*GONZALO SÁNCHEZ DE TAGLE
La premisa esencial del libro (y reportaje) “Eichmann en Jerusalén o la Banalidad del Mal”, de Hannah Arendt, se asienta en el hecho de la disposición hacia el mal. La conducta humana en términos más o menos llanos, es neutral. Existe en cambio un pliego de situaciones que determinan la conducta social e individual de la persona. De esa forma, como lo declara Adolf Eichmann en 1961, él sólo pretendía escalar en el peldaño del Partido Nacional Socialista y para ello, cumplir con el trabajo encomendado, cualquiera que éste fuera.
El debate entre disposición contra situación, como precondición hacia el mal ha sido desarrollado y analizado por Stanley Milgram (Obediencia a la Autoridad) y Philip Zimbardo (Efecto Lucifer). En esos estudios psicológicos, se observa que en determinadas circunstancias y bajo un mandato de autoridad claro, la persona común y corriente puede producir mucho mal al prójimo.
Se trata de algo así como una exoneración de conciencia ante la responsabilidad ulterior de la persona que dirige las instrucciones bajo el manto de autoridad. En esa medida, la persona, en la generalidad de circunstancias y bajo una situación determinada, puede producir mal, aun cuando no lo haya premeditado e incluso cuando sea, el acto, contrario a su ética individual.
Y es en esa medida que el mal es banal. Lo es, en tanto que su potencialidad se encuentra en cada persona que, en determinadas circunstancias de momento, tiempo y forma, puede producir mal al prójimo. Con ello, como preposición esencial de la dignidad humana, se elimina la otredad. Concepto que parte de la existencia propia, a partir del reconocimiento del otro.
El genocidio nazi ha sido reiterado en el curso de la historia de la humanidad. En la Guerra de los Balcanes, en Ruanda, en Guatemala, en Armenia y muchos otros momentos negros de nuestra historia moderna (incluso en el proceso de conquista del continente americano). De ello, da cuenta el Museo de la Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México.
Tras una conmemoración más en memoria de las víctimas del Holocausto, es preciso recordar la capacidad aniquiladora de la raza humana; del animal racional que somos cuando apelamos como especie a nuestra esencia animal, en lugar de a la razón. Por ello, es indispensable que seamos conscientes de regímenes que no reconocen la esencia de la dignidad de la persona, pues como se ha demostrado, los episodios de la historia tienden a repetirse: la banalidad del mal está en todos.
Aun así, hay personas que destacan por su persistencia y compromiso con la dignidad del ser humano, que a pesar de las adversidades e incluso poniendo en peligro su vida, asumen el riesgo esencial de luchar por el prójimo. Como Oscar Schindler, Raoul Wallenberg, el mexicano Gilberto Bosques y muchos más, que combatieron en contra del fanatismo y la crueldad en beneficio del otro.
El problema de las ideologías es que pre condicionan el razonamiento y, en consecuencia, la conducta. Por ello, la única ideología debe ser en favor de la dignidad humana. Si como dijo Hannah Arendt: el mal es banal; entonces la defensa de la dignidad y libertad de la persona, es extraordinaria. En una conmemoración más de las víctimas del Holocausto, debemos recordar que el respeto de la dignidad humana es el pilar de la convivencia social y que el hombre, como puede ser extraordinario, también puede ser banal y extraordinariamente malo.
*COORDINADOR GENERAL DEL CENTRO DE ESTUDIOS INTERNACIONALES GILBERTO BOSQUES, DEL SENADO DE LA REPÚBLICA
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