Muchos nos planteamos el propósito de Año Nuevo de entrar en un proceso de decrecimiento. Queremos salir de la rueda de imaginación y compulsión en la que el sistema de mercado nos ha introducido y que nos vuelve cada vez más desdichados. Como dice uno de los actuales representantes de la corriente de Descrecimiento, el economista francés Serge Latouche (La apuesta por el decrecimiento: como salir del imaginario colectivo? Ed. Icaria), hay que empezar por romper con el imaginario colectivo que nos han implantado, en poco más de dos siglos de pensamiento capitalista, para hacer un cambio de vida consciente y voluntario.

Este imaginario se basa en una idea de libertad individual, con las mínimas constricciones sociales posibles, que permite competir contra otros individuos para conseguir la mayor ganancia económica, todo ello alentado por la idea de tener un estándar de vida basado en la avidez, la codicia, el confort, el brillo, a través de un consumo continuo, para, así, ser felices. Nuestros aliados, dicen, son la ciencia y la tecnología, pues permiten un supuesto crecimiento económico sin freno gracias a sus innovaciones, incluido el maravilloso invento de la “obsolescencia programada” o tiempo limitado tecnológicamente para que algo funcione (desde la ropa hasta los autos). Esta carrera, individual y colectiva, sin punto final, se vive a expensas de los países más pobres y de las personas más pobres de los países ricos, pero también de la capacidad terrestre de abastecer nuestros antojos, de ahí la grave crisis ecológica que afecta al planeta.

La COP21 demostró, nuevamente, su no deseo de detener la emisión de gases y llevar a un cambio de forma de producción. De todas maneras, aunque en el corto y mediano plazo eso habría ayudado al planeta, lo que hay que cambiar es nuestro modo de ver la vida y de vivirla, empezando por darnos cuenta de que el sistema dominante no ha cumplido con el propósito de hacernos más felices, sino de estresarnos cada vez más. Es decir, se trata de aceptar, sin mentirnos, que ni la forma ni el ritmo de vida que llevamos nos enfila a la dicha. Por ejemplo, el coche, tan venerado en nuestra sociedad, no ha cumplido con la ilusión de darnos más tiempo libre, por el contrario, y salvo excepciones, nos lleva a recorrer distancias cada vez más largas y con tráfico más pesado, para llevar a cabo casi todas nuestras actividades, desde ir al trabajo o la escuela. ¿Cuántas horas pasamos en un coche o en un medio de transporte con la adrenalina al tope?

Sí logramos ser honestos y nos hemos dado cuenta de que no somos realmente felices, yo lo doy por sentado, el segundo paso es saber qué hacer de manera concreta para salir de esta rueda de hámster enjaulado. No hay recetas para ello, aunque hay pistas, entre otros lugares en las ocho “R” que propone Latouche para entrar en un proceso de decrecimiento: Revaluar (nuestros valores), Reconceptualizar (redefinir conceptos, como el de competencia versus el de cooperación), Reestructurar (los aparatos económicos y productivos a la nueva escala de valores), Relocalizar (consumir lo local), Redistribuir (el acceso a la riqueza y recursos naturales), Reducir (el consumo y el gasto energético), Reutilizar y Reciclar (todos los objetos para alargar su tiempo de vida). También incluye elegir productos duraderos y no fugaces, como evitar comprar botellas de vidrio desechables; producir algo para comer, desde yerbas de olor en macetas; buscar información (los libros de Latouche, los sitios sobre el tema @DecrecerMX, fb DecrecimientoMX, entre otros); y unirse con otros para reflexionar, convivir y compartir ideas, logros, recetas y gastos.

pgutierrez_otero@hotmail.com