Al Maestro Alberto Híjar no le gusta, en las conferencias y en las mesas redondas, que uno lo presente leyendo su currículum. Por ello no lo voy a hacer. Sin embargo, me voy a permitir decir unas palabras sobre lo que él significa, en primer lugar para mí, aunque pienso que ha significado lo mismo o algo similar para muchas generaciones de filósofos, historiadores, artistas plásticos, arquitectos, bailarines y coreógrafos, músicos, teatreros y, por supuesto, militantes y activistas de izquierda radical, ámbitos todos donde Alberto Híjar ha desplegado a lo largo de su vida y hasta la fecha, una actividad enorme, constituyéndose en una presencia indispensable y en un referente fundamental en todos ellos.
Una primera característica de Alberto Híjar es su capacidad para desafiar todas las representaciones, comenzando por las de él mismo. Cuando ingreso a la licenciatura en filosofía en esta misma Facultad, y eso fue en los años previos a la caída del muro, el fin de la historia y demás cosas por el estilo que nos tocaron vivir, comienzo a escuchar rumores, fragmentos de historias, anécdotas (que nunca exageraron y más bien se quedaron cortas) sobre el importante profesor y filósofo marxista radical a quien yo no conocía, cuyas clases no podía perderse uno por nada del mundo, a menos, claro, que uno fuera un maldito burgués reaccionario. No siéndolo ni queriéndolo ser, me inscribí en un curso suyo a la primera oportunidad. Mi sorpresa fue mayúscula, el primer día de clases, cuando veo sentado en el lugar del maestro a alguien a quien ya había visto muchas veces en los pasillos y que, por su porte, su manera de vestir y su tono de voz, yo hubiera jurado que se trataba de un sacerdote o un fraile de los que daban clases aquí de filosofía medieval o algo así. Él mismo me ha contado que le ha pasado varias veces y que, en más de una ocasión, por no decepcionar, no ha tenido reparos en soltarse a repartir bendiciones.
Anécdotas aparte, Alberto Híjar no resultó ser un buen profesor. Resultó un gran profesor, capaz no sólo de interesarnos en los temas de la clase, sino de emocionarnos, de apasionarnos, de hacernos salir corriendo por la lectura señalada o buscar como desesperados a un autor mencionado al pasar. Un orador que podía ser dramático y al minuto siguiente matarnos de la risa con una ironía feroz. Y con una paciencia, ahí sí, verdaderamente franciscana, capaz de escucharnos a nosotros, con nuestros 19 o 20 años y una cosmovisión y una conciencia de cinco centímetros de diámetro, cómo nos poníamos a pontificar con la seguridad de quien tiene todas las respuestas, cuando ni siquiera habíamos comenzado a hacernos preguntas. Y luego de nuestra perorata, él, con una frase como “retomando algunas cosas de las que decía el compañero…” comenzaría a enmendarnos la plana de una manera poco sutil, pero elegante y solidaria, sin hacernos quedar mal por las 20 mil tarugadas que habíamos dicho, y hasta haciéndonos sentir bien por las 2 o 3 cosas con sentido que habíamos alcanzado a pensar por nosotros mismos.
Los temas de sus cursos no se limitaban, para desafiar de nuevo la representación, a Marx, Gramsci, Marcuse o Althusser, a quienes por supuesto trabajamos con rigor y profundidad, sino que podían incluir a Aristóteles, a Platón cuando hacía falta, Spinoza, Hume o Kant, Schiller por supuesto, y de ahí a Bajtín, Sartre o Foucault, Barthes, Baudrillard, una sólida formación que nos permitió luego leer, con soltura y ánimo crítico, a Lyotard y Deleuze, a Jameson, a Negri y a Virno, a Rancière, pelearnos con la posmodernidad y la globalización y el neoliberalismo, como lo hizo y lo hace él, sin frases hechas, sin simplificaciones incapacitantes, sin complicaciones innecesarias, sin darnos por vencidos.
Y no sólo eso. Teníamos que estudiar también y analizar a Maiakovski y a Rodchenko, a Rivera y Siqueiros obviamente, a Revueltas y además a Pablo O’Higgins, y a Balzac y Dostoievski. Y no sólo las grandes obras que aparecen en todos los libros, sino también aquellas manifestaciones estéticas y políticas que no aparecían nunca en ningún libro, acontecimientos de países y pasados remotos o que habían sucedido ayer en esta misma ciudad: la novela testimonial de un guerrillero olvidado, la exposición que duró unas horas porque fue cerrada, la obra de teatro callejero en algún barrio lejano, la película contestataria que había que ir a buscar al cineclub más recóndito, y también (¿por qué no, si es necesario?) la telenovela que pasaba todos los días y la canción crítica que ningún censor había entendido y lograba estar en la radio de todos los peseros. Cosas y hechos sobre las que podía señalar su significación histórica, su pertinencia política, su eficacia estética, y también sus limitaciones y contradicciones, movilizando para ello un aparato conceptual tan amplio y más que el que he mencionado, y una gran sensibilidad y una enorme experiencia de luchas sociales en las que él ha participado desde el nivel de la talacha hasta el de la dirigencia, y hasta las dos cosas juntas.
He tenido la oportunidad, y la fortuna, de ser su editor muchas veces a lo largo de todos estos años. Esto me ha permitido ver en detalle cómo teje las frases, cómo borda los conceptos, cómo pule las ideas, de meterme entre el armazón de sus textos, y verlos funcionar desde dentro. Aprendizaje fundamental de un oficio que, creo que como él, yo concibo así, en mangas de camisa y botas anti-derrapantes, y no, como otros, de gazné y bata de seda.
Lo que aprendimos de él sus alumnos ya se verá, aunque creo que muchos lo hicieron y muy bien. Yo, trato. Pero me queda claro lo que enseña: una ética del compromiso, de la práctica, de la acción, de la cercanía militante, y también de la persistencia, de la tenacidad, de la disciplina, de la defensa y aún más, de la construcción de un gozo; y además, y no es menor, ni secundario ni accesorio, una ética de la inteligencia, del pensamiento, de la crítica y de la autocrítica, de la reflexión que guía pero también aprende de la praxis, y que tanta falta hace ahora y siempre. Por todo ello, muchas gracias, Maestro.
Facultad de Filosofía y Letras, Coyoacán,
25 de noviembre de 2015.
