Te invito a una posada tradicional, me dijo Eugenia Revueltas. El horario de cinco de la tarde a diez de la noche. Llegamos a su casa, tarde como siempre, como a eso de las seis. En la primera sala, familiares de Eugenia. En la sala principal, Carmen y Tere Villatoro con sus respectivos maridos, Tere Miaja con el suyo, un entomólogo. La conversación, porque yo había dado una conferencia con José Solé en que salió a relucir Elsa Aguirre, dio pie para que Carmen contara que su familia también conocía a las hermanas Aguirre y que el día que fueron a su casa se abrió la puerta principal para que entraran Elsa y Alma Rosa que entonces empezaban su carrera de estrellas de cine.

Luego, nos llevó Eugenia al jardín para que viéramos la pastorela. Silver (el Doctor en Historia Silvestre Villegas Revueltas) estaba vestido de diablo, todo de rojo de pies a cabeza, una mujer, que no supe quién era por el disfraz, fungía de su perezoso ayudante y vestía también de rojo. El diablo había ocultado al Espíritu de la Luz en una caja con la finalidad de que ni magos ni pastores pudieran ver la estrella de Belén que los llevaría al nacimiento del niño Jesús. El perezoso ayudante, por curioso, le abre la caja al Espíritu de la Luz, representado por un muchacho. Dolores Bravo y Eugenia, así como un amplio grupo, eran los pastores que cantaban, ya se lo imaginará usted, “A Belén pastores debemos marchar/ que el Rey de los reyes ha nacido ya” que todo el público coreábamos, aunque Eugenia y Dolores llevaban, por lo bien que lo hacen, la voz cantante. La obra, se anunció al principio, era una pastorela finalista en un concurso, pero no recuerdo el nombre del autor. Los actores lo hicieron francamente bien, aunque hay que aclarar que era “pastorela en atril”, porque todos llevaban a la mano sus hojitas en que leían sus diálogos, pero con la magia del teatro pronto olvidamos ese detalle. Al momento de iniciar la representación, Eugenia dijo que dedicaba la posada a Abelardo Villegas, porque un día como ese, 16 de diciembre, se habían casado. Como todos los presentes conocimos y quisimos al Dr. Villegas, fue muy emotiva esta dedicatoria. Tania, la ayudante de investigación de Eugenia, estaba de Dj (Disc Jockey) y cuando la función terminó con “pero mira cono beben los peces en el rio/ pero mira cómo beben por ver al Dios nacido./ Beben y beben y vuelven a beber,/ los peces en el río por ver a Dios nacer”, Tere Miaja, hija de refugiados españoles, sonreía diciendo: “pero esta es una versión veracruzana”, porque el “arreglo” era diferente.

            Luego de la pastorela, que fue muy aplaudida, nos repartieron las velitas. Mi hermana Magdalena y yo elegimos estar adentro porque había luz y afuera no tanta, así que en el interior nos quedamos Eugenia, Dolores, Tania y Silver. De todas maneras nos dieron velitas, yo le cedí la mía a Dolores, porque me dio miedo prender algo. Todo el resto, desde afuera, entonaron: “En nombre del cieeelo/ os pido posaaada/ pues no puede andaaar/ mi esposa amaaada”. A lo que los que estábamos dentro de la casa, respondimos con: “Aquí no es mesóoon/ sigan adelaaante,/ yo no debo abriiir,/ no sea algún tunaaante”. El nacimiento que portaban los de afuera, era uno pequeño. creo que huichol u otomí, pero desde luego indígena.

Cuando terminamos con “¿Eres tú José?/ ¿Tu esposa es María? Entren peregrinos / no los conocía”, Eugenia rompió el impasse con el ¨ándale Eugenia sal del rincón con la canasta de la colación” o “ándale Eugenia no te dilates con la canasta de los cacahuates”. Enseguida, en una charola, Eugenia ofreció unas canastitas envueltas en celofán con colación y chocolates a cada uno de los invitados.

            La cena fueron tamales de la Flor de Lis, unos verdes y los demás de dulce. Unos cuernitos con jamón y queso. Y un montón de pasteles que ya pocos probamos. Ya en la plática mientras cenábamos se rifaron tres regalos, unas pantuflas de viaje que se sacó Olivia Revueltas, la hija de José, un botanero de Puebla, que creo quedó en manos de una tía de Eugenia y un hermoso sartén de Santa Clara del Cobre, que le tocó a la suertuda de Tere Villatoro. De inmediato alguien dijo que el sartén tenía doble función, la de hacer el desayuno en la mañana y golpear a su marido en la cabeza si llegaba tarde. El marido de Tere fue diplomático, estuvo en Vietnam, en China, en Kenia, en Colombia, creo que en Brasil también, en algunos lugares como embajador, en otros con Eugenio Anguiano como su segundo de abordo. Ahora es profesor de cambio climático en la Universidad Iberoamericana. Nos dijo que el problema para resolver el cambio climático es que tenía cuatro escollos, todos iniciados con P: Polémico, Permanente, Político, de largo Plazo. Aunque él piensa que la disyuntiva está entre Desarrollo y conservación del ambiente, me aclaró que hoy los sistemas de refrigeración ya no requieren clorofluorocarbonos, principales causantes de la destrucción de la capa de ozono, lo que sin querer prueba que sí puede haber acuerdo político.

            Tere Miaja nos contó que aprovecharon las vacaciones para viajar a Bolivia en busca de insectos para las investigaciones de su marido. Ya me ha contado que tienen que ir en avionetas, pero que ella se pone a leer tan tranquila. En otra ocasión contó que cuando no aguantaba los dolores del parto, pidió un libro y con la lectura se le olvidó, mientras el doctor no daba crédito. Es especialista en relatos populares. Carmen Villatoro, a mis instancias, contó la vez que estaban en una Universidad, creo que texana, y comenzó a disparar un loco desde una torre. Ella estaba en el edificio de la biblioteca y su entonces recién marido, Adolfo Rodríguez Gallardo, hoy Zar de las bibliotecas, estaba en la torre. Incluso llegaron a avisar que había un hispano herido, finalmente se encontraron vivos y salvos después de muchos minutos de angustia. Pero contó que esa vez no se asustó tanto, como más recientemente, cuando Adolfo regresó a México y ella se quedó en Washington unos días más, y aparecieron dos asesinos, luego se supo que eran padre e hijo, que disparaban al azar y que tuvo verdadero pánico para ir a sus actividades cotidianas como ir al súper o cualquier otra actividad.

            Al final, platiqué con Olivia y le dije que iba a sacar David Moreno, en la Editorial Ítaca, un libro en homenaje a su padre con colaboraciones de varios de los que dimos conferencias por su centenario. Como también está pendiente una colaboración con una TV extranjera, me recomendó una entrevista con Mario Reachi, a quien yo recuerdo de cuando estuvo casado con Adriana Valadés, la hija de Edmundo, que ahora radica en Alemania, casada con un profesor de Filosofía de la Universidad de Berlín. Le conté que el mejor conocedor de la obra filosófica de su padre era justamente David Moreno.

            Ya para despedirme, le dije a Eugenia que en mi curso sobre Borges comenté la influencia de los presocráticos en su obra y cómo Borges me dijo que él se había iniciado en la Filosofía conociendo a los presocráticos por los relatos de su padre, un psicólogo. Y le mencioné a Eugenia que a mis alumnos les había dicho que lo que yo les podía contar de los presocráticos era lo que había aprendido cuando Abelardo Villegas fue mi maestro. Comentamos con tristeza la muerte de la historiadora Margarita Carbó, quien también fue alumna del marido de Eugenia. Nos fuimos, mi hermana y yo, con Tania y su mamá, cuando ya sólo quedaba familia. Fue, como me anunció Eugenia, una posada tradicional, como las que ya no hay, al menos en la Ciudad de México.