La cárcel es un infierno

 

Ido Francisco queda la frustración. En primer lugar, la que toca a los familiares de los 43 muchachos de Ayotzinapa “desaparecidos” por la fuerza pública. Para los padres de esos jóvenes no hubo bendición ni consuelo porque, lo dijo el vocero papal, el pontífice no puede andar recibiendo en privado a nadie. ¿Pues qué se creen?, le faltó decir.

Se va el pastor de los católicos después de colocar un arreglo floral y bendecir en Morelia la imagen de un beato cristero al que próximamente convertirá en santo para seguir agraviando el orden constitucional a ciencia y paciencia de nuestras autoridades, que salieron en tropel a reunirse con el jefe del Estado Vaticano dejando atrás el Estado laico y la dignidad, si es que la había.

Les deja el vicario de Cristo su indulgencia plenaria a los Legionarios de Cristo. Los curas pederastas podrán dormir tranquilos porque para ellos no hubo condena alguna. México vuelve a la normalidad y otra vez hemos de afrontar nuestros problemas sin esperar soluciones mágicas ni remedios divinos. En la atención pública otra vez ocupan su sitio la devaluación, el desempleo, los bajos salarios, el derroche y las mentiras de nuestra clase política.

Por supuesto, también los políticos que escenificaron el vergonzoso numerito de inclinarse ante un dignatario extranjero ahora tendrán que dar la cara. Uno que no participó en los fastos papales —al menos no aparece en las crónicas— fue Jaime Rodríguez Calderón, el Bronco, “gobernador” de Nuevo León que está metido en un hoyo por la muerte de medio centenar de presos del penal de Topo Chico.

Como siempre, después de ahogado el niño quieren tapar el pozo con renuncias forzadas, arrestos múltiples y acusaciones de toda laya. Por lo pronto, la directora, el subdirector y otros funcionarios de la cárcel regiomontana tienen una gran responsabilidad en lo ocurrido. No es poca cosa que dentro de la prisión funcionara un bar, que las drogas se consiguieran con más facilidad que afuera, que abundaran entre los presos las armas punzocortantes y hubiera privilegios para los reclusos VIP, ésos que se especializan en embarrar manos y repartir generosamente dinero.

Pero de poco servirá encarcelar a los funcionarios de Topo Chico. Las cárceles han sido siempre un problema mal atendido. La sobrepoblación, el llamado autogobierno, la venta de protección y otros problemas tienen larga data en los reclusorios. Se requirió de 49 muertos para que autoridades y sociedad se mostraran sorprendidas por el grado de corrupción que priva en esos lugares.

El Bronco evidentemente está descubriendo que gobernar no es para improvisados y que pagará lo ocurrido con alto rédito. Ha tenido que recular ante el gobierno central y aceptar que nuevamente la federación se encargue de administrar Topo Chico. Pero una cosa son las broncas del Bronco y muy otra las políticas del Estado mexicano ante los delincuentes, los que están en las calles y los que se hallan en prisión. Parece que no le encuentran la cuadratura al círculo de la inseguridad. Ése es el problema mayor y ni todas las bendiciones dejadas por Francisco alcanzan para resolverlo. La cárcel es un infierno.