Leer a Rosa Beltrán es un gusto insano
Élmer Mendoza
Rosa Beltrán nació en la Ciudad de México, el 15 de marzo de 1960. Es de los pocos casos que conozco, de escritor que compagina una faceta literaria con otra académica, y destaca notablemente en ambas, con lo que logra que dos tipos de lectores disímiles —los aficionados a la literatura y los híper especializados— igual la conozcan, aprecien su trabajo y tomen su nombre como punto de referencia. Doctora en Literatura Comparada por la Universidad de la UCLA, combina actividades docentes con su admirable labor al frente de la Dirección de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM. Lo más asombroso es que pese a sus múltiples actividades, Rosa no ha dejado de publicar libros desde aquella primera inolvidable novela, La corte de los ilusos, que la hiciera acreedora al Premio Planeta/ Joaquín Mortiz, en 1995. Su más reciente logro es haber recibido un nombramiento como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua el pasado 28 de enero, donde ocupará la silla XXXVI.
Entre la muy joven Rosa Beltrán de La corte de los ilusos, que ha sido todo un fenómeno a nivel internacional, y la experimentada literata que dio a luz otra novela asimismo alucinante, El cuerpo expuesto (Alfaguara, 2013); entre el excéntrico emperador Agustín de Iturbide y el autoungido descendiente de Darwin que pretende demostrar la involución de la especie humana, mucho es el camino recorrido en términos vitales y profesionales para la autora, aunque en esencia sea la misma Rosa, poseedora de un gran sentido del humor que nítidamente se releja en cada uno de sus libros. De las pocas escritoras mexicanas —hay que decirlo— ocupadas por promover la lectura de sus colegas mujeres; siempre abierta y receptiva, pero sin permitirse complacencias fútiles.
En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, Rosa se centró en la necesidad de replantear el canon literario y empleó como punto de partida la obra de Nellie Campobello (Durango, 1900), específicamente su obra Cartucho, donde narra, desde la perspectiva de una niña —y con una visión innegablemente autobiográfica— su cercana experiencia con la muerte durante la Revolución. Una niña a la que le basta permanecer unos minutos frente a su ventana, para ver caer abatido a alguien, ya sea fusilado, cogido por sorpresa o ajusticiado por la retaguardia. ¿Cuántos niños mexicanos de principios del siglo XXI, cien años después, no estarán tan expuestos a la violencia como la joven protagonista de Cartucho? Pero no es esa la única razón por la que Rosa eligió a Campobello como punto de partida, sino la polémica en torno al género —o ausencia del mismo— de esta obra fundamental del siglo XX.
Rosa hace patente su preocupación por el tema de la violencia desatada en México a través de su novela Efectos secundarios (Mondadori 2011), donde se narra cómo, durante un curioso evento literario que tiene por sede una violenta ciudad del norte de la República, los ponentes se ven sitiados por narco mantas, secuestros en vivo y en directo y una sucesión de hechos alucinantes. El narrador, quien resulta ser el presentador improvisado de “los libros más vendidos del mundo”, termina asumiendo múltiples posibilidades en un intento por normalizar el caos. La gran escritora puertorriqueña Mayra Santos Febres se refirió a ésta como una “novela mutante”, “(…) nos hace reflexionar acerca de todo lo que muere en el mundo —la ilusión de un orden, la necesidad del valor de la “belleza” frente al imperio de las cifras— del conteo de ventas o de cadáveres como dato real incuestionable vs, la vida y la literatura.
breve repaso por la obra de rosa beltrán
Rosa ha cultivado una narrativa terriblemente divertida, erótica a veces, como en el caso de Alta infidelidad; ajena a alardes vanguardistas y que sin embargo, muy personal. Sus novelas, tan distintas entre sí, presentan rasgos que las hermanan: en las dos primeras —La corte de los ilusos y El año del perro— un trasfondo político y una familia de espíritu clasemediero, y en conjunto exponen la casi ridícula complejidad de las relaciones erótico-afectivas. Porque los de Iturbide, la familia imperial mexicana de principios del siglo XIX retratada en La corte de los ilusos, no difiere demasiado en cuanto a ideología, aspiraciones y estatutos domésticos a los burócratas Martínez del Hoyo de El paraíso que fuimos. Por su parte, Julián, narrador de Alta infidelidad y que según palabras de la propia Rosa es una especie de monsieur Bovary —equiparándolo no con Charles, sino con Emma—, varón tremendamente inseguro, insatisfecho e idealista, también cultiva con singular afán las apariencias.
Agustín de Iturbide, emperador de México (uno de los referentes históricos del panismo), sueña en La corte de los ilusos con emular a Napoleón, pero no en cuestión de hazañas bélicas sino de fastuosidad de vestuario y escenografía de su coronación. La organización de dicha ceremonia, aunque abundante en oro, plata y seda, hace que nos remitamos, inevitablemente, a los preparativos de una fiesta de quince años o de una boda de barrio.
La situación política y social del instante en que transcurren sus dos primeras novelas, sale continuamente a la superficie: “Fue en el año del perro. No el año del Astuto Guardián del horóscopo chino, sino el año en que el presidente dijo que defendería el peso como un perro”, así comienza El paraíso que fuimos que nos remite a un episodio harto familiar de la historia reciente de México, donde gracias al recurso paródico que Rosa maneja en forma poco menos que genial, se logra el connubio entre política y religión. En La corte… es Nicolasa de Iturbide, hermana del emperador; anciana, loca y desdentada que nunca se enteró del instante en que instante la adolescencia echó a volar para siempre, el personaje anómalo, pintoresco, espejo de la decadencia y ridiculez que la rodea, entrañable por lo mismo, mientras que en El paraíso… es el hijo pequeño de la familia, el místico Tobías, sobre quien recaen la vergüenza y los reproches. El paraíso que fuimos es algo más que la historia de la familia Martínez del Hoyo, que aunque habite un edén de las Lomas de Chapultepec, es clasemediera de corazón. El papá, Rodolfo, es un empresario refresquero que goza de influencia política —aunque nunca menciona que tenga ambiciones de alcanzar la presidencia… por ahora— y no vacila en valerse de tal influencia para jugarle sucio a la competencia. La mamá, Encarnación, empieza siendo un par de bonitas y depiladas piernas que incurre repentinamente en significativas reflexiones respecto a su propio ser decorativo.
Encarnación y Rodolfo no procrean a Caín y a Abel, como pudiera pensarse, sino a dos hijas de lo más convencionales y a un hijo, Tobías, cuyas ambiciones rebasan por mucho las del propio padre: sueña con ser santo. Es a través de los enajenados ojos de este maravilloso personaje que la vulgar cotidianidad de esta familia adquiere dimensiones bíblicas. Tobías no nace por obra del espíritu santo, antes bien, llega al mundo pesando cuatro kilos ochocientos gramos, detalle en el que la maltrecha madre cree advertir el primer indicio de singularidad en su hijo. Las travesuras del santo están plagadas de autoflagelaciones: sueña con ser crucificado… mínimo, descuartizado, o ahorcado, pero sus amiguitos no quieren participar en sus juegos macabros. No le atrae en lo absoluto coleccionar lápices ni lagartijas, sino costras de sus propias llagas. El que se introduzca un frIjol en el oído y se convierta de pronto en enredadera viviente, alerta a sus padres, sí, pero una vez pasado el peligro desechan lo acontecido como una travesura más. Así pues, El paraíso que fuimos transcurre entre las broncas domésticas del resto de la familia Martínez del Hoyo y la inexorable carrera hacia la canonización de Tobías.
Rosa Beltrán, nos dice Ute Seydel, “alude a esta función de la literatura decimonónica, mediante el pastiche y la parodia. Al mismo tiempo se burla de los discursos pedagógicos de aquellas novelas que pretendían participar, desde la escritura literaria, en la formación de un ciudadano ideal en su educación y en la superación del oscurantismo”. El paraíso… parodia además el lenguaje de los manuales de autoayuda en que suelen apoyarse los empresarios de la calaña de Rodolfo, así como las mujeres de éstos, que tarde o temprano terminan por emular la filosofía new age de las Cuquitas que le llevan la contabilidad al esposo, tienen tres hijos de distinto padre y no vacilan en seducir al jefe y hacerse amigas de la mujer de éste.
