Solemos concebir la magia como la irrupción en la realidad de un hecho que atenta contra las leyes físicas. Es verdad: puede haber magia cotidiana, pero lo inaudito es que toda magia lo sea, a no ser que percibamos la propia cotidianidad como mágica. Esto ocurre en el enunciado “cotidiana magia”, de Jesús Flores Olague. La colocación del adjetivo implica que toda magia es cotidiana, o que esa vida diaria —la ubicuidad misma, pese a que no podamos abarcarla— es mágica, palabra acaso relacionada lejanamente con el sánscrito maya, el velo de la ilusión que cubre el mundo y que nos hace creer que lo que vemos es real. Magia-maya-mago. Sólo el poeta-mago hace aparecer lo cotidiano revelando la magia que irónica subyace como un milagro posible.

El poema-puerta con que Jesús Flores Olague nos invita a pasar al cúmulo de imágenes y situaciones que diáfanas se desplegarán en muchas de sus facetas propone un día concreto y unas pinceladas claras, pero sólo la memoria cohesiona ese día y esas pinceladas. Lo demás es movimiento, tiempo. Tal vez por ello la sustancia temporal sea el eje temático de este poemario: un tiempo preciso y ambiguo, un indeterminado lunes 16 de abril que necesariamente dejará de ser. El artículo indefinido denota que puede ser cualquiera y que eso en realidad carece de importancia. El tiempo pasa y se repite; es lineal y cíclico; consume y revive cada día el deseo de seguir, de buscar, aunque se encuentre el vacío o el silencio, el horror, la soledad o el alejamiento: “Alargaste las horas/ que seguían tu presencia”.

El poemario es unidad y diversidad. Ataca las palabras desde un tono coloquial y un espacio objetivo (la mesa del café, el “difuminado reflejo de calles y lugares”, la escuela o la azotea) hasta la visión intimista o introspectiva, en que prevalece la atmósfera y el impulso vitales, ese tan mentado vitalismo que mueve la maquinaria interior y desata recuerdos, presencias, imágenes a veces con los contornos poco claros en tanto que, al ser evocadas, adquieren una nitidez distinta donde, sin embargo, se conserva el vaho del pasado.

Para Jorge Luis Borges, la poesía “habla a la imaginación”: se impactan, se proyectan imágenes —auditivas, conceptuales, plásticas— en el espejo de las palabras, y si éstas no han sido antes apresadas por la luminosidad y fragilidad de los vocablos, hablamos de poesía que brilla por su novedad. De cotidiana magia, poemario hecho de trozos, pedazos de memoria y del instante, no pretende otra cosa. Mediante el sonido y la imagen que la palabra despliega cuando su fin no es meramente comunicativo, esta poesía nos otorga formas distintas de descubrir lo cotidiano como magia. Son formas que, al viajar más allá de la sola utilidad del lenguaje, al mismo tiempo nos muestran la riqueza del mundo y lo enriquecen con la mirada.

Jesús Flores Olague, De cotidiana magia. Editorial El Trapecio Oscilante, México, 2015, 96 pp.