La muerte de quienes nos son queridos rompe el tiempo y la historia… Resuena el enmudecer de la voz en campana al vuelo. No hay palabra que alivie…, y quedan en la memoria fallida aquellas pronunciadas en el susurro de los días. Palabras que acechan y que cercan al menor descuido porque detrás de su gozne, lo subliminal, esconde su reverberar, y tal resguardo, rinde cuentas a su imperio.
Eco. Evanescencia. Al paso se aprende que el vínculo forjado a veces salva, y otras, es la entrada al averno, que oculta entre sus muros, las arcadas de un palacio sumergido en aguas cristalinas y envolventes, en redoble del primer y anchuroso vientre de la tierra. Tanto polvo desplegado en la sinuosidad del barro.
Tan de viento el cerco, el gozne y el lazo que tras su paso arrecia la ventolera. Se rompen lanzas para dar inicio al viaje. Desprenderse y borrar las pisadas que franquean la entrada al limbo. Todo para sanar una herida, no vista, pero sentida en el interior, como si por su tajo fluyera el vacío y un torrente de estrellas, ¿de dónde esta dolencia indomable que arrodilla hasta el más valiente?
La guerra cambia las palabras y en esa orfandad la contundencia del hecho se desdibuja dejando el campo abierto a la incredulidad. Lo demás, es un vano esfuerzo por justificar lo injustificable. El desplome del sentido es un péndulo que despliega su juego entre las dos orillas: muerte y vida soportadas en la grieta de su conjunción, espejo cuyo reflejo confunde los sentidos hasta desconocer de qué lado el vaho redime su excelsitud. Ambas, donación, donde la causalidad queda relegada y donde el azar señala su presencia en sino y fatalidad.
La vida y su abrirse a la gracia. La muerte y el rompimiento de la gloria. Dualidad y fragmentación, como si su haz, al atravesar el prisma que habita la conciencia, penetrara la sinuosidad del tiempo y describiese sus variaciones. La conciencia y su compás, implosión, diáspora…, tal verdad es una tormenta, ¿o la tormenta es una verdad?, el salmo se desgrana en súplica por una gota de silencio.
Rotas las ataduras sobrevendrá la urgencia de la razón, el pensamiento deshilándose sobre los días de infancia como si en su tránsito hubiera algo más que la triza del trayecto; regresar a su transparencia como si ahí se encontrase respuesta alguna o como si se pudiese adivinar bajo qué piedra la mano avezada escondió la moneda robada, “como si”…, De haber sabido, ¿se habría actuado diferente? La ignorancia abre el bálsamo de la inocencia y el tintineo de la calderilla alumbra la ingenuidad de quien entiende que la moneda es un peso vano y de nada sirve al alma en su viaje ancestral.
Mariana Bernárdez (www.marianabernardez.com) es poeta y ensayista. En el pozo de tus ojos (Ediciones Papeles Privados, México, 2015) es su libro de poesía más reciente.
