Habrá Ethel para siempre. Fue una acertada decisión de la Secretaría de Educación Pública el haber elegido para la Biblioteca de Aula y Salón de lectura del país, su ya clásico texto: Cómo acercarse a la poesía. Pero hay algo todavía más bello, y es acercarse a ella, descubrirla a través de la poesía. Su decisión de vida fue ser para todos, abrirse para cada uno de sus lectores, en donde puede ser hecho sin reserva, en la poesía. Convocaciones, desolaciones e invocaciones, es esa obra que un creador produce alguna vez, en un momento de su madurez poética, para entrar en el tiempo, así lo sentimos. El nombre es lo menos poético y esto también es guiño, prueba de que cuando se sabe lo que se quiere y adónde se ha de llegar, el nombre es solamente para designar, para decir verdad, no para lucirse.
Forjado el libro en tres secciones, la primera, Convocaciones, se abre al amor. Convoca a Dios para admitir: “Me regaló el frenesí/ para decir que sí”, su emoción convence y arrastra: “¡Que el mundo aplauda esta probada!” La segunda: Desolaciones, desenvuelve el poder del signo evocativo, “cuando el mundo era un espacio bueno/ donde acampar”. En Invocaciones trabaja el potencial de contagio: “Evaporadas/ las palabras son el cuerpo de Dios”. Nadie como la Krauze para asumir esta propuesta de lujo: “Entonces, la seda de Dios/ se desliza en el aire”. Para hacer percibir el paso de Dios por la recámara ante el dolor de la mujer que pierde al marido a causa del cáncer. La ciencia dice lo que tiene que decir y la conciencia ve a su pareja, perderse para este mundo y arriesgarse hacia el otro. Nos contagia así “el vértigo de Dios”. Con una suavidad que parece arrancada del Cantar de los Cantares, nos contagia el dolor del mundo moderno que se abate ante lo contingente que arrasa, y el amor que salva: “Como la noche toma al día:/ lo cubre de silencios y de estrellas;/ así su mano me ha tomado,/ llenándome de todas las respuestas”.
No tiene pierde este libro de Ethel Krauze. Dionicio Morales se queda corto en el prólogo en tanto afirma “es la permanencia en el tiempo de la cosecha de los frutos maduros”. Hay que decirlo sin tapujos: esta obra representa la consagración de Ethel Krauze en la poesía. Y algo para esos aedas que juegan a esconderse en palabras: fue sincera, triunfó con la sinceridad. Lo decía Darío, de quien se acaban de conmemorar los primeros cien años de su partida: “Ser sincero, es ser potente. De desnuda que está, brilla la estrella”. Pues bien, con este libro en las manos, se antoja decir: “De desnuda que está, brilla Ethel Krauze”. Lo que hay adentro es una voz que se adueña de los valores poéticos, y los transmite con tal vigor que nadie la detendrá. Así el endecasílabo cuya forma, trabajada aun antes del Renacimiento, Ethel devuelve en cristal: “Se llama, llama, amor, esta dulzura”. No es la amada que busca ser consolada o apapachada. Es la mujer que se transforma en la poeta total.
Hablar poéticamente, es dejar el mundo mejor de cómo lo encontramos. La poesía es la única que puede brindar al mundo una salvación de emergencia. “No somos más que manos trémulas, dirigiendo plegarias en la hoguera”. La poesía de Krauze es una auténtica poesía de emergencia.
Si “el primer saludo del poeta, es a la muerte” como entendía Gómez Correa, Ethel saluda así al rostro amado: “…no has muerto./ Fue el mundo el que acabó”. Pero queda soñar, cantar, la poesía sueña y canta. La poesía, ¡es para cantar! “No tiene vuelta soñar. /Soñar es ya, el revés de la costura:/ La tela de la vida es amasijo;/ y su hilo, la locura”. Nos hace sentir de qué estamos hechos, ante la muerte de su madre, y también cuando hace suyo el llamado social, Ayotzinapa… Como reconociera ella misma en “Lo nuevo, lo viejo y lo necio” en ocasión del terremoto del ’85, “la poesía no está fuera de lugar en los quehaceres sociales. El mito de la cultura como élite ermitaña y extravagante está siendo desbancado por la realidad”. Su manera de ser mujer es asumirse en lucha, por el amor, hacia la salvación del mundo, ¡por eso será grande este libro! Su manera de ser mujer es acercarnos a la poesía, tanto, que no se puede dejar de amarla. Hace décadas, trabajando el poema intitulado “Mali, esa noche, ese día”, puso el dedo en la llaga: es en lo oscuro donde más brilla la luz y atrae, como un imán, y esto es el milagro. Ahora, cuando han pasado los años, el milagro se ha hecho. Ethel va desnuda y con ella: “el corazón de la magnolia:/ la brisa franca de la vida”. Su unidad abarca poesía y prosa. Cristina Ruiz demuestra (Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, año VI, número 13, pp. 88ss.), que en Mujeres en Nueva York, estructura la fábula a partir de la memoria, y lo que siembra es semilla para un cambio futuro. Por su parte, Brianda Domecq en: “Ethel Krauze: la mirada desnuda, visión de mujer” (Colegio de México, Sin imágenes falsas, sin falsos espejos, 1995, p. 604), refiere que la visión desnuda obliga a quedar sin defensas. Lo que da la autora a través de sus diversos títulos poéticos, Apasionada, Bajo el Agua, Juan y Para cantar, es una visión desnuda que defiende algo que nos vertebra y une, como mexicanos, de ahí que ha sido traducida ya a lenguas indígenas. Y si “seremos nada, como mandan los códices”, aceptemos en tanto la defensa poética por Ethel Krauze y resurjamos con ella, al paso de su brisa de agua pura.
Ethel Krauze, Convocaciones, desolaciones e invocaciones. Dirección de Literatura / Textos de Difusión Cultural, UNAM (Serie Presente Perpetuo). Diseño de portada: Gabriela Monticelli, México, 2015.
