La situación mundial está en un periodo de insensatez. Esta palabra me viene por la lectura que realizo de la novela titulada Insensatez, de Horacio Castellanos Moya (Tusquets, 2004). No niego que el exceso de razón es también insensato, pero Castellanos Moya no se refiere a este tipo de exceso sino al que es causado por el miedo de ser asesinado por iguales manipulados para aniquilarse entre ellos, crimen que llegó a grados extremos contra los indígenas en Guatemala durante la dictadura militar.
El estilo delirante en el que está escrita (larguísimas oraciones y párrafos con frases y palabras repetitivas), retrata el estado mental del narrador y personaje principal quien se bambolea entre una razón paranoica, la propia conciencia de su enfermedad y un deseo de controlarla, pero sumergido, al mismo tiempo en una situación tan insensata como la que vive su mente; de esta manera, la novela nos introduce en el mundo del poder irracional que ataca a sujetos y comunidades bajo regímenes militares.
El personaje principal, periodista salvadoreño expatriado en Guatemala por haber osado insultar al nuevo presidente de su país, en el que él mismo vivió la violencia, es contratado para hacer la revisión de estilo de mil cien páginas que recogen y analizan los testimonios de indígenas cuyas comunidades y familias fueron brutalmente masacradas, tasajeadas, abusadas por los militares de su país. A través de la lectura del texto, el periodista copia, en su libreta, frases de los testigos, traducidas de su lengua indígena, que encuentra fascinantemente logradas a nivel estilístico, aun en su imperfección gramatical, y que hacen pensar en la poesía de Vallejo. No parece estar involucrado en el fondo mismo del texto que trabaja, y le repugna la Institución para quien labora: la Iglesia Católica. Sólo hace su chamba. Sin embargo, camina con miedo y no logra detener el ping-pong de su cabeza enferma que le hace ver peligros y espías por todas partes.
Esas frases de testigos de las masacres acuden a su cabeza continuamente, y él se deleita en su belleza. Hasta que se encuentra repitiéndolas casi sin saber por qué lo hace, como se revela en una fiesta donde están antropólogos forenses en la que pronuncia: Que siempre los sueños allí están todavía, “para que convirtieran los huesos recién desenterrados en palabras, en poesía de la mejor”. Esas frases, aparentemente pertenecientes al informe de las masacres en Guatemala, acompañan la novela, al grado que, tras haber escapado de Guatemala por un ataque paranoico que le hizo temer por su vida, y que el autor no nos hace saber si fue también real, el personaje se encuentra en un bar en Alemania, perseguido por su propia imagen que ya no reconoce, y siendo ya un testigo de aquello en lo que la lectura lo obligó, contra toda su negación, a entrar: la realidad de las masacres y de los muertos desaparecidos sin un entierro. Por ello, exclama repetidamente, sin que nadie lo entienda en el bar en el que se habla alemán y poseído “¡Todos sabemos quiénes son los asesinos!”. Contra toda su voluntad, el periodista se ha vuelto testigo de los muertos; el periodista se ha vuelto voz que denuncia y recuerda lo que incluso los indígenas quisieran ya olvidar.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se respete la Ley de Víctimas, que se investigue seriamente el caso de Ayotzinapa, que el pueblo trabajemos por un Nuevo Constituyente, que Aristegui y su equipo recuperen su espacio radiofónico.
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