Los hoteles de paso cubren prácticamente un solo perfil: son un sitio de placer y de recreo donde se disfrutan los placeres de la carne, se libera la tensión sexual, se da rienda suelta a las fantasías eróticas que da forma el deseo en la mente de los amantes y son lugares donde se dan encuentros sexuales clandestinos. Los hoteles de paso son un negocio redondo.
Unos amigos de Josu Iturbe, dueños de hoteles de paso, le pidieron que escribiera una novela sobre ellos, Josu investigó sobre el tema y descubrió que éste era interesante. Fue por eso que se animó a escribir Ribeiro Suites, una novela ambientada en los hoteles de paso, que aborda la migración y encumbra las ramas temáticas de estas atmósferas. Su personaje principal retorna de la Guerra Civil Española. Estamos, pues, en los años setenta.
El de los hoteles de paso es un negocio redondo que principia en los cuarenta y es muy lucrativo. “En él se maneja mucho dinero, con sus ganancias se realizan grandes inversiones, y se contrata a mucha gente —explica el autor. Ejercen mucha influencia económica en el México contemporáneo y existe un monopolio de gallegos de casi el ochenta por ciento, o bueno, a quienes los mexicanos les dicen gallegos, porque muchos de éstos son descendientes de aquellos y pertenecen a otra generación. Son como una comunidad que se había adaptado tan bien en un país completamente diferente al suyo en un negocio que no tenía antecedentes porque en la España franquista el negocio de los hoteles de paso no existía, ¡necesitabas irte con la amante a la cama del matrimonio! Los pequeños hoteles ubicados cerca de los mercados eran utilizados por gente que viajaba. Como que surgió la necesidad de dar a los hoteles un uso más allá del hospedaje y del descanso, darles un lugar para las relaciones sexuales. Y que ello fuera un punto de encuentro para los amantes. Hay todo un mundo detrás de los hoteles”.
—¿Cómo expone el fenómeno de la migración; el que una persona llegue y se enfrente a un país que posee una cultura diferente a la suya?
—A México, yo llegué de 23 años, cuando había un gobierno militar en España con el que yo no estaba de acuerdo y, por lo mismo, voté en contra de que España entrara a la OTAN. Como mi conducta se sancionaba con tres años de cárcel, preferí venirme a vivir aquí, a México. No soy un migrante económico, de alguna manera siempre me he metido en la cosa cultural y traté de salir adelante en esa área; además, nunca he hecho negocios, no tengo dinero. Me va fatal. Ya no vi a mi familia ni a mis amigos hasta 26 años después, que fue la fecha en que regresé a España. Sí entiendo esa parte del migrante que debe de meterse en una azotea y adquirir nuevas costumbres y olvidar las suyas, generar nuevas relaciones, cambiar su forma de expresarse. Toda esa parte la comprendo porque la he vivido y creo que es algo interesante.
Una novela necesita que ocurra algo y en la mía hay movimiento y muchos viajes. Reflexiono sobre que el ser humano es, básicamente, un migrante, desde que la humanidad, desde el paleolítico, inició una inmigración mundial que lo hizo llegar hasta los últimos confines de la tierra para estacionarse. En el presente destaca la migración mexicana a Estados Unidos, con un alto número de deportados, los africanos que tratan de pasar a Europa y que se ahogan en el camino. La migración es un tema muy actual. En la novela le impongo mi punto de vista, quizá lo manejo de una forma más amable. El tema no es tan crítico como otras cosas que he hecho.
—La novela mezcla tres tiempos diferentes ¿cómo se le ocurrió estructurar esta trama?
—No podía contar la historia desde una sola persona, necesitaba contarlo en diferentes tiempos y desde diferentes personas. Decidí que fuera una familia: el abuelo, el padre y el hijo. Lo que está contado en presente es ahora, en el 2013, cuando lo escribí. El padre es el personaje que muere y deja el diario donde cuenta su vida y a la vez la vida de su padre, que es el abuelo del otro personaje. El padre viene en 1959 a México y habla de lo que ocurre en los sesenta y los setenta en México, él tiene su novia con quien vive el movimiento del 68 y se ve obligado a regresar a su patria. Y su padre es el pasado más remoto, el origen de todo ese conflicto que es la Guerra Civil Española. Él quiere ser guerrillero, cuando acaba la guerra se va al monte y se pasa muchos años escondido en el monte. La parte de la aventura es la vivencia del abuelo en la Guerra Civil, la parte de la reflexión es la del padre en el diario, en el que se lee una reflexión cultural o psicológica, y la parte emocional es la vida del hijo; que es poco preparado, está muy confundido y no sabe qué es lo que pasa. Parte de la novela consiste en que él encuentre su camino.
—Es un momento muy importante en México cuando los españoles llegan a vivir aquí con todo su caudal de cultura e historia que nos transmiten…
—Hay mucho sobre eso, sobre la inmigración republicana, sobre la influencia que han tenido, pero es un tema que yo no toco porque ya se ha tratado mucho. Nada más hay un personaje, que es el padre de la novia, es un viejo republicano con su propia historia. Quería hablar de los que no hicieron más que resolver su vida y la de su familia; aquellos que no organizaron grandes fiestas épicas, no se metieron en política ni hicieron obras pero sí construyeron un entorno social que sigue siendo parte de la vida alegre de este país.
