Recordar y nombrar miles de veces

 

El inicio de 2016 es un momento propicio para reiterar que la barbarie de la que fueron objeto los normalistas de Ayotzinapa sacudió la conciencia de la humanidad. El secretario general de la OEA aseveró: “Este hecho enlutó a todos los países del continente americano”. El portavoz del Departamento de Estado de los Estados Unidos declaró: “Éste es un crimen alarmante que demanda una investigación completa y transparente”. El papa Francisco elevó una oración por el pueblo de México y externó que “sufre por la desaparición de sus estudiantes y por tantos problemas parecidos”.

Dieciséis eurodiputados exigieron que la renovación del tratado de libre comercio suscrito con el Estado mexicano sea puesta en pausa mientras se esclarece la verdad en torno a este nefando acontecimiento. En Alemania, diputados del Partido Verde exigieron justicia e hicieron saber que la falta de transparencia sobre la masacre habrá de repercutir en la firma del convenio de colaboración en materia de seguridad en proceso de negociación con nuestro país.

“¡Vivos se los llevaron! ¡Vivos los queremos!”. Ésa fue la consigna uniforme lanzada al aire durante las movilizaciones efectuadas en numerosos puntos del extranjero, como Londres, París, Berlín, Barcelona, Madrid, Florencia, Helsinki, Copenhague, Ginebra, Buenos Aires, Santiago de Chile, La Paz, Caracas, Managua, San Juan de Puerto Rico…

Todo esto condensa el sentimiento generalizado de estupefacción, horror y coraje que provocó la tragedia de 43 jóvenes, hijos de familias pobres, que decidieron abrazar la carrera de la docencia para desempeñarse como maestros en comunidades rurales e indígenas.

Se trata, pues, de una atrocidad sin paralelo en la historia reciente que amerita el repudio colectivo y la exigencia de que se desplieguen los mayores esfuerzos posibles a fin de esclarecer la verdad, llevar a los responsables ante la justicia, efectuar las reparaciones integrales a que haya lugar y que el Estado otorgue las garantías objetivas de la no repetición de los hechos.

Mientras ello sucede, es de vital importancia no dejar de tener presentes en la mente y en el corazón a las víctimas de este abominable crimen de lesa humanidad. Invisibilizar, negar o desaparecer de la memoria colectiva a los 43 desaparecidos sería otra crueldad imperdonable. No hay que permitir que los cubra la indigna losa del olvido. Es preciso recordarlos y nombrarlos no una ni dos ni tres, cientos de veces, miles de veces. Es por ellos y sus atribulados padres, es por los más de 23 mil desaparecidos, es por todos nosotros, es por la salud y la viabilidad del país. Es así como se hará realidad el imperativo ético proyectado en la conmovedora prosa de la gran poetisa Rosario Castellanos:

Recuerdo, recordemos.

Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca

sobre tantas conciencias mancilladas,

sobre un texto iracundo,

sobre una reja abierta,

sobre el rostro amparado tras la máscara.

Recuerdo, recordemos, hasta que la justicia se siente entre nosotros.