Los costos humanos de los proyectos espaciales han sido más espeluznantes por el tipo de desastre que por la cantidad de víctimas que han cobrado en las misiones.

Gerardo Yong

La tragedia del transbordador Challenger es comparable con el hundimiento del Titanic. La noche del 14 de abril de 1912, el transatlántico realizaba su viaje inaugural cuando chocó contra un iceberg. En menos de tres horas, la embarcación se fue a pique causando la muerte de mil 512 personas. Este naufragio no sólo fue considerado como la peor catástrofe marítima de la época, sino que propició que se revisaran los reglamentos de seguridad naviera para reducir las posibilidades de siniestros en alta mar. El 28 de enero de 1986, 74 años después, un accidente ocurrido en el “mar espacial” obligó a las autoridades de la NASA a reconsiderar las dificultades de los vuelos espaciales y a replantear los protocolos de seguridad intraespacial. En ambos casos, una falla en la fabricación tanto del casco del barco como de la nave espacial, fueron responsables de las tragedias que conmocionaron al mundo en su momento. En el caso, del transbordador Challenger, cuya misión era colocar en órbita dos satélites artificiales, la tripulación conformada por seis astronautas y una maestra de escuela primaria (quien se convertiría en la primera civil en el espacio) fallecieron luego que la nave explotara apenas 73 segundos después de su despegue en Cabo Cañaveral.

Aunque pareciera lógico, también resulta lamentable que sea mediante el proceso de error-acierto como los sistemas y protocolos de seguridad van perfeccionándose. Sin embargo, los accidentes también ocurren por la necesidad de abaratar los proyectos tecnológicos, así como por la premura de cumplir objetivos ideológicos como fue el caso de la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

El programa espacial soviético también promedió varias catástrofes que sorprendieron a la humanidad, uno de ellos fue en 1960 cuando los motores de un cohete fueron encendidos sin previo aviso para decenas de ingenieros que se encontraban haciendo ajustes en la aeronave. En esa ocasión murieron 72 personas incineradas por las ráfagas del vehículo espacial. Este hecho fue considerado como la tragedia más mortífera ocurrida en una base de lanzamiento.  Once años después, el cohete Soyuz 11 fue el escenario de muerte para tres cosmonautas, debido a una válvula que se abrió accidentalmente. La premura por completar la misión, hizo que estos viajaran sin trajes espaciales, lo que ocasionó su muerte por asfixia. Se tiene este registro como el único en el que seres humanos han muerto en el espacio, ya que todos los demás ocurrieron en tierra o durante el vuelo en la atmósfera.

Lo más curioso de todo es que apenas 23 días después de la tragedia del Challenger, Moscú se apuntó uno de los mayores logros en la carrera espacial: poner en órbita la primera estación orbital conocida como Mir (Paz). Este proyecto se llevó a cabo durante los últimos años del régimen soviético hasta 1996, cuando pasó a manos de Rusia. La Mir fue, de hecho, la primera en su tipo y la que abrió la imaginación a la permanencia del hombre en el espacio por tiempos más prolongados, lo que a final de cuentas, favorecía el costo de estar enviando constantes misiones efímeras para realizar experimentos in situ.

Se atribuye a la urgencia de logros de la ingeniería soviética, el hecho de que las misiones espaciales registraran fallas o desperfectos que terminaban en verdaderas tragedias.  Pese a esto, fue la NASA la que más sufrió este tipo de desastres en comparación con su contraparte soviético. Casi en la misma fecha que el suceso del Challenger, el primero de febrero de 2003, el transbordador Columbia se desintegró mientras reingresaba a la atmósfera. Al igual que su gemelo, sus siete ocupantes también murieron al momento.