodismo, desde lo efímero cotidiano, sino que apuesta a lo perenne de la calidad estética. Muchos números han sido temáticos. Es cierto: el tema no hace al arte, sino la técnica, pero por ambos apuesta la revista.
