ARTICULISTA INVITADO

Enrique A. González Álvarez – Rector de la Universidad La Salle Ciudad de México y doctor Honoris Causa de Iberoamérica.
Francisco
A lo largo de la historia, el papado ha significado la unidad de la Iglesia católica bajo el palio de San Pedro. Sin embargo, también ha sido la representación del poder terrenal durante mucho tiempo, especialmente en la Edad Media.
El hecho de que la sede apostólica esté en Roma, capital del antiguo Imperio Romano, ha hecho que se llegue a dar por entendido que debe ser ocupada por un obispo italiano, o en su defecto, por algún obispo europeo.
La mayoría de papas de los últimos tiempos han sido italianos, rompe esta tradición Juan Pablo II que es el primer papa polaco y que llega a la Sede de San Pedro con una experiencia y una visión muy distinta a la que habían tenido sus antecesores. Las experiencias de vida y las realidades que le tocaron vivir hicieron que tuviera un concepto de Iglesia que traspasara las fronteras de la península en donde se había centrado la visión de algunos jerarcas eclesiásticos.
Posteriormente, la llegada de Benedicto XVI reafirma la necesidad de que la Iglesia proyecte su visión más allá del antiguo Imperio Romano y considere concepciones diferentes y enriquecedoras.
Teniendo en cuenta que la Iglesia es una organización universal, que tiene fieles en todos los países del mundo y con costumbres, tradiciones y cosmovisiones totalmente diferentes entre sí, no solo hay que hacer referencia al mundo heredero del gran Imperio de principios de la era cristiana, sino que se trata de concreciones muy distintas en cada pueblo, en cada tribu y en cada comunidad católica.
Hoy, en pleno siglo XXI, la Iglesia se ha abierto a aceptar estas distintas maneras de concebir la religión y ha aceptado ritos diferentes, sin perder lo esencial de la enseñanza apostólica, del magisterio y de la tradición.
La presencia de un papa latino, llegado de un mundo totalmente diferente al europeo y que tiene una experiencia de vida de la Iglesia en otras latitudes y costumbres, abre las posibilidades de una franca renovación y adaptación a los tiempos y necesidades de hoy.
Francisco asume el papado con todo su legado como latino y con una experiencia de lo que es la Iglesia en los países pobres, en los países emergentes, en los países con una piedad popular que se ha venido reforzando desde tiempos de la conquista y que ha sido un rescate de la enseñanza de la Iglesia y de lo rescatable de las creencias de los antiguos.
México es parte de esta nueva realidad que llegó a vivir la Iglesia en el continente descubierto en el siglo XV, por lo que para el Papa venir a México es encontrarse con las raíces indígenas, con el mestizaje cultural y con una iglesia viva que todavía sigue evangelizando en las regiones más remotas del país.
Para el papa Francisco venir a México significa el encuentro con la Virgen del Tepeyac que fue el principal apoyo para la evangelización en la época de la Colonia, pero también significa estrechar los lazos con los pueblos de América cuya población es católica en su mayoría, donde la Iglesia no significa solamente un templo que recuerda la grandeza de los tiempos idos, sino un lugar de reunión para la asamblea que juntos alaban a Dios y manifiestan su fe.
Hoy México y Francisco están estrechamente unidos por la fe y con la misma intención de hacer que el Reino de Dios se siga implantando en esta tierra americana que ha sido tan fiel a Jesucristo por medio de la Iglesia por él fundada.
