Entre las obras menos leídas de Juan García Ponce, El nombre olvidado (1970) trata de la soledad y la muerte, pero también de la nostalgia y de la necesidad de un refugio para salvaguardar el propio yo de la contingencia y el cambio perpetuo que produce el inexorable paso del tiempo; trata de la iniciación y el aprendizaje en la búsqueda por ese yo; de la sensación de irrealidad en tanto desvanecimiento de los límites; del anhelo de inmensidad; de la impersonalidad del placer; de la inconmensurabilidad del amor que puede encarnar otro ser. El punto de vista es masculino y, en tal sentido, se aleja del resto de las narraciones del escritor yucateco, profundamente eróticas, intimistas, en que el centro siempre es la figura femenina.

El nombre olvidado es un texto denso porque el narrador omnisciente fluye y funge también como ensayista omnisciente que acompaña a su objeto de estudio, llamado M., sin definirlo del todo, de ahí que el discurso cobre espesor y dureza, y que su cuerpo, alejado de la sencillez y llaneza de otras obras, oponga resistencia en la maraña de su volumen ramificado mediante un estilo acumulativo, con largos periodos, a pesar de la brevedad de la obra. A menudo pesa más la reflexión, la exposición, explicación o insinuación de estados interiores que la misma descripción como prosopografía o etopeya. El nombre olvidado es novela sicológica y simbólica, con un trasfondo incluso metafísico, donde las descripciones ocultan más que lo que muestran. Su trama consiste en el el viaje que se da de la piedra a la piedra, pero en casi todo el trayecto, antes del retorno, dicha piedra (con el nombre que M. escribió en su infancia) cae en el olvido.

Una de las reflexiones que asemejan a esta obra con otras como La cabaña (1969) o La invitación (1972) se refiere a la inconsistencia e intangibilidad de la realidad en tanto fenómeno inaprehensible e irreconocible por lo cambiante. El nombre olvidado profundiza en el lento paso del tiempo y en la inconsistencia de la realidad: lo que se rompe en cada quien, pero también lo que se conserva, aunque olvidado. Por ello el bosque, los árboles, siempre iguales, reflejan la seguridad de un refugio, como lo hace un templo o un ritual (repetitivo por definición). A lo olvidado se retorna cuando se le recuerda; entonces se resignifica el propio yo.

En primera instancia, esta nouvelle se inscribe en la vieja tradición del protagonista que desea encontrar el camino hacia la verdad y los orígenes, que no es sino el encuentro con la propia identidad y su sentido en un mundo que en sí no lo tiene. A diferencia de otras novelas de formación donde intervienen guías que apoyan, consciente o inconscientemente, al protagonista en dicha búsqueda, en El nombre olvidado se trata de una pesquisa interior, en que el propio sujeto va interpretando los signos que se le aparecen. Puede sentir la inutilidad, el sinsentido o lo imprevisto del viaje o del camino hacia los “orígenes” o a la “verdad”; puede sentir un tropiezo que exige parada, pero en realidad retorna a “una meta desconocida que ha quedado atrás olvidada”. Desde el inicio hay ya una paradoja: ¿regresar a una meta desconocida? Si es desconocida no es porque nunca se haya conocido, sino porque ha permanecido olvidada. Al final, tras la tensión e intriga sicológicas acumuladas, M. retorna a ese nombre olvidado, a su auténtica infancia, gracias a que siguió los pasos de su hijo. En este breve recordatorio de una de las obras más olvidadas de García Ponce, sería ofensivo recordar el desenlace.