Claroscuros y polémica

Teodoro Barajas Rodríguez

Comenzó la segunda parte de la gestión gubernamental del presidente Enrique Peña Nieto, sin intermedios, con sendos claroscuros y con expedientes polémicos no aclarados que le persiguen ante una opinión pública politizada, cuestionadora que no deja pasar nada.

Muchos actores políticos ya se han situado en los prolegómenos de la contienda presidencial de 2018, digamos que el libreto tradicional es la constante en cuanto a los tiempos como escenarios, es el estilo mexicano surtido de futurismo.

Las reformas estructurales que se venden como los grandes aciertos de la gestión del exmandatario del Estado de México no rebasan los anuncios, no reportan los beneficios ni el dorado previsto porque la gobernabilidad es nebulosa, los escándalos se han sucedido uno tras otro para poner de relieve los yerros.

El caso Ayotzinapa globalizó las protestas, se trata de una situación a todas luces reprochable, se trata de ubicar a los presuntos culpables de los hechos aciagos aunque no existe la claridad esperada, entre las exautoridades municipales de Iguala o de Guerrero o los grupos de la delincuencia organizada se reparten las imputaciones. El gobierno federal actuó lento en este caso concreto, la crisis ante la opinión pública se le endosó y al final quedó en un laberinto frenético.

Son múltiples los casos que se han revisado en relación con la violación sistemática de los derechos humanos, una problemática sempiterna en México; antes como ahora se evidencia la fragilidad en la materia, la llamada guerra sucia se vinculaba con obituarios, actualmente la brutalidad de las fuerzas del orden se percibe en Tanhuato y otros casos que son indicativo de no vivir en un país de leyes.

La reforma energética tampoco se distingue por la derrama de divisas, la economía nacional está entrampada porque no se aprecian los trazos de una verdadera política industrial que se distinga por la generación de más y mejores empleos; en diversos puntos del país la delincuencia creció exponencialmente, la impunidad se empoderó, padecemos el crimen sin castigo, los poderes fácticos que abatieron la certidumbre en amplias franjas de la población.

Recién una casa encuestadora reveló que la imagen del presidente Peña Nieto había mejorado, aunque ello es cuestionable. En los albores de su gestión presidencial el mandatario logró articular un Pacto por México el cual ya caducó; en primera instancia el citado consenso envió las señales de legitimidad, el peso mediático de esa operación fue favorable al gobierno federal que en ese momento pudo hacer alarde del poder de convocatoria para sentar a las que en ese momento destacaban como las principales fuerzas opositoras: PAN y PRD.

Ciertamente se trató de un asunto coyuntural con alcances mediáticos, aunque incubara molestias y descalificaciones a los dirigentes panista y perredista, los reproches en el interior fueron contundentes. La suerte ya estaba echada.

En la actualidad los problemas en materia de derechos humanos, los escándalos cuyo caso más oscuro es la fuga del Chapo Guzmán, la falta de crecimiento económico y la postergación de resultados benéficos de las llamadas reformas estructurales saltan a la vista.