Entre el 11 y el 30 de noviembre de 1215, hace escasos 800 años, se reunió un concilio con más de mil autoridades de la cada vez más poderosa Iglesia Católica. Entre las disposiciones de los setenta decretos que allí se establecieron, se condenó a los cátaros y a los valdenses. Estos grupos serían luego masacrados. En dicho concilio también se definió el absurdo dogma de la transmutación, con el que el sacerdote adquiere prácticamente poderes mágicos. Asimismo, se decretó la obligación de confesarse y comulgar por lo menos una vez al año. Siempre he dicho que uno de los mejores inventos del espíritu occidental es el infierno. Con el infierno se ha manipulado a cientos de generaciones de gente débil e insegura, que requiere un freno para comportarse. Si en Oriente, al contrario, existe el karma (o ley de la causalidad) y cada quien recibe en forma proporcional y recíproca lo que dio, en la cristiandad un asesino o un ladrón pueden ir al cielo si sinceramente se arrepienten al final. A eso podríamos llamarle la ley de la injusticia.
Por las razones que enumeraré, el concilio de 1215 podría considerarse como una cínica manifestación más de intolerancia y un afán de manipular las conciencias mediante la persuasión y la coerción. En ese año se fue mucho más lejos que en el Concilio de Nicea (siglo IV), cuando se decidió por mayoría de votos que Jesucristo “es” Dios. Pero en 1215 ya no se trataba de convencer a nadie de eso, aunque no se haya podido probar hasta la fecha la historicidad de Jesús. Ya en el siglo XIII tanto su supuesta historicidad como el hecho de que “es” Dios mismo eran ideas tan repetidas que se habían convertido en verdades incuestionables. Ahora se trataba de adquirir mayor poder y riqueza. Por ello se decidió preparar la cuarta cruzada. El Papa Inocencio III quiso purificar a la corporación eclesiástica de cualquier desviación y mandó masacrar a los cátaros en el sur de Francia. Siempre es bueno recordar, sin embargo, que cátaros (o albigenses) y valdenses surgieron para atacar la corrupción de la iglesia, ya que estas sectas deseaban retornar a un cristianismo primitivo, postura, sostiene la medievalista Carmen Armijo, “nada conveniente para la poderosa iglesia, ya que podía poner en evidencia su sed de poder”. Tanto los franciscanos como los cátaros practicaban la pobreza; por ello los franciscanos fueron absorbidos y utilizados por Inocencio para acabar con los cátaros. No será otra la historia en los siguientes siglos: cualquier elemento que pueda ser absorbido y cristianizado será bienvenido. Así ocurrirá con la diosa Tonantzin, sincretizada con la Virgen de Guadalupe de Extremadura, de la que Cristóbal Colón y Hernán Cortés eran devotos; así será con los dioses africanos asimilados a los santos en la llamada santería cubana, y así será en un larguísimo etcétera.
