Hace varias décadas, Gérard Mairot afirmó: “Si el Occidente es un mito, ese mito es un mito de poder: las ideologías que se inspiran en ese mito son en efecto las ideologías del poder, e incluso de la valorización del poder”, y si consideramos, en términos generales, que una ideología (como todo fenómeno cultural) es una representación del mundo a partir de una configuración de conceptos e ideas que intentan legitimar esa representación mediante el convencimiento o la persuasión, cabe la pregunta: ¿realmente estamos en la “crisis de las ideologías”? ¿O más bien, en Occidente, la nueva ideología dominante se oculta bajo la máscara distractora de la crisis ideológica? Acaso esta ideología no termina de configurarse, dirán algunos. Si esto último es cierto, sus efectos en la sociedad son más que perceptibles desde el fin del llamado “estado de bienestar”. La caída del muro de Berlín y el final de la guerra fría propició en muchos intelectuales la idea de vacío, de crisis de ideologías, de desequilibrio mundial. Ahora todos sabemos que, en el fondo, las que rigen a este gran mercado llamado planeta Tierra no son sino las grandes corporaciones trasnacionales, pero ellas no podrían hacerlo como lo hacen sin un sistema que muchos llaman “neoliberalismo”, justificado por conceptos como “globalización”. Lo anterior no es otra cosa que la ideología imperante en el ámbito mundial. Dicho capitalismo neoscurantista (o neoscurantismo capitalista) que persiste en sus periódicas crisis económicas para beneficiar a unos cuantos, persiste también en cuestiones que no dejan de ser parte de su ideología actual, como la prohibición de las drogas y la necesidad de enemigos (el narcotráfico y el terrorismo son los más destacados). Quienes han intentado desmantelar y analizar el trasfondo de la actual ideología del poder han sido tachados de “populistas” (en el fondo, no hay mayor populismo que el neoliberalismo), de retrógradas (¿qué mayor vuelta al feudalismo y a la esclavitud que esta ideología imperante?) o simplemente de ingenuos y antiprogresistas. Esta nueva ideología del poder ataca al populismo, pero al mismo tiempo, en nombre del “pueblo” y de la “democracia” propicia el recorte de miles de empleados, lanzándolos a la indigencia; hace quebrar microempresas; reduce el presupuesto en educación, cultura y salud; intenta disminuir los sistemas de pensiones, seguros y becas; en fin, toma medidas antipopulares, ajenas a la ética humanista más elemental. Pero: ¿conoce algo de ética esta nueva ideología del poder?
