Hace algunos años, el Profe nos regaló un autorretrato con un bello poema expropiado a Enrique González Rojo que se titula “A mis herederos”, en donde se hace referencia al amor. En el dibujo, Alberto Híjar lo está recitando y no puede haber una mejor descripción de lo que nuestro papá y nuestro abuelo es: un hombre amoroso. Pero, como bien precisa Michael Hardt, hablamos del amor como concepto político, ese “que produce siempre nuevas formas de vida” y que requiere entrenamiento y constancia para volverse práctica ininterrumpida.

El hogar formado por Cristina y Alberto fue siempre un ejemplo de cómo había que entrarle a la vida. Nuestra educación, ahora ampliada a los nietos y nietas, integraba todo: desde la exigencia escolar, la disciplina y el orden, aderezado con infinidad de hermosas y aleccionadoras lecturas infantiles, imágenes visuales, música, baile, dibujos (como el inolvidable Androcles y el león, esclavo y bestia que acaban saliendo abrazos del Coliseo), lecciones que salían de todo y con cualquier pretexto para mostrarnos con el ejemplo, siempre con el ejemplo, que había otro mundo posible por construir. A veces las llamadas de atención fueron y son duras, sin concesiones, pero entendemos que de esto también trata el amor, tanto como del odio, la furia y la intolerancia justas también heredadas.

Siempre ha estado. No recordamos un solo evento significativo, triste o feliz, en el que no haya estado presente o haya dejado todo para estar, para acompañarnos, ayudarnos, reconfortarnos con su enorme presencia. Aún en los tiempos en que su permanencia en Nicaragua duraba meses, sus cartas-periódico nos daban cuenta de sus experiencias y su amor.

Nuestro papá jugaba, hacía cosquillas, daba topes voladores y dolorosas mordidas de burro hasta que chiflábamos, embarraba crema de rasurar cuando estábamos listas para salir a la escuela, bailaba Zacazonapan, ayudaba con la tarea y ponía a disposición extensa bibliografía cuando, la verdad, uno quería comprar una monografía (una de las pocas prohibiciones que teníamos) y salir rápido al paso.

Fuimos niñas muy felices. Sabíamos de Vietnam, de Cuba, de Chile, reconocíamos a héroes latinoamericanos que nuestros compañeros de escuela no sabían ni que existían y nuestras canciones, además de Cri-Cri, eran “Barquito de papel” “Hasta siempre” o “Cruz de luz”, dedicada a Camilo Torres.

Un día, literalmente, nos arrancaron a mi papá y sin entender mucho, supimos que algo muy grave había pasado. La solidaridad y el nudo de relaciones que desde entonces había ya construido, nos lo regresaron, entonces entendimos plenamente el tamaño del enemigo que enfrentábamos, enemigo siempre presente, siempre al acecho, pero, también, siempre confrontado y develado por la vida y la práctica de Alberto Híjar. También entendimos entonces la fuerza de la solidaridad, el arma más fuerte que tenemos los Nosotros.

Mi mamá, eterna y efectiva compañera, estuvo siempre y asumió sola largos periodos, alimentó y cuidó este amor por mi papá, hasta que un día sorpresivo y doloroso se transformó en ausencia siempre presente. No sabemos qué hubiera pasado de haber sido distinto el destino familiar. Sabemos que ese papá en libertad eligió y modificó su vida para quedarse a nuestro lado. Una, dos, tres, ahí te van cuatro hijas para ti solo. Él nos convoca y nos unifica.

“La senda está trazada, nos la mostró el Che”, cantaba Daniel Viglietti en una bella canción que nos acompañó siempre y sabemos bien que ser hija o nieta o nieto de Alberto Híjar implica una responsabilidad mayor. Tenemos un enorme ejemplo de una vida dedicada a las mejores causas, de la solidaridad siempre desplegada, de la generosidad teórica y práctica, de los acompañamientos ricos y diversos, de la cultura y conocimientos enormes que posee, que lo mismo te explican un fenómeno químico que te dan una lección de historia. Un hombre integral, pues, que no evade nada, que se conmueve profundamente con cualquier cosa, que llora sin tapujos, que goza y ríe, que acompaña siempre y que está al pie del cañón para lo que sea.

Todas tenemos bellas y aleccionadoras cartas que son un tesoro, en una de ellas, un 30 de abril de 1975, nuestro papá nos escribió: “Las quiero niñas, pero responsables por el trabajo duro de construirse su futuro que obviamente compartiré sin desviarlo hasta donde pueda con mi mala educación irremediable. Me gustaría, pues, poner un cartel en lugar bien visible que dijera NIÑAS TRABAJANDO para advertir así que tengo las mejores hijas posibles hoy, que comprendo las molestias que causa esta obra y porque mañana serán mejores y viviremos siempre muy felices”.

Y sí, reconocemos al teórico, al historiador, al critico de arte, al maestro, al promotor, al militante, al compañero. Pero nosotras también rendimos hoy un homenaje al papá, al abuelo, al hermano, al compañero, para integrarlo todo en un solo ser extraordinario, uno más de los imprescindibles que afortunadamente es el nuestro.

Así ha sido y así será, esta familia Híjar González vive, actúa y responde como familia muégano. Este año nos conformamos en colectivo, en realidad fue un acto formal porque siempre hemos operado de este modo, pero la emergencia y la urgencia que plantea todo lo que está pasando, lo exigía así. La sangre nos define pero como bien dice Benedetti: “La unidad que sirve es la que nos une en la lucha… cada cual en su faena porque en esto no hay suplentes… con tu puedo y con mi quiero, vamos juntos, compañero” y sí: ¡Vamos juntos, papá-abuelo-compañero Híjar!

Damos amorosas gracias a tod@s ustedes por su presencia y por sus apoyos concretos; a todos los compañeros y compañeras testimoniantes y en especial a los promotores de estas Jornadas: Miguel Ángel Esquivel y Maritere Espinosa con el apoyo valioso de Elisa Morales. Muchas gracias.

 

Museo Casa Diego Rivera, noviembre 2015.