El discurso de Donald Trump
Desde que surgió la siniestra figura de Donald Trump en la arena política norteamericana, una sombra recorrió el mundo, recordándonos de forma espeluznante la también ridícula, trágica y funesta figura de Adolfo Hitler, quien, al igual que Trump, emerge en condiciones de crisis económica y de una terrible devaluación e inflación del marco alemán.
La crisis económica de hoy es distinta, pero sus resultados son palpables y graves, se trata de un mundo paralizado en su crecimiento, debido a que cambiaron los paradigmas de la producción de bienes y servicios para generar utilidad, por la especulación que está reflejada en las bolsas de valores y en el mercado de divisas, resultando un enriquecimiento absurdo, que concentra el dinero en menos del 1% de la población mundial; esta funesta circunstancia, que está paralizando la economía mundial, explica la ausencia de crecimiento, la falta de empleo y otros fenómenos que anuncian un cambio del capitalismo como hoy lo vemos; al respecto varios pensadores lo señalan, como Joseph Stiglitz y el francés Thomas Piketty.
En medio de estas difíciles circunstancias se han desarrollado movimientos migratorios que tienen su origen en la guerra, en la pobreza y en el fanatismo religioso, que sorprenden y atemorizan a la Unión Europea y a Estados Unidos, y junto con ello el terrorismo yihadista aporta un elemento más que produce pánico colectivo en muchas de sociedades, pues su acción es despiadada y brutal.
Donald Trump en su discurso neofascista condena a los migrantes musulmanes y latinos, dándole a los norteamericanos blancos y protestantes la esperanza de que sigan siendo la raza superior. Esta conciencia colectiva de muchos grupos de norteamericanos trabajadores y sencillos, pero profundamente ignorantes está cimentada en los viejos odios del Ku Klux Klan y en los nuevos propiciados desde el ala conservadora del partido republicano, como lo es el Tea Party.
Lo grave de esta precandidatura es que transitó, de ser una caricatura ridícula, a convertirse en un movimiento real, que puede conducir —como lo demuestran las encuestas— a que al final del camino Trump arrebate la candidatura republicana a la presidencia de Estados Unidos; si esto sucediera, de inmediato habrá reacciones, tanto en la Gran Bretaña —donde miles de voces se han levantado para que no pise su territorio—, como con los grupos musulmanes de buena fe —que han sido agraviados por sus propuestas racistas— y, qué no decir de los latinoamericanos, particularmente los mexicanos, a quienes no se ha cansado de vejarlos con la palabra e insultarnos desde el rincón de su torcida y perversa inteligencia.
Estamos en tiempo para que el gobierno de México tome en serio esta amenaza y empiece a plantear escenarios para el futuro de nuestras relaciones —que hasta hoy están sólidamente fincadas— con el imperio norteamericano.
Hace ocho años, la humanidad presenció un fenómeno político que enaltece al pueblo norteamericano: la elección de un candidato demócrata y luego presidente, que racialmente pertenece a las minorías afroamericanas. Parecía que Estados Unidos al fin se despojaba de sus sentimientos esclavistas y racistas, pero al final del camino lo que está sucediendo es justamente la polarización, que se establece cuando dos polos opuestos lo son tanto, que abren brechas insalvables.
Para bien de la historia humana, estamos a tiempo de detener el triunfo del fascismo, que asoma su rostro siniestro desde las elecciones primarias del Partido Republicano en Estados Unidos.
