Margarito Cuéllar es originario de San Luis Potosí (1956), radica en Monterrey, donde estudió una maestría en Artes en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Recibió el Premio Iberoamericano de Poesía para Obra Publicada 2014 convocado por el INBA y el gobierno de Tabasco por el libro Las edades felices (Hiperión / UANL, 2013 y 2015). A partir del 2014 es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fonca.

—Eres de San Luis Potosí y radicas en Nuevo León, ¿cuál es la historia de este cambio de domicilio?

—Todo empezó en la infancia. Soy originario de una comunidad pequeña, se llama Las Abritas, pertenecía entonces a Ciudad del Maíz, ahora pertenece a El Naranjo, SLP. Una población muy pequeña, de paso entre San Luis Potosí y Ciudad Mante, Tamaulipas. Era común en esas rancherías que por largas temporadas los habitantes de estas zonas en edad de trabajar se fueran al corte de caña a Ciudad Mante, o a la pizca de algodón a la región tamaulipeca cercana a Tampico, en Tamaulipas. También había programas para que las personas mayores se fueran a trabajar de braceros a Estados Unidos. Mi padre fue dos veces a trabajar allá, en una de esas nací yo. El problema era que las oportunidades de trabajo en la tierra natal eran limitadas. Mi padre era ejidatario originario de Santa Barbarita, mi madre era de un rancho llamado La Pendencia. Mi abuelo paterno tenía propiedades grandes en Santa Barbarita, todo lo fue vendiendo a causa de una enfermedad y se quedó sólo con una huerta que finalmente fue rematada por un tío. Ahí se acabó la herencia de los Cuéllar. El primero en hacer punta hacia la pizca de algodón y se instaló en Los Pinos, cerca de Altamira, Tamaulipas, fue el tío Avelino. Se fue con toda su prole, luego la tía Taurina y finalmente nosotros.

Soy el mayor de una familia de nueve hermanos, seis hombres y tres mujeres. Cuatro nacimos en San Luis y el resto en Tamaulipas. Hice dos años de Primaria en mi tierra natal, donde mis padres habían estudiado sólo hasta segundo de Primaria. En Tamaulipas empecé de nuevo, pero ya era de tiempo. A ninguno de sus hijos les dio escuela. Y como él era el capataz o mayordomo del rancho en el que trabajábamos, pues había que cuadrársele. A regañadientes aceptó que trabajara por las mañanas y que fuera a la escuela por las tardes. A los nueve o diez años de edad empecé otra vez la escuela Primaria. Hice hasta cuarto grado en Los Pinos y quinto y sexto en un lugar cercano a Tres Marías, Tamaulipas. Iba y venía en un autobús todas las tardes cargado con mi bolsa de libros. Me gustaba la escuela. Esos años los pasamos entre Los Pinos y Estación Colonias. En Colonias mi padre administraba un rancho y manejaba un tractor. Mi madre y yo vendíamos tortas, naranjas, dulces y refrescos en una carreta jalada por un burro. Yo hacía las cuentas y los sábados cobramos lo vendido en la semana y le ayudaba a mi padre a pagarle a los trabajadores ya que era el único que sabía hacer cuentas.

Al terminar sexto año mi maestro me llevó a Altamira a un concurso. Yo no sabía ni de qué se trataba. Llené el examen y esperé el resultado. Me dijo mi maestro, que era el director de la escuela, que había resultado ganador en mi zona y que realizaría un viaje a la Ciudad de México a visitar al Presidente, que en ese entonces era Luis Echeverría. Fui uno de los 52 alumnos destacados y nos llevaron al Palacio Presidencial. Nos hospedaron en el campo militar y nos llevaron al Estadio Azteca y a Teotihuacán. El secretario de Educación era Víctor Bravo Ahuja, que por cierto prometió becas para los estudiantes destacados, aunque al menos a mí no me llegó nunca. De hecho no fui aceptado en la Secundaria porque rebasaba la edad y me fui un año a la nocturna. A principios de 1973 mis padres decidieron migrar hacia Monterrey. Yo me quedé en casa de una tía hasta el verano, a terminar la escuela. En Tamaulipas aprendí a pizcar algodón. A los 12 años pizcaba lo mismo que una persona mayor. Trabajé también en el corte de tomate y en el rebote de cebolla, en el corte de Chile y vendiendo. También me gustaba pescar.

—¿Cómo es tu encuentro con la poesía?

—Andaba de vago en una plaza de Altamira; en el tiempo que estudiaba la Secundaria nocturna. La poesía me entró por los ojos. No me acuerdo cómo se llamaba pero la veía hermosa y tenía la forma de una muchacha que paseaba a un niño en la misma plaza en la que yo leía un libro de Edgar Allan Poe, que ni me acuerdo cómo llegó a mis manos. Hasta entonces leía sólo a Lorca y acaso Los 20 poemas de amor de Neruda, que tampoco sé por qué diablos los tenía. Mis primeras lecturas literarias fueron las revistas de monitos, sobre todo Alma Grande, Chanoc, Memín Pinguín y Hermelinda Linda, que mi padre me compraba cuando iba a surtir la despensa a Tampico. Mi maestro de español de Secundaria me facilitó algunos libros cuando se enteró que me gustaba leer, luego hubo un concurso de poesía en la escuela y lo gané. Al llegar a Monterrey se me empezaron a dar las cosas. Me admitieron en la Secundaria de día porque el director había estudiado Letras y yo le dije que escribía. Ahí me metí a teatro y mi maestra Delia Garda me hizo ver el teatro que se hacía entonces en Monterrey, que estaba en su mejor época. Seguía leyendo y escribiendo una obra de teatro con la que ganamos el primer lugar en la zona escolar. Mi maestra de teatro me facilitó lecturas de poesía, a Lorca sobre todo, y un libro que me transformará: Cada cosa es Babel de Eduardo Lizalde. Iba a las librerías y compraba a Neruda. Recuerdo un libro de Tenesse Williams al que no le entendí nada; intenté leer a Borges, también sin fortuna. Lizalde me abrió los ojos, le siguieron Efraín Huerta y Jaime Sabines. Entré a la Facultad de Comunicación de la UANL a estudiar Periodismo, terminé la carrera, pero estaba convencido de que lo mío era la poesía. En esos años, digamos entre 1973 y 1981, trabajaba y estudiaba. Repartí cervezas y refrescos en un triciclo, en el área de abarrotes de Soriana, con un tío vendí raspados en un triciclo, fui ayudante de albañil y yesero, pinté casas, cuidé casas, fui ayudante de tornero y en esas andaba cuando empecé a publicar en revistas y suplementos. Escribía mucho y también era activista político.