El narcotráfico es una subcultura de tipo delincuencial generada por una prohibición que inició hace menos de cien años y produjo un multimillonario mercado negro (hoy global), así como diversas expresiones y vasos comunicantes con lo que podría llamarse la cultura hegemónica, comenta Edgar Morín, autor de La maña. Un recorrido antropológico por el mundo de las drogas, libro en el que, por medio de una investigación apoyado en la antropología, el periodismo y la sociología, se introduce en el entramado del poder, el lavado de dinero, la conformación de grupos de narcotraficantes y el crecimiento del mercado de estupefacientes en un mundo globalizado.

Existe un dvd editado en 2008 y que fue dirigido por Martin Scorsese, y es un detalle bastante significativo, refiere el doctor en antropología que ha colaborado en algunos medios como La Jornada Semanal y algunos de sus otros libros publicados son: Tatuajes y piercings en sociedades contemporáneas, y el libro colectivo La ciudad desde sus lugares, de cómo la contracultura termina por incorporarse a la cultura hegemónica, pero también de la doble moral que hay en el tema, pues lo curioso es que para regocijo de la audiencia, que incluyó al matrimonio Clinton, interpretan un tema de Muddy Waters donde cantan “give me champagne when i’m thirsty, give me a reefer when i want to get high (dame champaña cuando tenga sed, dame un carrujo cuando quiera elevarme)”.

—En los años sesenta, la época de la contracultura, las drogas fueron un estimulante con el que los jóvenes experimentaban nuevos estados de conciencia, actualmente han sido satanizadas a consecuencia del narcotráfico imperante. ¿Por qué sucede esto? ¿Cree usted que son hechos diferentes el narcotráfico y el consumo de drogas?

—Lo que llama “satanización” me parece que en realidad comenzó a gestarse mucho tiempo atrás, cuando se configuró el actual dique mundial de prohibición a principios del siglo XX por razones morales, económicas y geopolíticas. Creo que la clave fue incidir en las mentalidades; esto es, en generalizar la idea de que las drogas son malas per se, lo que no necesariamente es cierto como ilustra el uso sagrado, médico o de la propia farmacopea que han tenido en distintos momentos de la historia. La participación de jóvenes en esa búsqueda de estados alterados de consciencia, vale la pena aclararlo también, es muy reciente en términos históricos pues este tipo de uso visionario se remonta a tiempos arcaicos y no eran para cualquiera. Por lo que respecta a narcotráfico y consumo de drogas, creo que son cosas diferentes aunque, por supuesto, hay una conexión. Ésta se da con el último eslabón de la cadena de producción, tráfico y distribución, el vendedor al menudeo que, junto al consumidor, constituyen las dos piezas más vulnerables de todo el entramado. Y eso que son los consumidores quienes sostienen el mercado negro, en el caso de nuestro país (según datos de la Encuesta Nacional de Adicciones 2008) es de menos del 6 por ciento de la población de 12 a 65 años. Esto es, entre 2 millones 700 mil y 2 millones 800 mil personas.

—Algunos escritores que han abordado el tema del narcotráfico consideran que la droga es una mercancía como cualquiera otra, si usted opina que esto es así ¿qué lugar ocupa la droga en el mercado mundial y en la economía de los países?

—No sé si como cualquiera otra, aunque su dinámica de producción y distribución sí es mercantil y propia de un capitalismo en fase predatoria o multifacético, como lo describe con precisión el testimonio de un traficante colombiano citado en el libro. Su papel en la economía mundial varía, pero Moisés Naim (en su libro Ilícito) estima que el poder económico de contrabandistas, traficantes y piratas con esa capacidad de operación mueve más de die por ciento del comercio mundial. Algo así como entre 1 y 1.5 billones de dólares. En México, el senado calculó en 2010 que las utilidades anuales del tráfico de drogas fueron de 49,342 millones de dólares, esto es, cerca del 5 por ciento del PIB del país, mientras que en 2012 la Secretaría de Hacienda informó que el sistema financiero registró un excedente de cerca de 10 mil millones de dólares atribuibles a actividades ilícitas.

—¿Puede existir el crimen organizado sin complicidad de la clase política? ¿Los Estados utilizan criminales para sacar un beneficio de ellos?

—El crimen organizado a gran escala no puede existir sin la complicidad del Estado, y en esto cualquier clase política puede llegar a jugar un papel fundamental. El caso mexicano, aunque no es el único, ofrece distintos ejemplos de tolerancia y complicidades con la delincuencia a nivel federal, estatal o municipal. Ahora bien, el uso de la delincuencia por parte del Estado tampoco es nuevo, es algo que estudió muy bien Michel Foucault en Vigilar y castigar. Le llamaba la “administración de los ilegalismos”, y puede verse también en el documental Leyendas del artegio, de Everardo González, con el testimonio del ahora muy conocido “Carrizos” y su relación con distintos personajes del aparato de administración y procuración de justicia. El tráfico de drogas ha formado parte de todo esto.

—En su libro refiere que el narcotráfico en México se utiliza en un plano simbólico y no en el plano de lo legal. ¿Podría ahondar en el tema?

—Básicamente me refiero a que en términos de justicia pareciera que ésta se carga más al plano de lo simbólico que al de lo legal. Sobre todo cuando aparecen rumores, menciones, indicios o hasta acusaciones contra ciertos personajes poderosos, como los de la política, de estar relacionados o dar protección a traficantes de drogas. Más que investigaciones que deriven en procesos judiciales y verdades jurídicas, lo que prevalece es esa suerte de juicio “popular” que cobra formas como el desprecio o la burla, y en cierto sentido contribuye también a la multiplicación de los imaginarios sociales sobre el poder en la sombra.

—¿Existe también la incursión de la droga en el ámbito deportivo?

—En todos los ámbitos, pues no olvidemos que uno de los grandes dramas contemporáneos pasa por la multiplicación de trastornos de tipo obsesivo-compulsivo, los cuales son una de las muchas causas de las adicciones. No sólo a sustancias prohibidas sino a muchos otros consumos y prácticas (sexo, comida, trabajo, etcétera). Sin embargo, tengo la impresión que la droga en el deporte tiene dinámicas muy particulares sobre todo relacionadas con el rendimiento, la fuerza y resistencia. Al respecto, recomiendo el documental estadounidense Bigger, stronger and faster.

—En la película El Padrino, en algún momento Michael Corleone habla de su interés por blanquear el apellido de su familia, expresión, que bien podría adjudicársele a los políticos mexicanos, ¿consideraría que este filme es representativo de cómo evoluciona la mafia y se convierte en la gran industria de la droga que es actualmente?

—No, creo que la película que refieres más bien ilustra la vida cotidiana como la dimensión épica de los códigos y el honor mafioso. Las drogas forman parte de los giros que pueden realizar o no, pero creo que no es lo central en ella. Aun así, su simbolismo e influencia es tal que, una conocida traficante colombiana de drogas le puso a su hijo el nombre de Michael Corleone, supongo que en honor al personaje que al final de la trilogía de Coppola busca lavar y volver honorable el apellido de la familia. Y aunque sobre el tema de narcotráfico se han logrado películas muy interesantes, como la mexicana Heli, de Amat Escalante, sin duda la más representativa hasta ahora sigue siendo el Scarface con Al Pacino, de cuya mansión inclusive se han hecho réplicas.