Recaptura del Chapo

La reaprehensión del Chapo ha sido magnificada, tanto por quienes en un primer momento no resistieron la tentación de presentarlo como un triunfo del gobierno federal, cuando en realidad significó cumplir con una obligación y sacarse la espina que representó su fuga, la cual evidenció las fallas de nuestro sistema penitenciario y especialmente exhibió cómo la corrupción tiene permeado el sistema a grado tal que el principal reo, quizás el único que no debía fugarse, se evadió con la evidente complicidad de custodios, pero especialmente con la de mandos medios y superiores del organigrama penitenciario y de seguridad pública.

En el otro extremo, está la reacción desmesurada, hasta irracional de quienes, especialmente los internautas de las redes sociales, reaccionaron culpando al propio régimen de encabezar una colusión de intereses para crear una cortina de humo que ocultara la depreciación del peso frente al dólar o una entrega pactada con la DEA, para salvar el gobierno de Peña o hasta una entrega pactada entre el Chapo y el presidente Peña Nieto, además de una larga lista de sandeces, a cual más de descabelladas, que, faltaba más, el deporte nacional de conspiración perpetua ve en las autoridades gubernamentales.

Muchas o varias son las primeras lecturas que pueden realizarse respecto de este hecho social. En primer término, habrá que valorar la pérdida de credibilidad institucional: haga lo que haga el gobierno, está mal. Si lo detuvo fue un arreglo oscuro, si no lo detiene es porque tiene un arreglo con él, o porque nuestras policías y órganos de inteligencia no sirven. Si existe coordinación y colaboración con agencias norteamericanas, es porque estamos subordinados y carecemos de soberanía; si no, es porque realmente no queremos acabar con la delincuencia organizada. Esta realidad social es preocupante en tanto muestra que existe un hartazgo social y un repudio casi generalizado al actuar institucional.

Otra arista importante es constatar cómo la comunicación social gubernamental está agotada o se encuentra en estado catatónico. La comunicación falló en el cómo, el cuándo, el dónde, el ritmo, la secuencia y paradójicamente evidenció la enorme y creciente importancia que han tomado las redes sociales. La prensa escrita, la radio y la TV debieran no sólo preocuparse, sino prepararse sobre el futuro de la información y la comunicación. Y, desde luego, la comunicación social oficial debe valorar lo acontecido y tomar acciones al respecto.

Otra arista es que esta acción meramente policiaca, de índole de seguridad pública, aunque para algunos sea de seguridad nacional, vino a impactar en la esfera política, dado que ya la comentocracia, sin ningún rubor, revivió como posible candidato presidencial en 2018, al secretario de Gobernación, insistiendo en adelantar procesos y tiempos.

Lo que es una realidad incontrovertible es que el fugado está nuevamente preso. Que las instituciones hicieron su trabajo y lo recapturaron, como estaban obligados hacerlo. Que no existen vasos comunicantes entre la detención de un delincuente, con el valor del peso frente al dólar y mucho menos con los procesos económicos en general. Que hoy por hoy la gente se informa por las redes. Y para la clase política y para quienes ejercen el poder, que deben preocuparse por la falta de credibilidad, que es una realidad social.