Perla sostenía el violín entre sus manos, como si fuera un hijo que se desangraba…
Partitura para mujer muerta, p. 102

 

El tema de los gemelos no es nuevo en literatura. Posiblemente sea tan antiguo como la muerte y el amor. Pero esta clase de situaciones, muy recurridos, llegan a representar un reto mayúsculo cuando surge la necesidad de darle un giro radical a lo que pareciera agotado. Al respecto Vicente Alfonso nos deja una lección inolvidable: del mismo modo que pareciera que “ya se ha escrito todo”, existe la oportunidad de reescribirlo, y empeñarse en localizar la veta que lo rescate del “deja-vu”, aunque una de las cosas que hay que celebrar en el caso del libro que nos ocupa, Huesos de San Lorenzo (Tusquets, México, 2015), es que en la naturalidad con que fluyen las diversas historias que conforman la novela, narrada desde diversos ángulos, épocas, emplazamientos y tesituras, distan de sugerir un “esfuerzo” como tal.

Vicente Alfonso (Torreón, 1977), su autor, no es nuevo en estas lides. Tampoco un veterano, aunque aventura que en esta novela se gradúa precozmente como tal. Su novela anterior, también del género negro, Partitura para una mujer muerta, lo hizo acreedor al Premio Nacional de Novela Policiaca, pero también a otro más perdurable: un encendido elogio de su tocayo Vicente Leñero, muy poco dado, precisamente, a loar: “Un escritor de altos registros. Desde ahora será necesario seguirlo y perseguirlo. Es una novela excelente”.

Dudo que el añorado escritor que ejerció periodismo y narrativa con idéntica pasión, y recién ha cumplido su primer año luctuoso, haya alcanzado a leer Huesos de San Lorenzo, la más reciente novela de Alfonso. ¿Sería exagerado sugerir que se hubiera quedado de piedra? Hagamos un breve recuento de la novela previa a esta: Partitura por una mujer muerta, pieza lábil, casi espiritual, como la chelista aludida en el título, donde el lector atento asistía al alucinante espectáculo de un espantoso asesinato que era apenas el inicio de una cadena de sucesos no menos violentos… al tiempo que paladeaba una prosa estilizada (que no artificial), donde la información relacionada con el caso, que a su vez se vincula con la profesión de la víctima, se ofrece certera, dosificada, sin alarde de erudición. Un rasgo pasa a convertirse en sello de autor cuando se repite en la siguiente novela, aún sin existir parentescos entre una y otra, más allá del género, y una vez más el lector agradece que la confusión se desanude sin ostentosas vueltas ni tuerca, ni trampas (no evidentes, al menos); que se deslice sobre una prosa casi poética, o sin “casi”, que invita a aguardar cómodamente lo impensable: los finales inesperados se han vuelto también distintivo de Alfonso.

Huesos de San Lorenzo está constituida por varias historias, al grado de no existir protagonista específico: todos los personajes lo son en algún tramo de la historia, narrada a coro, o “nube de testigos”, como lo llamaría Sergio Pitol al referirse a la técnica narrativa de Cumbes borrascosas. Citaremos en primer lugar al psicólogo Alberto Albores, quien asume el reto de demostrar la inocencia de un joven llamado Remo Ayala, en el cruento asesinato de un mago escapista de nombre Farid Sabag. El asesinato, que casi parece no haber sucedido, dada la ausencia de testigos —existe un cuerpo, ¿qué más se puede pedir?— tuvo lugar cuando prácticamente todos los habitantes de la ciudad de Torreón tenían puestos sus cinco sentidos en el campeonato de futbol donde el equipo local, actual campeón, se disputaba la copa por segunda ocasión. Esta anécdota futbolera que, por la magnitud de las reacciones de los laguneros ha pasado a formar parte de la historia de México, queda registrada también en otro libro recientemente reseñado, del también coahuilense Julián Herbert, La casa del dolor ajeno, aunque el tema y el género apunten hacia otra parte. En la novela de Alfonso, se convierte en la ocasión propicia para cometer un crimen perfecto. El cuerpo del mago se encontró en el baño de uno de tantos bares donde se transmitía el partido, sin que nadie escuchara rumores de violencia. Lo único que consiguen atestiguar quienes prestaron un poco de atención, es que la víctima estaba acompañada de un joven de las mismas características de Remo, el acusado. Lo que ni Albores ni el lector imaginan, es que no se trata de un hecho aislado, y que tras la muerte del mejor conocido como “Gran Padilla”, se parapetan una docena de cabos sueltos (más historias) que es preciso armar. Pero Alfonso ofrece una coartada tras otra, sin caer en lo descabellado, fundamentándolas con lo que pareciera ser una sofisticada artillería de recursos imaginativos y dialécticos.

Remo no está solo. Tiene un misterioso hermano gemelo que no puede llamarse sino Rómulo —se agradece el guiño en medio de tantos imprevistos— y por el que experimenta una obsesión que va más allá de lo atribuible a la condición de “doble”. La relación entre Rómulo y Remo es más que “estrecha”, al grado de orillar a Albores a estudiar las relaciones entre siameses, pese a que naturalmente los Ayala no han nacido con esa condición. La extraordinaria semejanza física contrasta con los caracteres, pero no al grado de afirmar contundentemente que tan exacerbadas diferencias no sean un performance; el empeño de alguno de los dos —o de ambos— por establecer una distancia infranqueable. Como se lee en la página 75: “(…) Si en algo coincidieron siempre fue en que detrás de sus diferencias, cada uno deseaba establecer su relación particular con el mundo”. Remo, que purga prisión preventiva hasta que su hermano sea localizado, afirma que el verdadero autor del crimen fue Rómulo, pero de los dos Rómulo es el poderoso, el allegado de las mafias, o, peor aún, su propia mafia… mientras que Remo parece ser un joven “alivianado”, con una rara obsesión por restaurar antigüedades y un cúmulo de anécdotas para nada gratuitas al momento de resolver el enigma. Pero… ¿Qué pudo haber impulsado a cualquiera de los hermanos a asesinar en forma tan cruenta al mago para el cual trabajaron durante su adolescencia, en actos de escapismo, junto con una enigmática joven de nombre Magda, personaje verdaderamente caleidoscópico que reaparece cuando se le da por muerta, y vuelve a aparecer bajo diversas formas. No podría afirmar contundentemente que la naturaleza de Magda tiene cierta relación simbiótica con la de los hermanos, pero ella misma es muchas mujeres. Y una niña. La vemos mutar a través de las versiones de Remo, del propio Rómulo; de un sacerdote que ha alimentado el mito de una joven vidente misteriosamente desaparecida, de la que sólo queda un trozo de vestido blanco medio quemado, mantenido a manera de reliquia, y a la que se atribuyen cientos de milagros, antes y después de su desaparición.

Rómulo y Remo han estado juntos en varios momentos clave. Fueron estudiantes de un desordenado internado jesuita. El ambiente que ahí se respiraba, fomentada por el extraño proceder de un sacerdote que no se sabe si peca de ingenuo, o de condescendiente… o sencillamente permanece estancado en la etapa adolescente, lo que lo lleva a ser un poco cómplice de sus pupilos, y participar a distancia de sus aficiones masturbatorias. Un incendio se suscita durante uno de los rituales clandestinos donde se mezclan marihuana con películas pornográficas que “alguien” les prodiga a manos llenas. Como si intuyeran lo que ocurriría, los gemelos salen ilesos, sin rasguño, de la dantesca escena donde sólo queda congelada una escena de la película Emmanuelle, dos bellas mujeres teniendo sexo.

Para comprender la relación de los gemelos, su grado de culpa o la culpabilidad total de uno de ellos en el asesinato del escapista, Albores se verá orillado a concentrarse exclusivamente en su paciente y escarbar incluso en la tumba vacía donde, se supone, descansan los restos de la madre de los jóvenes. Más cabos que hay que ceñir para resolver un crimen cometido muchos años después. Huesos de San Lorenzo, sin embargo, no entra en la categoría de las llamadas —por Vargas Llosa— “muñecas rusas”… porque cada detalle, por remoto, antagónico, gratuito, contradictorio, mitológico, absurdo o trascendente que parezca, forma parte del delicado, fino trenzado de esta espléndida novela que reafirma a su joven autor, Vicente Alfonso, como a uno de esos que, ya lo dijo Leñero, no hay que perderlos de vista ni un momento… quién sabe qué clase de magia se guarde bajo la manga para la posteridad.