La materia que impartía Raúl Ortiz y Ortiz era Novela europea del siglo XIX. Así nomás, cortito el tema. Pero eso era en las clases regulares, las que se cumplían para acreditar la materia. En su casa, los sábados, ampliaba el tema con su fonoteca. Ahí escuché la voz pausada, con silencios breves para marcar el final de cada verso, de T. S. Eliot. La estridencia de Erza Pound, como se imagina uno el tono alto de un profeta, como suena el alarido de un loco. Escuche a Richard Burton, sí el actor, leyendo poemas del gran John Donne. Ahí escuché completita La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde y alguna de Bernard Shaw. Tal vez Pygmalion, porque por mi mal inglés, yo me apodé voluntariamente Eliza Doolitle y le llamaba a Raúl, profesor, no Higgins, (con la h aspirada) sino Jiguins. Ortiz y Ortiz no nos mandaba a la guerra sin armas, repartía tantos ejemplares de obras o poemas como alumnas asistíamos.

La clase se alargaba a tres, cuatro, cinco horas. Algunas de las señoras, era ya en el posgrado, se disculpaban porque tenían que atender al marido, cuidar a los hijos, ir al súper. Yo no faltaba nunca, pero no era la “consentida del profesor”. En primerísimo lugar, porque en esos años se estaba formando el sindicato de profesores, de la que yo era uno de los promotores, el Sindicato del Personal Académico de la UNAM, el famoso SPAUNAM, por lo cual Raúl se refería a mí, a veces, como “usted, espaunamita”. Por otro lado, no hablaba el excelente ingles de Angélica Prieto, ni el alemán que alguna de las alumnas medio dominaba.

            Durante las clases, como era novela europea, el profesor leía un fragmento en francés y se seguía hablando en ese idioma, y cuando estábamos solos me quedaba callada y no le advertía, pues yo estaba recién llegada de tres meses en Ginebra. El profesor todo lo hablaba perfecto. Yo lo bromeaba diciéndole que hablaba tan bien el inglés que hasta yo le entendía. En su casa, todos hablaban en ese idioma y una vez en la mía le pedí que lo hiciera para deleite de los invitados. Fue el traductor de Bajo el volcán, la obra maestra de Malcolm Lowry. Unos critican su traducción, otros la elogian, pero lo que me parece indudable es que así tal como está es una obra maestra, lo cual prueba la excelencia del traslado a nuestro idioma. (A muchos traductores se les muere la obra en el camino). Por esta obra obtuvo el premio de traducción Alfonso El Sabio

            Fue amigo de Rosario Castellanos, tanto que compartían el mismo chofer al que le pagaban mitad y mitad. Como hoy es conocido, las cartas que la escritora envió a su marido, el filósofo heideggeriano Ricardo Guerra, Rosario las depositó en manos de Raúl y le pidió que se abrieran sólo después de 20 años de su muerte. Cuando eso se cumplió, Raúl le pidió autorización al Dr. Guerra de publicarlas y él dijo que quien podía autorizarlo era su hijo Gabriel Guerra Castellanos. Una vez que aceptó su hijo, Raúl las entregó para su publicación y aparecieron con el prólogo de Elena Poniatowska. El maestro nos leyó en clase la última carta que (Raúl) recibió de Rosario, pues ella era entonces y hasta su muerte embajadora de México en Israel por invitación del cuasi chiapaneco Emilio Rabasa, Secretario de Relaciones Exteriores de Echeverría.

            Raúl Ortiz y Ortiz, como queda dicho, daba clases en la carrera de Letras Inglesas, pero de profesión era abogado. En su casa, me mostró una foto de su generación que resultó ser la llamada del Medio Siglo, es decir, la del año y revista de ese nombre. A esa generación pertenecen, además de Ortiz y Ortiz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, Porfirio Muñoz Ledo, y, por supuesto, el gran Luis Prieto. Posiblemente también están Víctor Flores Olea y Enrique González Pedrero.

            Raúl Ortiz y Ortiz fu director del Centro de Lenguas Extranjeras. Ninguno más adecuado que él. Dos detalles más: su casa estaba en Antonio Sola y nos servía té en una tetera recubierta por una funda tejida para mantener el calor. En Oscar Wilde había leído: “Y ya que hablamos de la ciencia de la vida, ¿están listos los sándwiches de pepino?” Yo siempre pensé que era un chiste, una salida de tono de Wilde. En casa de Raúl nos servían sándwiches de pepino apenas bañados con crema salpimentada.

(Carmen Galindo).