Segunda y última parte

 

 V centenario de la muerte del Bosco

No se sabe con certeza la fecha de nacimiento de Hieronymus Bosch, pero se calcula alrededor de 1450, en cambio se conoce el año de su muerte: 1516. Como Fray Bernardino de Sahagún y Leonardo da Vinci, adoptó el nombre del Bosco, por el lugar donde nació. Sus obras, pocas, están regadas por museos del mundo: Paris, Venecia, Nueva York, España y, claro, su ámbito natal, Rotterdam, Brujas, Gante.

Los críticos se quiebran la cabeza tratando de interpretar sus insólitas obras: El jardín de las delicias, Las tentaciones de San Antonio, el Tríptico del Juicio final, la Mesa de los pecados capitales o El carro de heno. Los surrealistas, que lo admiraban, destacan su carácter onírico, siempre y cuando se añada que más que sueños son pesadillas. Imagina formas fantásticas, y difícilmente se puede encontrar otro pintor que introduzca de forma más frecuente e insólita lo grotesco. En algunos lienzos. como el Ecce homo, los rostros de la multitud parecen caricaturas más audaces todavía que las de Daumier.

Se habla de su humor, en El prestidigitador se ve al personaje que hace el truco, mientras su cómplice roba a la embobada concurrencia. Se vale de lo popular, como del refrán de su tiempo que dice “el mundo es un carro de heno del que cada quien toma lo que puede”, el cual da pie a la pintura en que se muestra la avaricia de ricos y pobres. “El tomar fruta”, como en la manzana del árbol del bien y del mal, aludía a las relaciones sexuales y eso aparece tal cual en el panel central del Jardín de las delicias dedicado a la lujuria. Sus cuadros, pues, tienen esta forma que podría calificarse de alegórica. Sin embargo, las cabezas que se unen con las manos, el rostro de un pescado humanizado metido en un caparazón atortugado, hombres con pico de aves o cara de cerdo o animales que defecan seres humanos en síntesis, lo propiamente grotesco, creo que representa: las tentaciones del demonio, o dicho en breve, los vicios, los pecados. Influyó, se dice, en Brueghel, el Viejo; en Dalí, en Max Ernst, en el extraordinario James Ensor.

Centenarios de Henry James y Jack London

También se conmemorará el centenario luctuoso de dos escritores norteamericanos de primera línea. Henry James, quien murió el 28 de febrero de 1916, es, para algunos, así lo cree Roland Barthes, el creador de la estrategia literaria del llamado punto vista, forma literaria que da jaque mate al narrador omnisciente, el que todo lo sabe y todo lo ve. Sergio Fernández, el gran escritor, admira al máximo Las alas de la paloma; en lo personal, me fascina Los papeles de Aspern (que dicen que Carlos Fuentes leía con devoción). La mayoría de los lectores prefieren ese extraño y escalofriante relato, que ha sido llevado al cine, y que se titula Otra vuelta de tuerca.

Antes, los escritores vivían peligrosamente, eran marineros, soldados, delincuentes, revolucionarios. Hoy no salen de un cubículo y viven al amparo de una universidad o una embajada. Jack London, no. Fue marinero y vagabundo, un tiempo pesca ostras en una goleta que, se dice, compra a un pirata; luego, formó parte de la Patrulla Pesquera de California. La “fiebre del oro” lo atrapó, aunque no lo recompensó. Pronto, sin embargo, se hizo rico al vender sus relatos. Fue convencido socialista y hasta activista de este credo político. Murió a los 40 años el 22 de noviembre de 1916. Su relato Colmillo blanco es uno de los más sorprendentes en la historia de la literatura. El escritor se mete en la mente de un lobo que cuenta su vida, sentimientos incluidos, en primera persona, tarea que parece imposible de hacer creer al lector y, sin embargo, Jack London lo logra.

Centenario de Elena Garro

Sus Memorias de España rememoran su viaje a España, en 1937, en plena guerra civil. Ella misma se pinta como una mujer sensible, desinteresada y solidaria con el dolor del pueblo español. El resto de los intelectuales que viajan con ella o se encuentra allá, sólo lo hacen, desde su punto de vista, para ganar reconocimiento. Nadie se salva, ni Siqueiros que ahí ganó el título de coronel luchando al lado de los españoles, ni siquiera Silvestre Revueltas, ni Octavio Paz, entonces recién casado con ella. Destaca el retrato que hace del poeta Luis Cernuda, quien, como ella, se mantiene al margen. Este breve texto, a pesar de su visión injusta y egocéntrica, es excelente.

            En Testimonios sobre Mariana, de 1981, relata sus amores con Adolfo Bioy Cazares. Su esposo entonces, Octavio Paz, aparece con el nombre transparente de otro emperador romano: Augusto. Sobra añadir que en el personaje de Mariana se retrata, desde varios puntos de vista, la propia autora.

            Sin detrimento de Los recuerdos del porvenir (1963), esta novela y Pedro Páramo (1955) comparten el mismo final, ambos protagonistas Pedro Páramo e Isabel Moncada sufren lo que los especialistas en mitología llaman petrificación, vale decir se transforman en piedras. Este elemento mítico, (que por cierto también aparece en Hombres de maíz, de Asturias, en el mito de las tecunas, mujeres que se convierten en montañas), muestra que la novela moderna se alimenta del mito y, sobre todo, amplía el significado de las obras. Algunos críticos dicen que mientras la novela de Rulfo denuncia el caciquismo, lo cual es cierto, la de Garro pide cuentas a la Revolución Mexicana por las promesas incumplidas a los campesinos, tema que si bien ocupó, más que preocupó a la escritora, no es el tema de su novela.

            A Elena Garro se le ha querido colocar en el cajón del realismo mágico, a pesar de que Seymour Menton en su libro sobre el tema no la menciona ni por casualidad. Sin embargo, la obra teatral Un hogar sólido, texto también cercano a Rulfo, además de ser una breve obra maestra, cabe perfectamente dentro del realismo mágico.

            Elena Garro cerrará los centenarios del año, porque nació el 11 de diciembre de 1916.

Centenario del Nobel español Camilo José Cela

Ganó fama internacional con una obra titulada La familia de Pascual Duarte, y se considera incluso que con esta novela se inicia “el tremendismo”, recurso literario que destaca los aspectos más atroces de la vida. Otros críticos la consideran un renacimiento de la novela picaresca, género de los siglos de oro, que mostraba más que las aventuras, las desventuras, de unos delincuentes menores que pasaban de amo en amo, sufriendo maltratos y realizando sus fechorías.

La familia de Pascual Duarte está narrada en forma de memorias del protagonista que está preso por el asesinato de su madre, como antes lo estuvo por causar la muerte de Paco el Estirao, un hombre que vive de las mujeres, una de ellas es Rosario, la hermana de Pascual. El chulo, además, embarazó a Lola, la primera esposa del narrador. A mi entender, son excesivas las muchas desgracias que le ocurren al protagonista, pero lo peor es que las pocas luces que Cela le adjudica a Pascual Duarte le impiden no sólo prever mínimamente su destino, sino sacar lecciones de sus desventuras. Algunos críticos equiparan el alud de desgracias, con el hado de la tragedia griega.

            Mucho más interesante es La colmena. Un conjunto de personajes, algunos dicen que varias centenas, aparecen fugazmente en una novela que está estructurada por escenas sueltas y algunas secuencias, como despedazada. Algunos personajes destacan, como Martín Marco, el escritor, o Doña Rosa, la dueña del Café donde ocurre parte de la obra; pero se trata más bien de un personaje colectivo, de un conjunto de vidas anónimas, urbanas, personas que tratan de sobrevivir en sus celdillas, que conviven y se agitan, sin sentido, en una colmena. Se le ha relacionado con el existencialismo por el absurdo de la vida. Sin duda, es lo mejor de Cela, quien obtuvo el premio Nobel en 1989 y de quien este año se celebra el centenario de su nacimiento, que ocurrió el 11 de mayo de 1916.

La cruda realidad de La familia de Pascual Duarte, así como las referencias sexuales de La colmena enfrentaron a Cela con la censura moral, no política, porque ahora ha salido a relucir el colaboracionismo franquista de Cela.

Otros centenarios: Daniel Santos y Gregory Peck

De vivir, el pasado 5 de febrero hubiera cumplido cien años el mejor cantante de América Latina: Daniel Santos. ¿Quién supera sus interpretaciones de Virgen de media noche, Dos gardenias, Obsesión, Perdón, Irresistible, La pared, Esperanza inútil o Vuélveme a querer? Pero no sólo existe el repertorio de las clásicas, cualquiera comienza a bailar cuando entona de modo inconfundiblemente boricua Yo no sé nada o El chino camarero, o nos conmueve cuando, comprometido con su patria, canta Preciosa, En mi viejo San Juan o Levanta, Borinquen. Su compatriota Luis Rafael Sánchez escribió una novela titulada La importancia de llamarse Daniel Santos.

También se cumple el centenario del actor Gregory Peck, quien por La princesita que quería vivir (Roman Holiday), obtuvo un Óscar. El argumento de Dalton Trumbo también obtuvo el premio de la Academia, pero como Trumbo era uno de los Diez de Hollywood, acusados de ser comunistas por el McCarthismo, se le reconoció póstumamente en 1993. Peck recibió otro Óscar por Matar un ruiseñor, basada en la novela de Harper Lee, quien acaba de publicar, a pesar de que fue escrita hace varias décadas, la continuación de esta novela con el título de Ve y pon un centinela. Gregory Peck interpretó a Atticus Fink, personaje que se dice inspirado en el padre de la autora. En el cine, Harper Lee ha sido interpretada por Sandra Bullock, en el film titulado Capote, que narra la investigación de Capote que lo llevaría a escribir A sangre fría y a enamorarse de un asesino. Gregoy Peck también fue Ambrose Bierce en la versión cinematográfica que se basó en la novela Gringo viejo, de Carlos Fuentes, libro del que se escribió en este suplemento y en la primera parte de este texto. (Sara Rosalía)