En sus Cuadernos íntimos, el filósofo francés Maurice Blondel, cuenta cómo cuando se iba a casar decidieron buscar muebles más caros, pero también más sólidos y resistentes. La idea era que el ropero, las camas, los escritorios y todos los objetos de uso cotidiano durarán más de una generación. Hablamos de finales del siglo XIX (1894). Las cosas eran importantes, se cuidaban y se heredaban. No estaban pensadas ni hechas para ser remplazadas, y mucho menos tenían una fecha de caducidad inscrita ya en su producción (lo que ahora es la obsolescencia programada o duración limitada de algo que podría durar mucho tiempo, por ejemplo, los focos). No sólo se cuidaban los muebles, también se cuidaba la ropa, los zapatos y todo aquello que era usado en la vida diaria. El cuidado de las cosas formaba parte de la vida de una familia y no se consideraba un gran peso hacerlo, era lo normal.

Este cuidado no estaba relacionado solamente con la protección de la economía familiar y con el ahorro necesario para la vejez, sino con una mentalidad que aún no estaba contaminada por el consumo desenfrenado. No dudo que haya habido vanidad de lucir ropa nueva y a la moda, pero esta vanidad no era acicateada constantemente por la publicidad, ni el imaginario de la felicidad se centraba en tener cada vez más ni en cambiar constantemente algún tipo de objeto. El aprecio hacia ciertas cosas podía incluso crecer cuando mostraban la pátina del tiempo o cuando se presumía que estaba en la familia desde hacía algunas generaciones.

Esta mentalidad y este modo de actuar hizo que no hubiera una plétora de cosas desechadas.

Todavía en los años sesenta de este siglo el cuidado de las cosas estaba arraigado en la gente. Era normal llevar los zapatos a componer con el zapatero remendón, las medias de nylon con jalones se zurcían, los coches se llevaban al taller para repararlos, los calcetines se reparaban en casa, las cosas, en general, se podían componer, y se componían. ¿Quién de cierta edad no recuerda cómo se cambiaban los bulbos de los televisores?

El descarte de objetos era mínimo. Mientras este estado de cosas fue visto como normal, porque no existía otro parámetro de referencia ni otros deseos, la gente no solía quejarse de ello. El cambio vino cuando sigilosamente se fue introduciendo la idea de la novedad, de la moda, de lo nuevo. Entonces, surgió el sentimiento de no sentirse bien si uno no podía estrenar con la frecuencia deseada. La envidia cobró bríos. Lo viejo empezó a desecharse, desde los muebles, hasta la ropa, y con mayor frecuencia, el coche. El volumen de deshechos aumentó. Las buenas conciencias se consolaban pensando que, por ejemplo, la ropa iría a dar a “los pobres”, sin pensar que finalmente tanto deshecho afecta no sólo al planeta (utilizando sus recursos finitos y regresándole cosas de muy difícil, largo o peligroso reciclaje natural, como los objetos plásticos o los desechos radioactivos) sino la manera en que el ser humano se piensa en sus relaciones, siempre en busca de lo novedoso, lo reciente, el cambio. Un cambio de mentalidad se estableció en los seres humanos consumistas que ahora somos. ¿Podemos reducir nuestro consumo de cosas y de personas? Quizá sí, con una toma de conciencia de que el mundo es limitado, que no es un basurero y que el consumo puede darnos un consuelo inmediato, pero no nos brinda una dicha duradera. Véase el asunto del decrecimiento como un cambio de modelo que hoy es vital (@DecrecerMX, Fb Decrecimiento).

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