Es lo contrario al efecto placebo

 

 René Anaya

Los hechiceros y curanderos ya sabían los efectos funestos que ocasiona, los psicólogos infantiles han alertado a los padres de los inconvenientes de repetirles a sus hijos que son perezosos, inútiles o algún otro adjetivo negativo que los puede marcar. Igualmente, mucha gente lo sabe porque ha experimentado sus efectos, pero solamente hasta hace unas décadas se ha puesto atención al efecto nocebo.

Contrario al efecto placebo, palabra que en latín significa te agradaré, el efecto nocebo que —también en latín— quiere decir te perjudicaré, es una reacción del ser humano poco estudiada, que puede aclarar una serie de misterios que la superstición, la charlatanería y hasta la religión han achacado a fuerzas sobrenaturales o seres divinos.

 

El maléfico poder de la mente

Se sabe que buena parte de los efectos benéficos de los placebos depende de la liberación de neurotransmisores (sustancias que se secretan en el sistema nervioso), y que probablemente en el futuro puedan emplearse de manera sistemática. Por ahora han servido también —lamentablemente— para que embaucadores hagan creer que la aromaterapia, los imanes, las aguas milagrosas y otras falsas terapias son efectivas, pero lo único que efectivamente hacen es esquilmar a sus clientes, en el mejor de los casos, porque en el peor retrasan el tratamiento de enfermedades que pueden ser mortales.

Su contraparte, el efecto nocebo, lo definió Walter Kennedy en 1961 como una reacción indeseable y dañina posterior a la administración de un tratamiento con sustancias inertes (como pastillas de azúcar), pero en realidad debe extenderse a todo procedimiento o información que genere expectativas negativas en las personas.

Por ejemplo, un efecto nocebo puede ser el que experimenta una persona que lee las reacciones secundarias que llega a causar el medicamento que le recetó un médico. Asimismo, algunos médicos involuntariamente causan el efecto nocebo cuando pretenden que su paciente tome una serie de medidas preventivas, para lo cual exagera o informa de las complicaciones extremas que puede tener una enfermedad. El paciente puede salir del consultorio alarmado y con más molestias y preocupaciones de las que tenía.

Estos y otros casos han sido ampliamente documentados. A finales del siglo XIX varios usuarios de los recién instalados teléfonos sufrieron mareos y dolores. Recientemente, en los años 80 del siglo pasado, trabajadores escandinavos presentaron erupciones en la piel que achacaron a los monitores de las nuevas computadoras que empezaban a inundar empresas y hogares.

 

Enfermedades producidas por nocebos

Otro caso mejor documentado es el de personas que sufren dolor de cabeza, estrés e insomnio, aparentemente por hipersensibilidad electromagnética. Michael Witthöft, experto en terapia conductual de la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia, y G. James Rubin, del King’s College de Londres, realizaron una investigación con 150 voluntarios divididos en dos grupos. Al primero le mostraron un video en que se advertía sobre los daños potenciales asociados a los teléfonos celulares y señales inalámbricas de internet (Wi-Fi); al segundo grupo les exhibieron un video sobre seguridad en internet y datos de celulares.

Posteriormente, se les colocó en sendas habitaciones con “Wi-Fi amplificado”, se les pidió presionar un botón con el símbolo que caracteriza a esa conexión y esperar 15 minutos. En realidad no había ninguna conexión en las habitaciones, pero 54 por ciento de los voluntarios tuvieron síntomas por exposición a las ondas.

La mayoría de quienes vieron el video de los daños potenciales tuvieron hormigueo en los dedos, presión en la cabeza, dolor de estómago y dificultad para concentrarse. “Lo crucial es que las personas con altos niveles de ansiedad, que miraron el documental sobre los peligros del Wi-Fi mostraron síntomas más fuertes que el resto de los participantes”, ha referido el psicólogo conductual.

Esta situación la atribuye Witthöft a que algunas personas tienden a quedar atrapadas en ciclos de reforzamiento negativo. “Sin embargo, las pruebas demuestran que las personas afectadas son incapaces de detectar si realmente han estado expuestas a campos electromagnéticos”, señaló el investigador.

Por esas razones, en las conclusiones del trabajo, publicado en el Journal of Psychosomatic Research, en marzo de 2013, Witthöft y Rubin plantean que “los informes de los medios de comunicación sobre los efectos adversos de sustancias supuestamente peligrosas pueden aumentar la probabilidad de que se experimenten síntomas, tras la supuesta exposición a esas sustancias y el desarrollo de una aparente sensibilidad a ella. Es necesario un mayor compromiso entre periodistas y científicos para contrarrestar estos efectos negativos”.

Esa relación se ha empezado a estrechar en nuestro país, pero todavía falta un mejor entendimiento entre los científicos y los periodistas para reforzar o consolidar una cultura científica entre la población, que permita combatir las “profecías cumplidas” y, sobre todo, las informaciones seudocientíficas.

reneanaya2000@gmail.com

f/René Anaya Periodista Científico