Aunque no se reconozca como tal, existe una historia oficial de la cultura mexicana, esto es, una historia que exalta las obras y los artistas que, en los diversos momentos de la historia de México, han detentado la hegemonía cultural. Así, la historia oficial de la cultura en el siglo XX sigue el recorrido que va del Ateneo, a Los Contemporáneos, la Generación de Taller y el grupo conocido por sus opositores como la Mafia, en la que se inscribe, por ejemplo, la llamada generación de la ruptura en las artes plásticas. Ya en los ochentas y los noventas, después del parteaguas que significa el movimiento estudiantil popular de 1968 y de la crisis económica y la consecuente crisis política que se vive en el país, el poder cultural se fragmenta, a la par del proceso de privatización, que abarca todas las áreas económicas y también a la cultura, de modo que ya no se distingue claramente la hegemonía de un grupo en particular.

Si bien ése es el recorrido general de la historia oficial, hay otra realidad que se impone, al margen de los grupos que sucesivamente han detentado la hegemonía, y es la expresión en la cultura de ese cataclismo social que fue la Revolución Mexicana y que transformó desde sus raíces a la sociedad mexicana. Es a partir de la Revolución que van a surgir la Escuela Mexicana de Pintura, con el muralismo como su más alta manifestación, la Danza Moderna, la música de autores mexicanistas como Revueltas. Chávez o Moncayo, la literatura llamada precisamente de la Revolución Mexicana, la época de oro del cine mexicano, una pléyade de fotógrafos que retratan por primera vez los pueblos de México, el autodescubrimiento, pues, de la sociedad, exaltada por los ojos de los artistas.

            El Estado, aunque sea burgués y tenga como objetivo el impulso al desarrollo del capitalismo, como ha surgido de la Revolución y en ese origen sustenta su apariencia de legitimidad, no puede dejar de dictar reconocimientos, políticas y presupuestos, aunque sean magros, a esas expresiones nacionalistas y, en algunos casos, revolucionarias. Sin embargo, al mismo tiempo va a otorgar protección a los grupos hegemónicos de la cultura que, al contrario combaten el nacionalismo y se declaran universalistas y apolíticos, sostienen, como grupos, que en las artes sólo cuenta el valor estético y que la ideología y la orientación política de los contenidos o es indiferente o de plano arruina el valor estético. De ese modo, la historia oficial de la cultura se rige por el mismo principio, en ella existen únicamente los talentos individuales y su ingreso a la historia, supuestamente, sólo se mide por el criterio del valor estético.

            Aunque esta historia oficial reconoce el carácter rijoso de todo medio artístico, atribuye las disputas a envidias y rencillas personales, sin relevancia, ya que después de todo, los árbitros culturales, según la ideología dominante, sólo se interesan en el valor intrínseco de la obra y no en las circunstancias del artista. Tal comportamiento, que, por supuesto no es privativo de México, sino se extiende a lo largo del mundo, ha llegado al extremo de decretar la muerte del autor, para aislar a la obra y así alejarla de las impurezas de las circunstancias.

            Alberto Híjar procede de manera opuesta. Está enterado de que la lucha de clases existe, que es el motor de la historia, y que los artistas no son seres etéreos, sin intereses, ni ataduras. Sabe muy bien que las obras no surgen por generación espontánea, sino son el resultado del trabajo creador de hombres concretos en un momento histórico.

Aunque estoy pensando sobre todo en ese libro excepcional al que Híjar tituló Frentes coaliciones y talleres: Grupos visuales en México en el siglo XX, puede afirmarse que a lo largo de todos sus textos Alberto Híjar parte de este criterio fundamental. De esta forma nos muestra lo que bien puede llamarse una contrahistoria de las artes visuales, en la que, a contrapelo de la historia oficial, los artistas, las obras, las exposiciones formales, y también las variadas expresiones visuales de la lucha popular, sean mantas, pancartas, grafitis, revistas, carteles o panfletos, aparecen ubicados no sólo en su circunstancia social e histórica, sino en su orientación ideológica.

Y ahora que menciono la atención que Alberto presta a este tipo de arte visual, hay que destacar que la inclusión de estos variados soportes o medios, constituye una ampliación del campo del arte y en consecuencia también de la historia del arte, que bajo el enfoque de Alberto, no deambula únicamente de consagrado en consagrado, sino que podría decir como Don Juan Tenorio “Yo a las cabañas bajé/ yo a los palacios subí”. Por cierto que aunque no venga a cuento en este momento, también le quedan a Alberto otras autodescripciones del Tenorio: “A quien quise provoqué,/ con quien quiso me batí”. Porque no hay que dejar de lado, que, como en su breve estancia en el toreo, a Híjar le gusta tomar al toro por los cuernos, y no le huye al pleito, sino al contrario, claridoso hasta las cachas, con frecuencia lo inicia y aguanta la respuesta del injuriado.

Volviendo al tema del método de Híjar, hay que señalar que visualiza, con acierto, que los artistas, por una necesidad personal, se organizan y actúan en colectivo, en el caso de los grupos hegemónicos, donde priva la individualidad, generalmente no hay una organización formal sino se reúnen alrededor de un medio o de una propuesta estética. Al contrario, los artistas que tienen una voluntad de lucha, se organizan en grupos, que también se filian en una divisa estética, pero no se quedan ahí, sino asumen un compromiso político y consideran al arte como un campo de lucha y al artista como un militante social. A partir de esta visión de la cultura que se deja ver en el método de Híjar, aunque no se formule de manera explícita, Alberto muestra en la recopilación de los documentos y los breves recuentos históricos de cada grupo, que la lucha de clases se despliega también en el campo del arte. Aunque desde luego, en los grupos organizados que incluye Híjar en este libro extraordinario podemos encontrar los nombres de muchos artistas que no sólo han llegado a los museos, sino han alcanzado el mayor reconocimiento nacional e internacional, hay que señalar que el autor historia a los arrinconados, a los marginales, a las agrupaciones que no se registran en la historia oficial. Ahí aparecen los estridentistas, el Sindicato de Obreros, Técnicos, Pintores y Escultores, el 30-30, la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, que a pesar de todo se han vuelto legendarios en la historia de la cultura, pero también experiencias particulares como Arquitectura Autogobierno, el Taller de Investigación Plástica, el Tepito Arte Acá o los más recientes como el Comité de Cultura Popular, el Neza Arte Nel o el Colectivo La Ira del Silencio.

La lectura de los documentos y las sucintas caracterizaciones que aporta Híjar, da como resultado otra visión no únicamente de las artes visuales, sino de la historia de la cultura en México, ajena por completo a la historia oficial.

Ahora que reflexionamos sobre la obra de Alberto Híjar, no puede dejar de mencionarse que uno de sus rasgos es la congruencia entre el pensar y el hacer sostenida a lo largo de la vida. Pero todavía me parece más importante, que ha entendido la militancia política no sólo en el batallar en el campo de la lucha ideológica y de los enfrentamientos entre los grupos culturales, sino que esa militancia también tiene que estar vinculada necesariamente a la lucha popular, a la de los obreros, los campesinos, los estudiantes, los maestros. En esa guerra, el arte, así lo ha entendido, Híjar, como antes su admirado Siqueiros, tiene un papel de primera importancia y los intelectuales deben asumir ese compromiso.

Museo Casa Estudio Diego Rivera

28 de noviembre de 2015