Después del 68, Raúl Álvarez Garín y otros ex presos políticos, nos convocaron, entre muchos otros, a mi hermana Magdalena y luego a mí, a un proyecto político. Se trataba de formar una revista, en última instancia con la idea de la Iskra (La chispa) de Lenin, como el núcleo organizador del partido. Al frente de la publicación estaba Adolfo (“Fito”) Sánchez Rebolledo, por más que, a causa de la represión reinante, el único que aparecía como “responsable” era el propio Raúl y, por el mismo riesgo, las colaboraciones para Punto crítico, así se llamaría la revista, eran anónimas. Resultó que, aparte de Fito, sólo Daniel Molina y Roberto Escudero, que habían colaborado en la revista Política, de Manuel Marcué Pardiñas, mi hermana y yo teníamos experiencia periodística.
Desde los primeros números, Fito se empezó a apoyar en nosotras, éramos prácticamente las encargadas de resumir las cartas de los presos políticos (recuerdo la de Marcos Rascón, preso por participar en el Comité de Defensa Popular de Chihuahua) o de convertir en nota para revista los ensayos de los politólogos (recuerdo un texto sobre Lucio Cabañas y la Revolución Pobrista que Fito nos indicó que había que reducir de 50 a siete cuartillas). Otras notas eran “reporteadas” por la comisión obrera y eran breves, pero tenían que ser publicables Recuerdo una nota que era de dos cuartillas, pero como monólogo interior de Joyce, sin ninguna puntuación). Para nada éramos las sabihondas del grupo, si ellos no sabían periodismo, nosotras no teníamos ni idea de la política y yo sólo había hojeado el Manifiesto Comunista. Cuando Fito empezó a confiarle la nota principal a mi hermana, nosotras no sabíamos ni de qué se trataba (recuerdo un caso en que Fito dijo: “Malena que escriba la nota sobre la TD”, y al día siguiente comenzamos a buscar en los diarios página tras página qué era la TD, hasta que descubrimos que eran las siglas de la Tendencia Democrática de los electricistas encabezados por Rafael Galván). Durante las juntas permanecíamos calladas para que nadie se diera cuenta de nuestra ignorancia, recuerdo, perfectamente, que al salir de las reuniones me dolían las quijadas de la tensión, pero sobre todo por el silencio.
Una noche nos fuimos a cenar con Cristina Pacheco y mi hermana nos dejó en el restaurante para regresar luego de pasar a la revista por el tema de una nota siguiente. Corrían los minutos y de mi hermana ni sus luces. No existían los celulares y el teléfono de la revista estaba intervenido por lo que se usaba lo menos posible. Finalmente llegó mi hermana y nos dijo abrumada: “Fito me dijo que urgía una nota y la escribí ahí mismo”. Hay que aclarar que nosotras éramos “colaboradoras”, es decir, una persona que conoce de algo (mi hermana economía y ciencias sociales y yo, de literatura) y elige a qué va a dedicar su nota cada semana. Si falta la inspiración, uno se toma un café y si lo que falta es un dato lo consulta en su biblioteca personal (no existía la internet) y terminada la nota la relee, y la envía al periódico, nosotras siempre con un “propio” o sea una persona, Andrés Morales, que hacía ese mandado. En Punto crítico, con Fito, comenzamos a escribir sobre la marcha. Otra enseñanza, fue que yo solía tomar partido, como escribía notas de libros, leía la novela o el poemario y conforme leía iba formando mi juicio y decidiendo si se trataba de un libro bueno o malo. Mi nota era siempre un aplauso o una condena. Una vez que Fito me encomendó una nota lo consulté: “No sé qué decir, si esta acción política es buena o es mala, porque una cosas me parecen correctas y otras equivocadas. Y Fito respondió sonriendo: “Pues di eso, qué cosas están bien y cuáles mal”. Contado ahora parece una tontería, pero hasta ese momento yo ignoraba que estaba presa en juicios sumarios. Por eso, cuando encontraba a Fito, siempre le agradecía que me hubiera enseñado a ser periodista. El respondía como dudándolo, pero era cierto.
Muy pronto, Roberto Escudero y Fito se dieron cuenta que era necesario enseñar a escribir a los compañeros de la revista. Una tarde nos atravesamos al café Berny’s, que estaba enfrente del local y sobre una hoja que escribía Roberto armamos un curso de redacción que dimos el siguiente fin de semana de 10 de la mañana a 8 de la noche. Fito y Roberto se hartaron la tarde del sábado y ya no fueron el domingo. De ese curso, pulido durante diez años con Armando Torres-Michúa, salió nuestro Manual de redacción e investigación, que es con el que hemos ganado más dinero en nuestra vida. Hemos dado cursos de redacción en distintas universidades, en varias facultades, en la Escuela de la Sociedad de Escritores de México, en el Centro Nacional de las Artes y hasta en Televisa, Conacyt o la SEP. Cuando presentó nuestro libro Alejandro Álvarez, cuando ya nos habíamos escindido de Punto Crítico, dijo, con justa razón, que “era un libro muy 68”.
Anécdotas con Fito
Una noche estamos en la revista y avisan por teléfono que Fito y Roberto están detenidos. Alarma general. Luego se averigua que fueron a tomar unas cervezas y se salieron del bar sin pagar. Mi hermana y yo concluimos, muy propias, que eran unos irresponsables. No sé cómo les habrá ido con Raúl.
Una noche nos vamos a cenar al Restaurante Roosevelt, que está apenas cruzando Insurgentes. No sé qué pide Fito, pero de repente dice: Mi mamá lo hace mucho mejor. Le digo: Ese Edipo, Fito. Y me responde escuetamente: No, mi mamá ha engordado.
Va a Sinaloa con Gilberto Guevara Niebla y al regresar me dice: “Los sinaloenses son unos salvajes”. Me cuenta que les rocearon de balas de ametralladora la pared apenas sobre las camas, no saben si fue contra ellos o se trató de un diluvio de balas perdidas. Luego añade con cierro asombro: “Fíjate, Gilberto es el primero de su familia en ir a la universidad”. Me rio y le contesto: “Fito, yo soy la primera de mi familia en ir a la universidad”. Fito se apena, y yo lo comprendo: Fito es hijo de Adolfo Sánchez Vázquez, profesor emérito de la UNAM e investigador emérito del Sistema nacional de Investigadores. Años después, el anexo de la Facultad de Filosofía y Letras llevará el nombre de su padre. El doctor Sánchez Vázquez era un padre difícil, recuerdo que la noche en que Fito realizó un acto con la Tendencia Democrática y estaba el auditorio lleno de trabajadores, el discurso principal corrió por cuenta de Fito, se notaba que lo había escrito con esmero y los aplausos corroboraron su acierto. Al terminar, única vez que los vi juntos, Fito al bajar del estrado le pregunto a su padre: “¿Qué te pareció”. La respuesta de Sánchez Vázquez fue: “lo leíste en voz muy baja”.
De tiempo en tiempo, Fito se queja: “los compañeros no saben ni quién es Picasso” o “no han leído a Rafael Alberti”. Un día me dice: “Imagínate, (aquí el nombre de uno de los compañeros), no sabe quién es Lumbreras”. Me quedo en silencio y pregunto:” ¿Y quién es Lumbreras?” Se apena y cambia de tema. Ya nunca le conté que una mañana estoy en el periódico El Día y suena el teléfono, es de recepción: “la busca un señor Lumbreras que quiere darle una propaganda para una exposición”. Digo que pase y cuando llega le cuento lo de Fito y le pregunto si él puede ser el Lumbreras del que hablaba Fito y me contesta: “yo fui del Partido Comunista, y traté a García Salgado y a José Revueltas. Me cuenta, yo ya con grabadora encendida, dos aprehensiones de Revueltas, el día que izaron la bandera de la hoz y el martillo en Catedral y la de Camarón, Nuevo León.
A principios de 1977, Punto crítico se escinde y abandonan la organización 49 compañeros, entre ellos Fito. Una tarde, llegamos al local de la revista y nos informan que una llamada anónima avisó haber colocado una bomba. Se trata de “fuego amigo”, de una izquierda en contra de los “reformistas”, que somos nosotros. Salimos mi hermana y yo a la calle y nos topamos en la mera puerta de la revista a Adolfo Sánchez Rebolledo en persona. Ahora me imagino que Fito ya entonces dirigía la revista Solidaridad de los electricistas de Galván, que estaba muy cerca en la calle de Zacatecas. Sin dudarlo un instante, a pesar de la escisión, le contamos a Fito lo que pasaba y le pedimos instrucciones. Nos dijo que revise Emilio el local, si no hay bomba, que es lo más probable, realicen la junta de redacción (a estas alturas ya era mi hermana la directora de la revista) sin demoras y sin prisa, porque si se apresuran los van a desmovilizar a cada rato con amenazas. Una vez que terminen, salen todos juntos del edificio y que Emilio las acompañe a su coche. Así lo hicimos.
Además de en Solidaridad, Fito colaboró en la edición de Cuadernos políticos, de Editorial Era, en Nexos, participó tanto en la revista como en el programa de televisión. Fue fundador y militó en el Movimiento de Acción Popular (MAP) en el PSUM (Partido Socialista Unificado de México) y en el PRD (Partido de la Revolución Democrática). Dirigió hasta el último momento “El correo del Sur”, suplemento del periódico La Jornada.
En el velorio de Fito
Estaban acompañando a Carmen Fabregat, su esposa, los hermanos de Fito, Aurora y Enrique, y Juan Gabriel Moreno, el ex de Aurora. También estaba al lado de Carmen, Isabel su hermana, que desde hace 12 años, es viuda de Juan Saldaña. Además de la familia, Rolando Cordera, Pepe Blanco, Fernando Rello. También estaban Antonieta Rascón, Alejandro Álvarez, Gabriel Vargas Lozano que acaba de publicar un libro sobre Sánchez Vázquez.
Carlos Ortiz Tejeda, quien nos avisó de la muerte de Fito, nos dijo que existe un libro titulado Querido Fito, en que varios de sus amigos escriben sobre él. Patricia Pensado Leglise recuperó documentos y grabó conversaciones con él que aparecen en Adolfo Sánchez Rebolledo: un militante socialista, editado por el Instituto Mora. Además, Fito vio recopilados una selección de sus artículos de La Jornada, en el libro titulado La izquierda que viví. De la presentación de ese libro, que fue todo un acontecimiento, apareció entonces una reseña en este suplemento.
