La visita a México del papa Francisco tiene una especial significación política y tendrá una honda repercusión en el futuro cercano del país. Habrá que reconocer sin ambages que México sigue siendo mayoritariamente católico y que la primera visita de un sucesor de Pedro, en el lejano 1979, instituyó una relación especial de México con el Vaticano. Esa visita puso en predicamento el comportamiento de nuestros gobernantes frente al líder de la religión más influyente del mundo.

La visión del entonces secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, obligó al entonces presidente José López Portillo a mantener una sobriedad republicana debido a la separación Estado–Iglesia que prevalecía desde mediados del siglo XIX. Por tal motivo su encuentro hubo de darse en la intimidad de una capilla improvisada en Los Pinos.

Esa visita detonó que México y la Santa Sede restablecieran relaciones diplomáticas en 1992, luego de más de 150 años de confrontaciones, y la Guerra Cristera de por medio, visita que acaeció durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, dos años después de la segunda visita de San Juan Pablo II, tuvo lugar una reforma constitucional al artículo 130 constitucional, entre otros y la expedición de la correspondiente ley reglamentaria: Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público.

Las visitas de Juan Pablo II influyeron en el proceso de transición democrática a la mexicana, que posibilitaron la alternancia política montada sobre un cambio de modelo de desarrollo económico, ahora 27 años después de la primera visita de un pontífice, un cuarto de siglo de normalización de la relación diplomática y quince de la alternancia, conviene recordar que estas visitas influyen en el ánimo social, ponen a reflexionar a los gobernantes e impulsan cambios socio-políticos.

Por ello hemos apreciado un tironeo en la conformación de la agenda papal, tanto con el gobierno federal, con los estatales de Chiapas, Michoacán y Chihuahua, como al interior de la propia iglesia local con la curia romana, sin olvidar los activistas de la sociedad civil. Todos buscan, no solo tomarse la foto con el Papa, sino que sueñan con una declaración, un gesto que pueda interpretarse favorable a sus intereses.

Todos ellos debieran entender que será una visita pastoral, no de Estado, nunca los papas que han venido a México lo han hecho con ese carácter, como tampoco Bergoglio mismo, fue a Washington y a su Congreso, en visita de Estado. Eso cambia los protocolos y le permite mayores libertades, en tanto se expresa únicamente en calidad de líder religioso.

Muchos son los hitos históricos que ha roto el papa Francisco: es el primer jesuita que accede al papado, es el primer papa nacido en América Latina y por primera vez un pontífice será recibido en el Palacio Nacional de México, lo cual no sucedió en las seis anteriores visitas de un papa: cinco de San Juan Pablo II y una de Benedicto XVI. Y lejos, muy lejos queda el aciago junio de 1767, cuando el virrey que habitaba ese palacio expulsó a los jesuitas de la Nueva España.

La visita del Papa a Chiapas, Morelia, la zona conurbana metropolitana y Ciudad Juarez, solo puede interpretarse en el sentido de que conoce bien o muy bien lo que vive México. Y si alguien de la burocracia eclesiástica nacional, pretende acotarlo no sería remoto que sea alejado de su entorno. El impacto y las repercusiones de esta visita los podremos analizar después.