En este momento, muerta Guillermina Bravo, la legendaria creadora de Ballet Nacional, Gloria Contreras era la bailarina por excelencia. Desde hace 45 años era la directora y la coreógrafa principal del Taller Coreográfico de la UNAM, grupo que, al decir de ella misma, había alcanzado los dos logros fundamentales de una compañía de ballet: crear un repertorio propio y formar un público.

            Desde temprana edad manifestó su vocación por la danza, pero su trayectoria empieza, en realidad, por donde comenzaba en otros años la carrera de los bailarines de México, en las clases y luego en la compañía de Madame Dambré. Sin embargo, ante un impasse en que no encuentra trabajo en México, decide irse a Nueva York donde impresiona, nada menos, que a George Balanchine que la beca de manera permanente en la School of American Ballet. Igor Stravinsky y Balanchine acudían a ver cómo la joven bailarina mexicana creaba sus ballets. De esa época, datan sus coreografías El mercado, con música de Blas Galindo, y su celebrada versión del Huapango, de Moncayo.

            Cuando regresa a México, divorciada, sólo lo hace para reiniciar el viaje a Nueva York, a la que se considera capital del ballet en este lado del mundo. (En el otro lado, está la Unión Soviética, lugares que, al igual que Cuba, la bailarina, hija de un padre partidario del socialismo, visitará más tarde. Un encuentro con el teatrista Héctor Azar, quien le aconseja que se quede, la decide a permanecer en México. En 1970 va a la UNAM y se entrevista con el director de Difusión Cultural, quien le dice que la UNAM ya cuenta con un ballet folklórico y que es bastante. Para quien esto escribe, como que ya estaba ahí Guillermina Bravo, pero en fin, con ese argumento se le cierran las puertas. Casualmente, al salir, se encuentra con Eduardo Mata y el músico la detiene va a hablar con el director de Difusión Cultural, y le comunica a Gloria Contreras que pronto tendrá una compañía que al volverse realidad, será el Taller Coreográfico de la UNAM, que la bailarina dirigió hasta su muerte durante 45 años. Póstumamente, hace unos días, la compañía presentó, en homenaje a su directora, Sonámbula (afección que su autora padecía) con música de Brahms.

            Las funciones del Teatro Carlos Lazo, dependiente de la Facultad de Arquitectura, eran gratuitas o a lo más costaban 30 pesos. Eso era los viernes, en cambio, las funciones de los domingos, en la Sala Miguel Covarrubias, recinto creado para el Taller, eran más caras al grado que una de las luchas de la bailarina fue precisamente que no costaran 500 pesos, porque “sólo irán a verlas los ricos del Pedregal, que no les interesa la danza y no ese público de jóvenes estudiantes”.

Hay que decir que Gloria Contreras pretendía, según lo declaró muchas veces, ser realmente una directora de una compañía de danza, es decir, llegó a homologar los salarios de los bailarines con los de los académicos, se preocupaba por la administración y por la publicidad, y no sólo por el arte.

            Entre sus obras políticas están Opus 94, Integrales, Guantanamera y Fanfarria. Entre las obras de la danza moderna mexicana que recuperó está el Zapata de Guillermo Arriaga y Los gallos, el ballet que Farnesio de Bernal (también creo, si no recuerdo mal, alumno de Madame Dambré) creara para la bailarina Beatriz Flores, cuñada de Gabriel Figueroa y en algún tiempo esposa del director de teatro Dagoberto Guillomain.

            Todas las notas sobre el fallecimiento de Gloria Contreras han insistido en su mente abierta a todas las expresiones, en la música, desde la coral antigua hasta la electroacústica, pero también la música popular, el jazz, el tango o como ella misma recuerda Pérez Prado. Pero si hubiera que caracterizar su danza, era una especie de híbrido entre el ballet clásico y el llamado ballet moderno o más precisamente la danza moderna mexicana. A lo mejor el término que más le acomodaría sería el de neoclásica.

            Entre sus premios solo mencionaré dos o tres, el Nacional de las Artes en el área de Bellas Artes, la medalla Mi vida en la danza de la Unesco y, por supuesto, el Premio Universidad Nacional, porque ahí siempre estuvo.