Una especie de mural de negro acero, en el que se intuye la fuerza ígnea, sin anversos ni reversos, sin centros secretos, componen un paseo de metal entretejido y creado por el artista Jannis Kounellis (El Pireo, Grecia, 1936), es el que ha creado Kounells para su exposición Relámpagos sobre México con la que se inauguró el Museo Espacio para la Cultura y las Artes (meca) en la Ciudad de Aguascalientes, un proyecto que tiene por objetivo de difundir el arte contemporáneo desde el centro del país a todo México y el extranjero. En ese laberinto, convertido hoy en escenario de descubrimientos privados y celebración pública de una sólida carrera internacional sostenida a pulso y labrada con un sorprendente sentido del lenguaje estético, fruto del oficio, pero sobre del instinto. Muros que plantean constantes alusiones al presente y al pasado, en un territorio repleto de contrastes y contradicciones aparentes. Sus citas con los más prestigiosos circuitos del arte mundial —Bienal de Venecia; Whitechapel Londres; Museo de Arte Moderno de París; Museo Boymans-van Beuningen, Rotterdam; Museo de Arte Contemporáneo de Chicago; Museo Ludwig in der Halle Kalk, Colonia; Museo Centro de Arte Reina Sofía, etcétera— han situado su trabajo a lo largo de más de cincuenta años en un lugar preeminente en el campo del arte contemporáneo.

Desde 1956 se instala en Roma y comienza a pintar letras, flechas y números sobre tela, madera y páginas de periódico buscando un lenguaje propio. En 1967 realiza una pieza clave en su trabajo, monta sobre un bastidor una sábana blanca, registra tres pliegues de una tela con forma de rosa, alineando sobre los dos laterales del lienzo veinticuatro jaulas con pájaros. Dos años después, en 1967 presenta una exposición en Roma, en la galería L’Attico, en la cual se exhibían una docena de caballos vivos y otra dedicada a los lanzallamas de gas en la galería Iolas de París, donde lleva al extremo el postulado vanguardista de servirse de cualquier tipo de material para realizar arte. La propia perspectiva de Kounellis es difícil de asumir, aunque no es imposible de admirar, pues está creando un lamento y una celebración de la vida catastrófica en que vivimos.

En estos mismos años, Kounellis trabaja con telas de saco que plegaba y recosía o con sacos que llevaba de café, lentejas o carbón, material siempre oscuras, que me hacen recordar las Arpilleras de Manolo Millares, las grandes telas de Alberto Burri o los primeros intento de Josep Guinovart por romper con la materia. Otra semejanza y alejamiento con la obra de estos artistas, fue la utilización del oro en obras significativas, particularmente en su Tragedia civil: un perchero con un sombrero y un abrigo oscuro sobre un fondo de pared recubierto de láminas de oro. Este tipo de acciones convirtieron a Kounellis en un artista de referencia y en un mito, con obras de una potencia física y expresiva inéditas en la década de los sesenta y setenta. Sus acciones e instalaciones de los años posteriores son una metáfora del silencio, ajustadas por la obra de arte que sólo es posible cuando es vista, entendida, cuando no aspira a la comprensión de quien la contempla. Así sucede con la naturaleza del paisaje, por ejemplo: sin trascendencia ni ansiedad, afinidades o rechazos, se ve sencillamente como lo que es, aunque más tarde se puede situar más acá o más allá de la plenitud artística. “En el silencio se oculta —dice Susan Sontag— el anhelo de renovación sensorial y cultural”.

Podría ser cierto que, desde un punto de vista historiográfico, que aún hoy vivimos forzados por la metodológica del positivismo decimonónico y tendemos a ver en los “estilos una secuencia de narraciones formales compactas”, nos dice J.F. Yvars. Pero en el caso del estilo de Kounellis se define por su capacidad para dar vida a través de las formas a un mundo de sensibilidad inédito. “La mayoría de mi obra —me dice Kounellis— reside también en mi infancia, mis muros, instalaciones y objetos no son un pretexto para refigurar la actualidad de lo social. He visto muros en todo el mundo, me gustan, incluso he jugado bajo ellos. Para mí no son una metáfora del cerrar, sino la presencia de un lenguaje en un momento lejano, la albañilería, la construcción, piedra sobre piedra. El ladrillo no es informal sino algo que se refiere a la medida, como los prisioneros cuando cuentan los días sobre el muro. Todo este mundo que me rodea es parte de mi obra, y lo seguirá siendo”.

Jannis Kounellis ha sido un artista múltiple, legendario. La síntesis formal alcanzada en cada obra nueva no es sólo la afirmación de la personalidad del autor, sino también el signo individualizado de una cosmovisión sensible que se abre a la comunicación. Su personalidad en momentos huidiza y distante, pero siempre dentro de los debates, tan a menudo agrios, que han marcado nuestra modernidad reciente. En su obra última, afloran las civilizaciones antiguas mediterráneas; en 1995, expone urnas de diversas dimensiones, llenas de agua de mar; en especial una urna contiene sangre lo que remite a lo sagrado y al misterio. En 2003 muestra en la Galería Carles Taché de Barcelona, un laberinto de planchas de acero y carbón, donde esconde montones de sacos y ropas abandonadas; sacos que guardan carbón y cristales, atados con cables de hierro; sacos vacíos, aprisionados entre metales. Una escenografía que olía a muerte y tragedia —un más allá del laberinto—, donde la materialidad se impone con su contundente presencia. Pone en nosotros una mueca de horror, de dolor, pero al mismo tiempo, produce un placer obtenido mediante el disfrute de los objetos elaborados por el artista con quien empáticamente me siento vinculado.

Kounellis es considerado el mayor representante del arte povera, y la exposición que presenta en México no sólo es muy personal, sino que también surgió de una conversación con su amigo Bruno Corà, quien funge como curador de la muestra: “para hablar de la libertad y de la bendita globalización”. Me cuenta el artista: “Cada proyecto es diferente. Me gusta la diversidad y jugar desde diferentes perspectivas. No me cierro a nada, al contrario, siempre aprendo cosas nuevas; aunque lo que sí me molesta mucho son los términos y sus modas. Es decir, en cierto momento se atacó mucho al concepto de ‘modernidad’, y claro, yo era un artista ‘moderno’. Aunque creo que es una palabra, que incluso los críticos más conservadores, lo utilizan como una máscara que se ponen para esconder sus ideas conservadoras. Me interesa que mi obra sea gestual, aunque hay una repetición que me parece liberadora, pues tiene un fundamento metafórico, como una letanía sacra que siempre está y estará presente”. Kounellis ha sugerido en muchos momentos de su trayectoria, que el oficio de pintor es la visión. La pintura quedará apenas en mera técnica, mientras la visión —la obra de arte— será el resultado más acabado de la imaginación. Quizá no precisemos de abstracciones tan extremas. La visión se traduce a realidad sensible mediante un equilibrio de formas o estructuras formales que traducidas a estilos o lenguajes codificados vigila la historia del arte, y Jannis Kounellis ya es vigilado desde hace varias décadas por esa historia artística dura de convencer. Sin duda, Kounellis es ya un artista total.

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